O seclum insipiens e infacetum!
(Catulo 43,8)
Los pocos jirones de niebla que con la noche se habían ido enredando en el alto del Perdón, se difuminan lentamente en el azul del cielo, anunciando, con la amanecida, la llegada de un día que prometía traernos fuertes calores.
Habíamos salido de Zizur Menor a eso de las 7.10 de la mañana de aquél 2 de julio. Durante la primera hora, descubrimos lo que iban a ser las constantes de esta etapa: caminar por sendas alejadas del bullicioso ruido de las carreteras, disfrutar de hermosas vistas y atravesar extensos trigales amarillentos sobre los que, a medida que amanecía, iba reflejándose con más intensidad la luz de la mañana.
La subida al alto del Perdón se demora un tanto para el caminante, pues va descubriendo que está más alejada de lo que parece a simple vista, y que no es hasta después de más de dos horas, cuando empieza a ver que ascender hacia esa cumbre coronada de molinos.
La primera cuesta importante del día nos lleva por un camino de tierra a Zarikiegi. Allá hay una pequeña plaza aneja a la iglesia parroquial en la que uno puede descansar y refrescarse en su fuente. Zarikiegi es pueblo tranquilo y antiguo, -a juzgar por los interesantes blasones que lucen algunos de sus caserones-, que se extiende a lo largo de su calle principal, que coincide con el camino que va a llevar al peregrino hacia el Perdón.
Es al salir de este pueblo cuando el caminante deberá enfrentarse a lo más pronunciado del ascenso. Uno entiende que fuera en este tramo del camino donde, según la leyenda, el diablo se apareció a un peregrino agotado y sediento ofreciéndose a mostrarle una fuente oculta a cambio de que renegara de Dios. El tentado, que era devoto y cristiano se negó en redondo a tal ofrecimiento, mandando al diablo a retomar los malos aires que le trajeron.
Fue entonces cuando se le apareció Santiago vestido de peregrino, recogió al pobre caminante que ya para entonces debía estar en las últimas, y le mostró una fuente escondida donde pudo beber y reponer sus fuerzas.
Desde entonces, eso dicen, a la fuente protagonista de esta historia de zahoríes sobrenaturales se ha dado en llamarle “Fuente de la Reniega”. Para mi que es una leyenda que viene a sustituir a otra pagana anterior, relacionada con las divinidades de las fuentes tan del gusto del mundo antiguo.
Al poco de rebasar la Reniega, el peregrino alcanza la cima del Perdón. A él no le han acompañado los susurros del diablo intentando tentarle, pero sí el zumbido lento y monótono de las aspas de los molinos que se yerguen en a lo largo de todo el alto.
Vale la pena, y el cuerpo lo agradece, detenerse un rato allá para disfrutar de las excelencias del paisaje a un lado y otro; por el norte hacia la cuenca de Pamplona con los Pirineos al fondo, y por el sur hacia el Valdizarbe, trigal interminable, sobre el que descansan, entre otros, Uterga, Muruzabal, Eunate, Obanos y Puente La Reina.
Hay también en la cima un monumento al peregrino bastante reciente, está silueteado en hierro y representa las figuras de diferentes concheros medievales marchando en grupo, a pie y a caballo. En el texto que lo acompaña se dice eso de que estamos “donde se cruza el camino del viento con el de las estrellas”. Bonita frase.
Hacia el sur debía estar la ermita de Nuestra Señora del Perdón. Nosotros no alcanzamos a verla y por lo que parece no debe de quedar ya nada. Según nos contó alguien que parece que conocía la historia de todo aquello, fue debido a esta ermita por lo que se rebautizó al monte con el nombre de “El Perdón”, ya que hasta entonces, según nos siguió contando nuestro documentado amigo, debía de llamarse “La Reniega” como la fuente.
Hilvanando mis pensamientos con las palabras de nuestro improvisado anfitrión, se me llegó a ocurrir que esto pudo ser una montaña sagrada en su tiempo: no hay más que ver que hay una fuente a cuyo pasado parece que se le ha solapado una leyenda jacobea; hay ermitas y hospitales para peregrinos que antes pudieron ser templos; su misma presencia, dominando solemne todos estos valles…
El descenso del Perdón es duro y pedregoso, incómodo como uno no se puede imaginar. Nos cruzamos con una madre y su hija que descendían penosamente, cargando las bolsas de un conocido supermercado mientras discutían sobre lo incómodo del descenso, y la posibilidad de llamar en el siguiente pueblo a un familiar para que les fuera a buscar.
Seguimos dejándolas atrás, cruzamos un portillo, y nos paramos a leer un cartel colocado a la derecha del camino.
“Desde aquí se puede apreciar a la derecha de los chopos, al comienzo de los cultivos del valle completamente cubierto por las hiedras, los muros de Aquiturain, en el se encontraba la ermita de San Salvador. En el siglo XIV ya estaba despoblado, se intuye el camino de Garesbide, que desde Aquiturain seguían los peregrinos hasta Puente La Reina (Gares) dejando asu derecha Legarda y a su izquierda Uterga, Muruzabal y Obanos.”
Al leer el panel, tan deteriorado por las inclemencias meteorológicas, se nos ocurrió pensar que Aquiturain pudo ser uno los numerosos despoblados que se originaron en el Reino de Navarra, y en gran parte de Europa, a raíz de la crisis que asoló a la Europa feudal a partir, sobre todo, de la gran peste de 1347.
Las epidemias, hambrunas, guerras, bandidaje estaban a la orden del día. Pocas veces las ha habido a lo largo de toda la historia de la humanidad como entonces: terminó con más de la mitad de la población en muchos lugares de Europa, y transformó el pensamiento, la economía y modo de ver el mundo de aquellos que sobrevivieron, hasta el punto de suponer el principio del fin del mundo feudal.
Como recuerdo de todo aquello que tuvo lugar alguna vez, quedaban hoy para evocarlo, esas ruinas silenciosas, ocultas entre las hiedras.
Poco después de finalizar el descenso del Perdón y tras llanear apaciblemente entre trigales por una amplia pista, llegamos a Uterga. El recibimiento no pudo ser más disparatado: al tiempo que entrábamos en el pueblo, aparecía por la carretera un coche con el maletero abierto y anunciando por su megafonía mientras comenzaba a recorrer las calles del lugar:
Baje y vea los precios que tengo señora
El melón de La Mancha
De Villaconejos señora
Ignorantes de nosotros, no entendíamos porqué la megafonía insistía tanto entre estridencias en el origen conejero de su producto. Después supimos que la celebrada fama de estos melones, conocidos como de piel de sapo, era ya patente en la corte de Juan II de Castilla, donde se deleitaban y escribían sobre sus propiedades, perfume y dulzura.
Se van a acabar
Se van a acabar señora
Melones de Villaconejos
Como ocurría en Burguete, parte del camino que transcurre por Uterga lo hace a plena carretera, sin acera de ningún tipo y con alguna que otra curva que reduce bastante cualquier tipo de visibilidad: otro regalo para el peregrino.
Vea los melones que tengo señora.
Los mejores.
Se los estamos regalando señoras.
Mientras ya nos íbamos acostumbrando a las estridencias de los meloneros de La Mancha, dimos con el “Albergue del Camino del Perdón”. Es éste lugar de buenos desayunos, de bacón con huevos fritos, magras o bocadillos de jamón con tomate fresco, un verdadero oasis para el peregrino. Descansamos un poco, almorzamos y tomamos un café antes de sellar allá mismo nuestra credencial, y seguir el camino.
De Villaconejos, señora
El mejor melón
Señora, baje y llévese uno a casa
Nos alejábamos de Uterga acompañados por el sempiterno sonido de la megafonía del coche de aquellos vendedores. No sé, con la cantidad de pueblos que se atraviesan por el camino, de cuál me acordaré más y de cuál menos. Lo que sí tengo claro es que cada vez que vea el sello de Uterga en mi credencial de peregrino, vendrá a mi una apetencia irrefrenable por probar un melón de Villaconejos.
En Muruzabal nos desviamos a Eunate, a unos 2 km. de distancia, siguiendo las indicaciones que hay en el pueblo. Es visita obligada, vale la pena sólo por la belleza de aquél lugar, por las sensaciones que a uno le invaden mientras va acercándose entre trigales y vides al templo octogonal de Santa María de Eunate.
Como es evidente no se trata de la parroquia de un antiguo despoblado, ni de un hospital de peregrinos, tampoco fue una construcción templaria, como parece ahora ser tan del gusto de los mismos mitómanos que antes la hubieran atribuido al diablo, a los moros o a los mismísimos extraterrestres. Parece ser que Santa María de Eunate no es otra cosa que una capilla funeraria de fundación particular.
Pero todo esto no debería tener ninguna importancia pues el lugar no necesita de fuegos de artificio para atraer nuestra atención. Su valor está en las sensaciones que invaden a quien sabe estar en él, en apreciar y valorar el plan escultórico de los capiteles que rodean el templo con sus motivos animales, máscaras, músicos y ese Cristo sin cruz… hace falta entender que todo esto impactaba en sus contemporáneos lo mismo que lo hace actualmente un informativo o cualquier otra imagen televisiva sobre nosotros.
Sólo así tiene sentido darse la vuelta y enfrentarse cara a cara, y con verdadero temor, a los terribles rostros de Bafomet que franquean las puertas de acceso al templo.
Entra con cuidado y respeto
entre estas piedras están recogidos muchos siglos,
muchos silencios,
muchas oraciones.
La advertencia en la puerta no es sino un aviso de la actitud con la que el visitante debe presentarse en el interior del templo. Allá, uno se siente con ánimo para dejar en él todas las emociones negativas que lleva consigo: abandonar la ira, olvidar el orgullo, dejar de lado la desconfianza… el sólo deseo de querer ser mejor parece un acto de soberbia…
Al final, el peregrino opta por permanecer en silencio, bajo la bóveda de gruesos nervios, disfrutando del frescor de la sombra, del recogimiento y del secreto con el que nos observan desde las esquinas de aquél octógono las figuras que adornan los capiteles.
Desde Eunate, el camino hasta Obanos es bastante agradable, si no fuera por la empinada cuesta que el peregrino debe ascender en unas horas en las que el calor se manifiesta ya en pleno apogeo.
Obanos, es la " Villa de los Infanzones", cuyo lema "Pro libertate Patriae gens libera state (¡En pie los hombres libres, por la libertad de la patria!)", tiene mucho arraigo en la memoria histórica de Navarra.
Parece ser que la “Junta de Infanzones de Obanos”, fundada allá por los inicios de siglo XII, agrupaba entre sus miembros a hidalgos caballeros de la baja nobleza, clérigos, labradores y comerciantes, con el objeto inicial de defender sus privilegios de corporación. Con el tiempo amplió su campo de acción a otras localidades de su entorno y dilató sus competencias desde la persecución de malhechores hasta la intervención en los asuntos de la corona.
Como cabe imaginar esto último fue lo que más problemas iba a darles. Su enfrentamiento con las dinastías reales francesas que sucesivamente ocuparon la corona Navarra, hizo que fueran hostigados y perseguidos, hasta terminar muchos de ellos ajusticiados en 1281.
Infanzones aparte, por lo que realmente es conocida esta localidad es por lo que se ha dado en llamar “El Misterio de Obanos”, que podría ser perfectamente subtitulado como "El martirio de Santa Felicia y la penitencia de San Guillén". En ella se da cuerpo literario a una leyenda del siglo XIV, en la que los hijos de los Duques de Aquitania son los protagonistas.
Dice ésta que tras recorrer el Camino de Santiago y sentir la vocación religiosa, la princesa Felicia, decidió dedicar su vida al silencio, renunciando a su vida anterior de riquezas. Para tal menester, se estableció en el señorío de Amocain, del valle de Egües, donde vivió en pobreza hasta que la encontró su hermano Guillermo, algo bruto y pendenciero, quien después de buscarla desesperadamente por orden de su madre pretendió llevársela consigo de vuelta.
Pero Felicia no estaba dispuesta a abandonar su nueva vida. Reiteró a su hermano la decisión de mantener su retiro espiritual y la negativa a volver a la corte aquitana. Guillermo viendo que todo intento de convencerle era vano, se puso ciego de ira por su fracaso, sacó un cuchillo y allí mismo le dio muerte.
Como no podía ser de otro
modo, Guillermo se arrepintió de lo que había hecho, y marchó a Roma a confesar
su culpa al Papa. Este le mandó regresar al lugar del crimen, desenterrar a su
hermana, cargar la caja con sus restos sobre una mula, y dejar que ésta marcara
el camino. Allá donde se parase, debía levantar una ermita que acogiese los
restos de Felicia.
Y así lo hizo. Dice la leyenda que al pasar por el lugar de Labiano, la mula se
paró, y se desplomó. Y fue en ese mismo sitio en donde Guillermo levantó una
ermita: la misma que hoy acoge, y en la que hoy se venera, el cuerpo incorrupto
de Santa Felicia.
Una vez cumplida su misión, Guillermo se retiró a la ermita de Arnotegui, en
Obanos, en donde acabó sus días como ermitaño de la misma.
Esta historia ha dado lugar a una afamada representación teatral del hecho que se hace en Obanos cada dos años, el año par, en el mes de julio con el concurso de muchas gentes.
Saliendo del pueblo, el peregrino se encuentra con un lugar emblemático del camino: la Ermita de San Salvador, punto en el que confluyen el camino aragonés y el francés.
A poca distancia de Obanos, y tras cruzar un camino entre huertas, el peregrino llega a Puente La Reina, villa que tiene su origen en la voluntad de Alfonso el Batallador por favorecer a la vez la repoblación de la zona por francos y el paso de los peregrinos.
Muestra de la fuerte vinculación de esta localidad con el camino es que aún se conserva en ella la tradición de tocar cuatro campanadas al anochecer, como se hacía antiguamente para avisar al peregrino que viajaba de noche de que se iban a cerrar las puertas de la ciudad.
Al entrar en la villa y al poco de pasar junto al albergue de los Padres Reparadores, el caminante se encuentra, a mano izquierda, con la Iglesia y convento del Crucifijo, llamada así por conservar en su interior una bella talla gótica del Crucificado de procedencia alemana (s. XIV), que impresiona por su dolorosa expresión en el rostro y por la disposición en una cruz en forma de Y, en la que algunos ven una representación de la pata de oca como símbolo del encuentro de los caminos francés y aragonés, que se produce muy cerca de ahí.
Algo más allá se extiende la población propiamente dicha, en torno a la Calle Mayor ó de los Romeros, al final de la cual está el famoso Puente de los Peregrinos sobre el río Arga, una de los símbolos más reconocidos del camino.
El puente tenía dos torreones defensivos en sus extremos, de los que se ha reedificado el que se abre a la Rúa Mayor, y una torreta con una imagen gótica de la Virgen del Puy a la que está asociada la leyenda decimonónica del "Txori" (pájaro en euskera).
Esta leyenda trata de un pajarito que visitaba periódicamente la imagen de la Virgen del Puy, se introducía en la capilla rindiéndole homenaje mientras que con su pico le lavaba la cara, después de recoger agua una y otra vez, en el río, hasta que la Virgen quedaba reluciente.
El día que aparecía el "txori", las campanas se echaban a volar, se celebraban funciones religiosas e incluso corrían vaquillas. Una de las visitas más famosas fue la del 29 de agosto de 1.825. El pajarillo permaneció junto a la Virgen treinta y seis horas. Los fieles pasaron toda la noche rezando rosarios. En 1.834, coincidiendo con las carlistadas, ésta imagen se trasladó a la vecina Iglesia de S.Pedro.
Al pie de este puente, donde dábamos por finalizada aquella etapa, detuvimos nuestro paso. Miramos al frente, intentando adivinar por donde transcurriría el camino al otro lado del río. Nos resistíamos a terminar nuestra etapa…
Continuamos hasta el centro del puente y volvimos a detener nuestro paso, el Arga transcurría tranquilo a nuestros pies; alzamos la vista: ni una sola nube. Vacío. Eso nos recordó que teníamos que regresar a nuestro mundo, a nuestro jardín de narcisos.
- Es hora de volver
Y donde debería continuar nuestro siguiente paso quedó una espera.