In solis sis tibi turba locis.
(Tibulo, eleg. 3, 19, 12)
Eran las 8 de la mañana del 4 de junio de 2005 cuando salimos del albergue de peregrinos de Roncesvalles con nuestra credencial sellada por primera vez. Habíamos llegado allá pocos minutos antes desde San Sebastián, con el objeto de cubrir la etapa del camino de Santiago que transcurre desde aquél lugar hasta Larrasoaña.
Antes de comenzar tomamos un café en Casa Sabina disfrutando de la amena charla que el dueño del establecimiento mantenía con dos vecinos. Según comentaron, estaban muy preocupados por la falta de agua en la comarca.
A las 8 y 10 de la mañana iniciamos la marcha en dirección a Burguete, por el camino que llaman “Rosario Bidea”, dicho así seguramente porque en rezar uno de ellos es lo que se tarda en cubrir la distancia entre Roncesvalles y Burguete. El recorrido en sí es llano, bastante umbroso y agradable.
Pronto avistamos a nuestra izquierda la Cruz de Roldan, erigida en sustitución de otra que fue destruida en el año de 1794 por los ejércitos convencionales franceses, que vengaban así “una injuria antigua hecha a la nación francesa”.
Y es que nos encontramos en la llanura de Burguete, extendida a lo largo de unos cinco kilómetros al sur de Ibañeta, donde Aymeric Picaud cuenta que tuvo lugar el gran combate en el que perecieron el rey Masilio, Roldan y Oliveros “con otros cuarenta mil”. De ahí que los mismos convencionales que la emprendieron con la Cruz de Roldán, manifestaran a sus superiores de Paris tras ocupar Burguete y su valle que “les manes de nos pères ont été consolées”.
Puede chocar al peregrino que el camino coincida con la única calle de Burguete, pero ésta tiene su origen en aquél, y todos sus comercios y viviendas se fueron disponiendo en torno al paso de los peregrinos. Es una fórmula que va a ir repitiéndose en muchas localidades a lo largo del camino.
Tras recorrer con bastante incomodidad un tramo de la calle, se gira a la derecha bajando una pronunciada pero breve cuesta. Esta finaliza justo al pie del primero de los muchos vados que van a cruzarse durante la jornada.
Sigue una explotación ganadera y después un paisaje alpino de verdes y extensos prados en los que se alimentan y luego descansan con una paz envidiable, varios rebaños de vacas. Llamó la atención de los peregrinos, profanos como son con las cosas de la ganadería, escuchar en medio del silencio el sonido que producía la hierba al ser arrancada por la boca de las vacas; se asemejaba al de las pisadas sobre la nieve dura.
Nos detuvimos a escucharlo. La mañana era clara y fresca. Al fondo, recortada su silueta en el horizonte, los Pirineos parecían observarnos en silencio.
El peregrino cruza dos o tres vados más y algún que otro portillo, mientras se va internando poco a poco en un bosque. Entonces se encuentra con una subida que culmina en una amplia explanada donde se acostumbra, por primera vez en esta etapa, a apilar piedras de diferentes tamaños sobre los mojones que bordean el camino. De aquí serán trasladadas de pila a pila por quien pase por ellas hasta que un día lleguen, como otro peregrino más, a Santiago.
Desde allí se desciende hasta llegar a la entrada de Espinal, donde se encuentra una fuente en la que uno puede refrescarse y reponer fuerzas antes de continuar el largo camino que todavía queda por delante.
Espinal fue fundada por Teobaldo II a mediados del Siglo XIII, con el objeto de cubrir el gran despoblado que existía entre Burguete y Biscarret. Parece ser que por aquellas épocas, esos eran caminos poco seguros, y en cualquier esquina podía aparecer una gavilla de salteadores que importunara la paz y el buen camino del viajero.
Como testimonio de la antiguedad del lugar, quedan al pie del cementerio de la localidad una interesante colección de estelas discoidales que, según reza el panel explicativo, datan de los siglos XIII al XVIII.
Nos cuentan que también existe en sus inmediaciones una de las principales concentraciones megalíticas de la zona y que, a pocos pasos del pueblo, se encuentra el yacimiento romano de Titurissa.
Mencionar la presencia romana en torno al camino, nos recuerda que este nació siguiendo el trazado de las viejas vías romanas. El tramo que recorríamos hoy, por ejemplo, es parte de la vía 34 del Itinerario Antonino, que desde la Aquitania llega hasta Virovesca donde se une a la procedente de Cesaraugusta, para juntas alcanzar la Gallaecia.
La 34 era la arteria principal de la submeseta norte, que procedente de Burdigala (Burdeos) entraba en Hispania por Roncesvalles y seguía por Pompaelo (Pamplona), Alba (Alegría), Deóbriga (Puentelarrá), Antecuia (Pancorbo), hasta Virovesca (Briviesca).
Cuentan los cronistas que esta misma vía es la que emplearon suevos, vándalos y alanos para penetrar en la Península desde las Galias en aquél lejano año de 409. Como ya se sabe, algunos siglos después fue Carlomagno el que la empleo para acudir en ayuda de la taifa zaragozana, sufriendo en ella a su regreso la derrota de Roncesvalles que, cantares de gesta mediante, marcó de manera indeleble la memoria del occidente europeo.
Tras entrar en Espinal, el peregrino recorre un tramo de la calle principal, luego se desvía a la izquierda, sale del pueblo y al poco comienza el ascenso al alto de Mezkiritz.
Al llegar, nos encontramos con uno de los paisajes más hermosos de la etapa. Desde esa altura se disfruta de una espectacular panorámica de todo el camino recorrido. Al otro lado se pueden ver también algunos pueblos de los que quedan por delante, el puerto de Erro y los numerosos bosques que adornan laderas, valles y cumbres de las montañas que nos rodean.
Disfrutábamos del paisaje cuando la silueta de un enorme buitre sobrevolándonos llamó nuestra atención. Seguimos con la mirada su vuelo hasta dar con el punto en el que tomó tierra: a escasos metros de nosotros, en un prado a la derecha del camino. Le vimos unirse a su manada, en la que se contaban unos 14 individuos, que estaban alimentándose de lo que parecían ser los restos de una oveja.
Intentamos acercarnos a ellos lo más posible para fotografiarlos y observarlos con el catalejo, pero parecieron darse cuenta, lo nuestro no es el sigilo, y se alejaron un tanto del motivo de su festín alineándose en formación de huida o defensa.
Mientras tanto, y a una distancia menor que la nuestra, un grupo de ovejas continuaba pastando apaciblemente, como ignorando todo lo que estaba ocurriendo junto a ellas. La imagen de la manada de buitres junto al rebaño de ovejas ofrecía un curioso contraste.
Abandonamos el lugar, y tras un pequeño descenso cruzamos la carretera para encontrarnos el monumento a Nuestra Señora de Roncesvalles, donde se pide al peregrino en euskera, castellano y francés, que rece una salve antes de continuar su camino.
“Aquí reza una Salve a Ntra. Sra. De Roncesvalles”
Descendimos por un camino muy agradable, arbolado y umbroso hasta Biscarret. Cuentan que aquí hubo una hospedería de gran importancia durante la Edad Media, cuando esta localidad era el final de la primera etapa del camino en tierras navarras. Esto fue así hasta que en el siglo XIII, la creciente pujanza de Roncesvalles robó a este pueblo su antiguo protagonismo.
Era de ley pues que en honor a todos aquellos peregrinos prerroncesvállicos, nos detuviéramos un momento en Biscarret. Para ello, nada mejor que un bar que hay en su plaza, el único creo, donde muchos peregrinos descansaban ya, retozando en la terraza o regalándose en su interior con bocadillos de tortilla, jamón o txistorra.
Como la tentación adopta ante el peregrino muchas formas, y en aquél momento podía hacerlo para nosotros en la de un sabroso bocadillo o una cómoda silla a la sombra de la plaza que adormeciera nuestro paso, decidimos limitarnos a tomar un café y charlar con alguno de los caminantes. La conversación terminó centrándose en los cuadros que adornaban el bar: si uno se acerca descubre que son puzzles, alguno de ellos de gran mérito por la enorme cantidad de piezas y la dificultad que debía suponer completarlo. Paciencia y tenacidad para sortear las dificultades. Una buena lección para el peregrino.
Salimos en dirección a Lintzoain, no sin antes visitar el cementerio del pueblo, los viajeros se encuentran con el pasado del lugar en estado puro, y habiéndosenos presentado en el camino, no nos resistimos a hacer una visita al lugar.
En Lintzoain nos entretenemos en curiosear los hermosos escudos heráldicos que adornan las fachadas de las casas, algunas de ellas cuentan incluso con leyendas en las que sus constructores testimonian para la posteridad la fecha y sus nombres. Esta costumbre, como veníamos viendo desde que salimos de Roncesvalles, se repite en todos los pueblos del lugar.
Contra la pared de una de estas casas, que llama la atención por su gran altura, una niña juega con una raqueta y una pelota de tenis. Distrae su tiempo mientras espera que alguno de los peregrinos que pasamos por ahí compre cualquiera de los bordones o conchas que expone.
Al salir de Lintzoain comienza la subida, lenta pero continua, al alto de Erro. No es tan duro como lo esperábamos y además ofrece un entorno maravilloso. Tras el primer ascenso se llega a un tramo llano y muy agradable en el que el peregrino siente que deja de caminar para iniciar un delicioso paseo sumergido en la espesura boscosa, olvidado del mundo en el vientre del bosque.
En una de las vueltas del camino, en un punto donde el otoño parece haberse detenido, el peregrino encuentra, saliendo por entre las hojas caídas, una placa memorial rodeada de ofrendas que han ido dejando muchas de las gentes que por ahí han pasado. La placa dice:
En memoria de Shingo Yamashita peregrino japones fallecido en agosto de 2002 a los 64 años.
Convencionales franceses, monarcas medievales, vias romanas, constructores de casas y la memoria de viajeros que llegan de los rincones más alejados del mundo para recorrer un camino como se ha venido haciendo durante muchos siglos... El camino tiene sus propias dimensiones en las que el tiempo y el espacio han de ser considerados de manera diferente.
Con una goma elástica que teníamos en la mochila y dos palos que cogimos del suelo hicimos una cruz que unimos al resto de ofrendas que allí se habían dejado. Después continuamos nuestro camino.
Algo más adelante nos encontramos con lo que fue la venta Agorreta, ahora vaquería en estado de semiabandono. Cuesta trabajo no pensar en lo que las cosas cambian con el tiempo, e imaginar el trasiego de viajeros de todo pelaje llegando y partiendo de la venta, las cuadrillas de bandidos, los arrieros, labriegos, etc...
Resulta difícil abandonar ese estado de recogimiento al que se ha llegado en el alto de Erro. El descenso se hace muy duro e incómodo por entre caminos desdibujados, cauces de río secos y tajos de piedras, mientras poco a poco va acercándose a Zubiri.
El pueblo del puente, que es lo que significa Zubiri, tiene una curiosa leyenda. Según reza ésta, mientras se construía el puente allá por la Edad Media, encontraron bajo su estribo un cadáver que, si creemos lo que afirmaban los que lo vieron, no era otro que el de Santa Quiteria, santa profiláctica donde las haya, que cura entre otras cosas a los perros de la enfermedad de la rabia.
De ahí que, aunque pudiera habérsele puesto el nombre de la santa, que es lo que suele proceder en estos casos, los vecinos, el tiempo o la tradición ha dado en ponerle el más prosaico de “Puente de la Rabia”. Desde entonces, las gentes que allá acuden a curar a sus perros de la enfermedad, rodean por tres veces el pilar central del puente, que es donde creen que todavía permanece enterrada la santa.
Estábamos hablando tranquilamente de estas cosas ante el puente a la entrada al pueblo, cuando se nos acercó un vecino del lugar:
- Hola buenos días, ¿van a entrar al pueblo?
- Si, estábamos mirando el puente..., de la rabia lo llaman por Santa Quiteria, ¿no?
- Si, si...
- Dicen que la tenían ustedes ahí abajo enterrada... – añadí señalando el estribo del puente-.
- Si, si... ahí abajo está... Santa Quiteria... ¿van a entrar al pueblo? – estaba claro que el hombre se interesaba más por hablar que por escuchar – allá enfrente tienen un supermercado donde les venden de todo y además les estampan la tarjeta de peregrino.
Sin darle más importancia, le dijimos que sí con la sana intención de callarlo y no hacerle ningún caso. Cruzamos el puente, y entramos en el pueblo para comprar un botellín de agua y de paso sellar nuestra credencial en el albergue. Este último, llamado Zaldiko, tiene aspecto bastante agradable y se encuentra en la misma calle del puente. La propietaria descansaba a la puerta del mismo y amablemente nos selló las credenciales.
No nos entretuvimos más. Abandonamos el pueblo cruzando de nuevo el puente camino de Larrasoaña.
Esta parte es la peor de todo el recorrido. La fabrica de Magnesitas de Navarra ocupa lo que debió ser parte del antiguo camino, obligando al peregrino a bordear sus instalaciones caminando con riesgo e incomodidad por el arcén de una carretera, y continuar después por un descenso mal escalonado que resiente los cansados y doloridos pies del caminante.
Al llegar a la altura del deposito de escorias, el peregrino descubre con disgusto como la brisa que hasta entonces le había proporcionado refresco, lanza sobre él una nube blanquecina procedente del depósito que se le pega en el cuerpo, molesta a la vista y reseca la garganta.
Afortunadamente, poco a poco nos alejamos de ello y volvemos a la placidez del camino, atravesando las aldeas de Ilarratz y Eskirotz. A estas alturas, los caminantes ya están cansados, pesa el camino, y poco a poco comienza a buscarse con la mirada algún edificio que nos indique la proximidad de nuestro destino, al que ya presentimos.
Hacia las 15.10 cruzábamos el puente de los bandidos de Larrasoaña y nos acercamos empujados por el cansancio, hasta el albergue del pueblo, donde Don Santiago Zubiri, toda una institución en el universo Jacobeo, nos recibió con esa amabilidad que le ha hecho conocido. Tuvo un tiempo para contarnos cómo Isabel de Valois pasó una noche en la casa renacentista que hay frente al albergue, cuando marchaba hacia Madrid para casarse. En ella misma, nos contó, se celebraron en tiempos del Reino de Navarra unas cortes.
Como faltaba cosa de una hora para que llegara el autobús que nos llevaría a Roncesvalles de vuelta, nos acercamos a un bar que hay a la salida del pueblo, para tomarnos un café.
Tras desearnos recíprocamente las buenas tardes de rigor, pedir unos cafés y entrar en calor hablando del tiempo, nuestro amable mesonero pasó directo al tema.
- Con esas mochilicas veo que son de aquí cerca, no llevan apenas nada...
-De aquí cerca – respondí con pocas ganas y una amplia sonrisa-.
- ¿Van ustedes hasta Villaba? –para cuando terminó de decirlo, el hombre se había servido un café y acodado en la barra frente a nosotros. A mi me vino a la memoria el ritual del vaso de té en los bazares orientales. Este nos quiere vender algo.
- Sí hasta Villaba –me apresuré a mentir – hoy hacemos etapa hasta allá.
- Ya..., imagino que no harán noche en el camino.
- No, en cuanto lleguemos al final de la etapa, nos volveremos a casa. Vamos a hacer el camino por etapas en días festivos sueltos hasta llegar a Burgos; de allá hasta Santiago lo haremos más seguido.
Como parece ser que le quedó claro que no había nada que hacer, pasó a contarnos que alquilaba habitaciones a los peregrinos que allí hacían noche. Nos contó que el pasado mes de mayo habían bajado muchos más que otros años, pero que esta primera semana de junio había sido bastante floja.
Por lo que dijo y por cómo lo hizo, quedaba claro que era una persona que vivía, por lo menos parte del año, del camino y, por eso mismo, conocía muy bien a todos los tipos de gentes que por él pasaban.
A las 16.30 llegaron dos autobuses a Larrasoaña. El primero iba lleno pero su conductor nos indicó que él nos vendería el billete y que luego subiéramos en el de atrás.
Así lo hicimos. En el autobús había dos personas y otras dos que subieron detrás de nosotros. Se acomodaron algunos asientos delante y al poco quedaron adormecidos por el sonido monótono del motor.
En la primera fila estaba sentada una mujer de casi 40 años, algo endomingada, y que todo el viaje, hasta que se apeó en Biscarret, parecía no dejar de observarnos, con una agradable sonrisa, a través del reflejo de la mampara del conductor.
Al otro lado del pasillo, también en primera fila, viajaba un hombre de más de 50 años con boina y barba perfectamente recortada. Intercambiaba monótonamente algunas palabras con el conductor pero apenas se oía nada más que un murmullo.
El sonido del motor y el silencio se volvían cada vez más profundos, parecían estar aliados con el cansancio del camino. No hablamos. Por la ventana desfila nuestra mirada...
Por ahí hemos subido.
Aquellas nubes nos dieron sombra.
Y ese camino que se abre en silencio,
oculta entre sus pasos
recuerdos que pronto habremos olvidado.
Decía Michel de Montaigne que prefería mil veces más morir sobre su montura que en su propia cama. Cuando alguien le preguntaba por que tal obsesión por viajar, qué es lo que buscaba con ello, gustaba de responder: “sé muy bien de lo que huyo, mas no sé lo que busco”.