Philosophe, physicien,
Rimeur, bretteur, musicien,
Et voyageur aerien,
Grand riposteur du tac au tac,
Amant aussi--pas pour son bien!--
Ci-git Hercule-Savinien
De Cyrano de Bergerac,
Qui fut tout, et qui ne fut rien,

(E. Rostand, Cyrano de Bergerac, Escena 5.VI)

 

 

 

-         En mayo baja mucho peregrino, en junio y julio son domingueros y en agosto lo que bajan son chorizos.

 

-         ¿Si?

 

-         Pues claro, ¿es que ustedes creen que no hay ladrones en el camino?; los hay como en todas partes.

 

La misma conversación, el mismo lugar y la misma persona; al fin y al cabo regresamos al camino y como si siguiéramos el rastro de un ouroboros, las bestia que engulle su propia cola, comenzamos nuestro peregrinar allá donde lo finalizamos la vez pasada, en el mismo bar y con parecida conversación a la que tuvimos hace algunas semanas.

 

-         ¿Tú eres de donde yo me imagino? – me espetó en una maravillosa variación conversacional.

 

-         Pues no lo sé, ¿de dónde te imaginas que soy?- pregunto algo sorprendido. Quizá, pensé, recuerda que estuvimos aquí hace poco tiempo, aunque con el trasiego de gente que hay, lo veo difícil.

 

-         Del Goiherri… - eso sí que no me lo esperaba, ¿del Goiherri?, algo hay de eso, pero ¿como lo sabe?

 

-         Pues yo no, pero sí algunos de mis abuelos, ¿cómo lo sabes?

 

-         Por la forma de hablar, por la cara, viví algunos años con gente de allá y tú te pareces…

 

Alrededor nuestro, en las dos o tres mesas que había en el interior, desayunaban otras tantas parejas que como nosotros tenían la intención de hacer aquél día camino, algunos hasta Pamplona y otros hasta Zizur Menor.

 

Comenzamos la marcha a las 7.30 de la mañana. Cruzamos el puente de los bandidos, y entre cantos de grillos y pájaros, y los cencerros de las pottokas que pastaban en los campos de los alrededores, subimos por una pequeña cuesta que, poco a poco, se iba haciendo más pronunciada hasta llevarnos a Akerreta, una preciosa aldea de sabor antiguo.

 

Desde allá cruzamos varios portillos y sorteamos cantidad de boñigas de caballo hasta llegar a una pequeña campa, donde disfrutamos de la vista de un grupo de équidos pastando apaciblemente y en total confianza con el peregrino que por ahí pasa.

 

Continuamos caminando entre las sombras del bosque, acompañados por el cantar de los pájaros y el rumor del Arga, al que nos ibamos acercando según descendíamos por una cuesta escalonada con traviesas de ferrocarril.

 

En Esteribar se cruza un puente moderno que conserva sus pilares medievales, y después el camino se incorpora a la carretera: otra vez incomodidad y riesgo para el peregrino.

 

Afortunadamente no dura mucho, y en el desvío a Ilurdotz se abandona la carretera para cruzar un puente. Se pasa ante un grupo de tres o cuatro casas y volvemos a caminar por una tranquila senda ascendente. Desde allá, el peregrino puede disfrutar de unas hermosas vistas.

 

Tras pasar junto a una antigua cantera y el pueblo de Irotz, el camino nos lleva hasta Zabaldika, otro de los hermosos pueblos que jalonan la primera parte de esta etapa. Como ocurría en la anterior, en esta encontramos muchas casas blasonadas o señaladas con el nombre de su constructor y la fecha en la que la hizo.

 

Hubo una a la izquierda del camino que llamó especialmente nuestra atención ¿por qué? No lo sé: quizá por su espléndida fachada, restaurada pero en la que se adivinan lo que pudieron ser antiguas saeteras, quizá fue lo imponente de su planta, o puede que fuera el entorno. No lo sé, pero en mi memoria permanece el agradable sabor calmoso del pueblo aquella fresca mañana de junio…

 

Leíamos en voz alta lo que en el frontis de esa casa se decía

 

“Esta casa la hizo Domingo de Ripalda hijo Año de 1728”

 

cuando advertimos que una persona nos observaba desde la huerta aneja:

 

-         Raro es que unos jóvenes como ustedes lean sin dificultad lo que ahí pone. Generalmente terminan por preguntar que letras son esas.

 

Agradecidos por el doble cumplido que nos había lanzado, -esto de que a uno le llamen joven empieza  a ser cada vez más raro-, le dirigimos una amable sonrisa y nos detuvimos a charlar con él.

 

-         Sí, nos suelen gustar estas cosas. Veníamos preguntándonos si en estas casas siguen viviendo descendientes de quienes las construyeron. Para ellos debe ser un orgullo tenerlos presente de esta manera…

 

-         Desde luego… -nos contestó- pero no es el caso de muchas de las que están aquí. Generalmente sus antiguos dueños terminaron por venderlas. Nosotros compramos ésta hace más de 20 años.

 

-         Así que ustedes no son de la familia Ripalda que pone ahí.

 

-         No, y ya sabrán ustedes que la familia del marido de la infanta tiene ese apellido, pero no es de esta casa. Por lo que dicen, viene de una que está allá detrás de esos montes –dijo señalando a su espalda-.

 

-         ¡Vaya!, yo tenía entendido que procede de la zona del Baztán, aunque vaya usted a saber…

 

-         Así es………..

 

El peregrino continúa marchando. Pronto cruza una carretera y llega a un merendero, de allí asciende a un camino que, a través de un maravilloso paisaje, conduce al despoblado de Arleta.

 

En las fachadas de sus hermosos y enormes caserones todavía se conserva el recuerdo de momentos mejores, en los que el pueblo estaba habitado, y puede leerse aún el nombre de algunas calles: “Calle de Santa María”, “Calle de San Martín”…

 

Hasta llegar a Arre, el camino discurre en su mayor parte por zonas casi siempre boscosas, tranquilas y dadas a las evocaciones más saludables para un espíritu peregrino. A lo lejos se adivina lo que pueden ser las afueras de Pamplona, quizá Villaba.

 

El puente y el hospital de peregrinos de Trinidad de Arre son el colofón final a esta parte del camino. A partir de aquí, el viajero entra casi sin pausa en un mundo totalmente distinto, dominado por el asfalto, los semáforos, vehículos y el gentío.

 

Como no pudimos sellar la credencial en el albergue de Arre porque estaba cerrado, decidimos por lo menos gratificar nuestro esfuerzo parando unos minutos para tomarnos un café en el bar “Paraíso” –nombre muy apropiado, por cierto, para servir de descanso a unos peregrinos-, frente al ayuntamiento de  Villaba.

 

El resto de camino de Villaba y Burlada apenas tiene más que significar: se atraviesa una larga avenida, en la que uno pasa de un pueblo a otro sin casi darse cuenta, entretenido en cruzar semáforos y disfrutar de la visión de algunos antiguos edificios que permanecen en silencio aguantando el envite del paso del tiempo.

 

Según se acerca el peregrino a las murallas de Pamplona, su marcha discurre por lo que se llama Camino de Burlada, pasando junto a unas piscinas, un paseo bordeando el río y el barrio de la Magdalena que culmina en el puente gótico del mismo nombre.

 

Entramos por el portal de Francia, -que hasta el siglo XVIII se llamaba portal de Abrevador-, mandado construir en el XVI por Beltran de la Cueva en sustitución de uno anterior que ordenó derruir. Desde 1939, y durante algún tiempo, fue llamado Portal de Zumalacárregui, en memoria del famoso caudillo carlista de quién se dice que abandonó su casa ubicada en la calle Carmen para, atravesando dicho portal, marchar a unirse a la causa del pretendiente Carlos.

 

Al entrar en Pamplona el caminante se adentra en el barrio de la Navarrería, núcleo primigenio de Pamplona, donde una vez se ubicó la Iruña vascona, “la principal de los vascones” según Estrabón, y el Pompaelo romano, refundada por  Cneo Pompeyo en el invierno de 75-74 a.C., durante su campaña contra Sertorio.

 

Gracias a la ruta jacobea y a la repoblación promovida por la monarquía navarra, allá por el siglo XI, la ciudad se convirtió en un importante núcleo comercial, en el que artesanos y comerciantes se fueron asentando fuera de los muros de la Navarrería.


Así es como nacen los burgos de San Cernin y San Nicolás, ciudades independientes y separadas por murallas. Mientras que los habitantes del burgo de la Navarrería son labradores o siervos de la Catedral, en San Cernin se instalan artesanos y mercaderes francos, y en San Nicolás comerciantes francos y navarros.


Cada uno de estos tres núcleos formaba un concejo independiente, con alcaldes, jurados y rentas propias. Esto sería pronto la causa de continuos disturbios y luchas entre los vecinos de los tres Burgos, como las que provocaron que en 1222 los habitantes del burgo de San Cernin incendiaran la iglesia de San Nicolás.

 

En 1266 se llevó a cabo la unión de los burgos pamploneses en un solo concejo, pero en 1273 el rey Enrique I autorizó a los habitantes de la Navarrería a separarse de los otros dos burgos. Esto motivó una guerra que terminó con la destrucción total de aquella, que no volvió a renacer hasta 1324.


Esta situación de casi continua guerra civil persiste hasta el 8 de septiembre de 1423 fecha en que Carlos III, rey de Navarra, promulga el Privilegio de la Unión, fuero municipal que integra a las tres poblaciones en una sola y que va a durar hasta la implantación del nuevo régimen en 1836.

 

Con él se unificó la ciudad, con un único ayuntamiento construido en "tierra de nadie", en un terreno próximo a los tres burgos, y con una jurisdicción común para todos. Se acabaron así lo fueros y privilegios especiales de unos burgos sobre otros, se prohibió construir fortalezas que separasen unos barrios de otros, y se quitaron los mojones de separación.

 

A la plaza en la que actualmente se encuentra este ayuntamiento, ubicado en esa antigua “tierra de nadie”, llega el peregrino desde la calle del Carmen pasando por la rúa de Mercaderes.

 

Antes, y aunque no forma parte estricta del camino, es recomendable desviarse unos pocos metros y acercarse a la Catedral. Si el viajero tiene la misma poca fortuna que nosotros, la encontrará cerrada, y no podrá entrar a visitar su interior, lugar donde fueron coronados muchos de los monarcas del Reino, y en el que descansan los restos de Carlos III el Noble en una tumba que ya de por si merece la pena el desvío.

 

Si el peregrino, a pesar de ello, desea sellar su credencial con la estampa de la catedral de Pamplona, puede acercarse por la calle Dormitalería, -llamada así por ser el lugar donde antiguamente se ubicaba un hospital de peregrinos-, hasta alcanzar a mano izquierda la entrada al claustro y museo, donde amablemente estamparán su documento.

 

Volviendo al ayuntamiento el viajero debería encontrarse junto a un antiguo albergue, pero las circunstancias, que lo están cambiando todo en nuestra entrada en Pamplona, hacen que tampoco esté en su lugar y que, por lo que parece temporalmente, haya sido trasladado a la calle 2 de mayo. Renunciamos a buscarlo, ya tenemos el sello catedralicio, y continuamos nuestro camino por la Calle Mayor hacia el Parque de la Taconera, en medio del gentío que con su animación preludiaba la proximidad de los San Fermines.

 

Pronto llegamos a la vuelta del Castillo, donde bordeamos la ciudadela construida tras la conquista de Navarra, allá por el siglo XVI, sobre los terrenos en los que se hallaban una iglesia de dominicos y el panteón familiar de los Jassu, agramonteses de pro y abuelos de San Francisco Javier.

 

Continuando por Fuente de Hierro, el autor recuerda los dos años que vivió en esa calle, frente al bar que aún se llama Slalom. De aquí se baja a la universidad, donde, tras sellar la credencial en el edificio Central, nos disponemos a cruzar el Sadar por un pequeño puente.

 

-         El río al revés – se acercó a indicarnos un hombre que tomaba el sol, al vernos fotografiar el puente.

-         ¿Cómo dice?

-         ¿A que no saben por que le llamamos aquí al Sadar “el río al revés”?.

-         Pues no.

-         Porque si ustedes lo miran desde el puente parece que va contra la corriente.

 

Lo que queda del camino para hoy es poco desde aquí: cerca de media hora de marcha junto a la carretera bajo un sol abrasador hasta llegar a Zizur Menor.

 

Eran las 13.10 del 25 de junio de 2005 cuando entramos en el pueblo. Marchamos directos al albergue de la Orden de Malta, donde el hospitalero, un joven andaluz muy simpático, nos habla del camino, de la Orden de Malta y de mil cosas más. Nos proporciona una serie de recomendaciones muy útiles para continuar el peregrinaje hasta el final, es decir hasta Finisterre. Según nos cuenta son tres o cuatro días más de marcha que merecen la pena.

 

-         Allá –nos dice-, es donde realmente concluye el camino, y el mundo según los antiguos viajeros. Es necesario terminar la peregrinación con el día, viendo anochecer desde los acantilados, que en aquella tierra se enfrentan a la inmensidad del océano desconocido, mientras el sol desaparece lentamente en el fin de la tierra.

 

Cuando abandonamos el camino por hoy, vemos ante nosotros, como si de un enorme muro se tratara, el alto del Perdón; rebasarlo ya es por sí una meta, pero tras él nos espera un mundo totalmente distinto al que hemos recorrido hasta ahora: quedan atrás montañas, bosques umbríos y el verde oscuro de los ciento de laderas que se deslizan suaves desde las alturas pirenaicas. Mas allá, por delante, nos aguardan inmensos campos de trigo, llanuras, días de marcha con el mismo fondo...