Domus mea totus mundus

Quem pererro vagabundus

(Hugo de Orleáns)

 

 

El mismo día que finalizamos la etapa en Carrión, aprovechamos la tarde, tras la visita a Nuestra Señora del Belén, para bajarnos hasta el monasterio de San Zoilo, al otro lado del río.

 

Al llegar frente a su fachada, nos asombró por su robustez, su monumentalidad neoclásica. No tiene nada que ver, seguramente, con lo que allá había en la Edad Media -dicen que apenas queda de aquello algo en su claustro y en su antigua portada-, pero se nos ocurrió pensar en todos aquellos peregrinos que camino de Compostela pasaban ante este edificio, intentado imaginar la impresión que les debió dar semejante mole de piedra, tan monumental, majestuosa y llena de adorno y ostentación.

 

Mientras llamábamos a la puerta para entrar a visitarlo apareció por ahí el peregrino italiano que tantas veces habíamos visto a lo largo de la jornada. Era un hombre de unos 50 y tantos años aproximadamente, delgado, alto y con aspecto de ser un tanto despistado. Al vernos nos saludó amigablemente, y se interesó por si habíamos comido, encontrado alojamiento o pensábamos continuar el camino.

Charlamos durante un rato, hasta que nos abrieron la puerta, y al entrar a visitar el lugar, nuestro nuevo amigo se despidió de nosotros diciendo que regresaba al albergue del Monasterio de Santa Clara a descansar.

Nosotros, por nuestra parte, entramos con la idea de disfrutar de la bella portada occidental de lo que fue un templo románico. Se conserva en un perfectísimo estado, posiblemente porque durante mucho tiempo estuvo oculta entre yesos, molduras y falsos tabiques que la sumieron en el olvido, hasta que unas obras de remodelación llevadas a cabo en 1993, hace 12 años, las sacaron a la luz para disfrute de todos nosotros.

Según afirman los que entienden, los hermosos capiteles que la adornan se encuadran entre lo más antiguo del románico palentino; que ya es decir. Muestran diferentes escenas en las que el visitante puede entretenerse en su interpretación durante mucho tiempo. Son un deleite para la vista: unas reproducen el cultivo de la vid, hay también unas figuras transportando a otra más pequeña, en otro se recrea el episodio de la burra de Balaam… El viajero ve todo aquello a través de los ojos del hombre medieval y eso es una experiencia de valor incalculable.

Se ve muy a las claras que mantuvo durante mucho tiempo el recuerdo de su antigua advocación a San Juan Bautista, y prueba de ello es que, en pleno siglo XVII, mucho tiempo después de ese cambio, con la traída de las reliquias de San Zoilo, alguien dejó una inscripción que hace referencia clara a aquél: "..pilis camelorum ad zonam peli..".

Y es que incluso contamos con la presencia de los bustos de dos leones que, si nos ponemos muy cicateros, no son otra cosa que el animal emblemático de aquél santo –por eso de que ambos reinan en el desierto-, y, por extensión, del de quién empezó su evangelio con estas palabras:

 

Voz del que clama en el desierto:

Preparad el camino del Señor,

enderezad sus sendas

apareció Juan bautizando en el desierto,

proclamando un bautismo de conversión

para perdón de los pecados.

(Marcos I, 3-4)

 

A la mañana siguiente, a eso de las 9 menos 20, nos acercamos al puente sobre el río Carrión y tras hacernos la fotografía de rigor, comenzamos nuestra marcha que prometía ser esta vez un tanto trabajosa: era una etapa de 32 kms., de los cuales los 17 primeros discurren por despoblado. Es el tramo deshabitado más largo al que nos habíamos enfrentado en lo que llevábamos de camino.

 

Antes de empezar, nos habíamos tomado un café en el Bar España y, después, por recomendación de un simpático taxista con el que charlamos de peregrinerías, historias locales y la belleza de la toscana, nos pasamos por una pastelería que hace esquina en la plaza de Santa María y en la que si hay suerte –que la tuvimos-, se puede dar con unas deliciosas tortas de aceite para desayunarse como es debido.

 

Afortunadamente, el día parecía clarear y esos aguaceros de los que oímos hablar en jornadas anteriores, habían marchado a otros lugares. Como he contado antes, nos detuvimos en el puente a hacernos una foto antes de comenzar la marcha, pasamos ante el Monasterio de San Zoilo y continuamos derechos. Resulta curioso pensar que esas mismas campas que rodean al monasterio fueron escenario de episodios tan relevantes en la historia medieval castellana como el de la presentación del Rey de León Alfonso IX ante Alfonso VIII de Castilla, o el de los fallidos desposorios de la hija de éste último -la después reina Berenguela de Castilla- con Conrado, hijo de Federico Barbarroja.

 

Al poco de rebasar el monasterio, pasamos una rotonda y tuvimos que ir bordeando la carretera por el arcén, hasta llegar a una gasolinera que tenía el pintoresco nombre de “El Resiste S.L.”. Cerca de aquél lugar se toma una pista asfaltada a la que los del lugar llaman “la carretera del indiano”, flanqueada a ambos lados por maíz y cereal.

 

Continuamos la marcha. Veíamos a lo lejos a dos personas que parecían ir más despacio que nosotros. A medida que avanzábamos observamos que una de ellas iba quedándose atrás. Más adelante distinguimos ya que eran dos mujeres, y a los pocos minutos que una era mucho más joven que la otra. Dimos en pensar que eran madre e hija.

 

Un tiempo más tarde, -la largura de este tramo solitario daba para tales observaciones-, la que parecía más joven de las dos, se separó definitivamente de la mayor, apretando el paso y dándose la vuelta cada tanto del camino, para ver si su compañera marchaba por detrás. Cuando nosotros alcanzamos a la rezagada, la joven desapareció ya en la lejanía del camino.

 

La señora, que según pudimos comprobar tenía unos sesenta años por lo menos, cargaba una pesada mochila y caminaba lenta y cansadamente. Por el acento entendimos que era extranjera.

 

-        Camino largo… - acertó a decirnos con un fuerte acento entre sofocada y sonriente, mientras avanzaba con gran lentitud.

 

-        Sí, así es, ¿han salido hoy desde Carrión?

 

-        Sí, sí, Carrión…

 

-        Bueno, que tenga usted buen camino –le dijimos viendo que su marcha nada tenía que ver con la nuestra, y paraba cada poco para tomar aire-.

 

-        …, ¿ustedes españoles? –volvió a decirnos queriendo mantener una conversación que nos hiciera marchar juntos.

 

-        Si, ¿y usted? –respondimos casi sin detener nuestro paso, dádonos la vuelta para decírselo

 

-        Deutch –nos pareció oir que decía mientras seguíamos alejándonos.

 

El camino en todo este tramo es bastante llano. De vez en cuando, como si quisiera romper con esta monotonía, el andadero atraviesa regueras que refrescan la vista y hacen más llevadera la marcha: primero la del Odra, después viene la de la Roya y, a continuación, el arroyo de los Molinos.

 

Cuando se llega a ésta última, a cerca de 5 km de Carrión, el caminante se encuentra a un lado con los restos de la abadía de Benevivere, ubicados en el interior de una finca privada por obra y gracia, como en tantos casos se dio en este país, de la Desamortización.

 

De lo que entonces fue el monasterio debe quedar bien poco, pues el tiempo, el abandono y una cierta dosis de desidia ha terminado por borrar del paisaje gran parte del edificio. Se cuenta que algunos de los últimos sillares auténticos que del lugar quedaban allá, fueron empleados para la construcción del ayuntamiento de Carrión a finales del siglo XIX.

 

Pasamos Benevivere y dimos con un cruce donde cambia la pista asfaltada por un camino de firme rojizo y pedregoso. Allá la antigua y tradicional ruta jacobea coincide con una de mayor solera aún: la vía Aquitana. Su trazado discurría entre Burdeos y Astorga y se dice que fue el embrión del original del Camino de Santiago.

 

Animados por la tranquilad del entorno, dimos en comentar lo interesante que resultaría estudiar cómo ha variado el trazado del Camino de Santiago con respecto al de las antiguas vía romanas que, en cierto modo, fueron su embrión. Tal es el caso del tramo que pasa por Nájera, a donde se derivó su recorrido al ser constituida en capital del Reino de Navarra; la que desvió a los peregrinos por Santo Domingo de la Calzada, merced al magnífico puente que en ese lugar construyó el santo pontífice; o por Villasirga, hasta donde fueron modificando su marcha los jacobitas devotos de los milagros que la virgen realizó e inspiraron varias Cantigas de Alfonso X el Sabio.

 

Estuvimos charlando de ello durante un largo rato, mientras avanzábamos tranquilamente por un inmenso páramo. Al caminante, expuesto como está en esta etapa a largas horas de silencio y soledad, le viene al recuerdo aquello que escribió Miguel Delibes:

 

“El páramo es una inmensidad desolada, y el día que en el cielo hay nubes, la tierra parece el cielo y el cielo la tierra, tan desamueblado e inhóspito es”.

 

En medio de tanta horizontalidad, tanto caminar en silencio escuchando únicamente el crujir de la gravilla a nuestro paso, el silbo del viento y el graznido lejano de alguna ave, sorprende al curioso y adormecido caminante la presencia solitaria  de un chopo. Nos anuncia que llegamos al lugar que llaman la fuente del hospitalero, ¿porqué?: dicen que antaño hubo en este lugar un hospital de peregrinos del que no queda más rastro que una sencilla fuente, en la que el cansado peregrino puede parar a reponer sus fuerzas.

 

Allá, bajo aquél chopo descansaba comiendo algo la que creíamos era hija de la señora con la que intercambiamos unas palabras antes. La saludamos y continuamos nuestro camino.

 

A medida que íbamos avanzando, ya no recuerdo si eran dos o tres las horas que llevábamos de marcha, comenzamos a notar una fuerte ventolera, el cielo se oscurecía y todo nuestro entorno iba adquiriendo una tonalidad sólida, oscura y pesada; parecía querer empezar a llover.

 

En una parte del trayecto en el que parece que se asciende una pequeña elevación, nos cruzamos con dos jóvenes peregrinas que descansaban a un lado del camino comiendo algo entre risas. Más adelante dimos con una  partida de cazadores que marchaban con sus perros hacia el norte siguiendo a no sé qué presa.

 

Mientras les observábamos, recordamos que, según nos contó el taxista de Carrión, hay cerca de aquí un lugar que le llaman “el paso de los lobos” porque por él pasan en invierno cuando bajan de las montañas hambrientos y acosados por el frío.

 

Comienza a llover, pero no de manera suave, sino con la fuerza de una tormenta que se ha estado aguantando durante toda la mañana escondida en la claridad del cielo para estallar justamente ahora. Estamos en medio del camino, miramos hacia atrás, y vemos a las dos jóvenes levantarse de su descanso y cubrirse rápidamente con unos chubasqueros. Lo mismo hacemos nosotros: los sacamos rápidamente de la mochila y nos los ponemos.

 

No para de llover. El camino sigue siendo recto, siempre recto y con un final que se pierde en el horizonte…

 

-   La tenemos buena- acertamos a decir mientras continuábamos nuestra marcha apretando un poco el paso para llegar lo antes posible a Calzadilla.

 

Tras, aproximadamente, media hora de marcha bajo aquél terrible aguacero vimos ante nosotros Calzadilla. Ni nos detuvimos a observar el paisaje; la lluvia era tan densa que apenas permitía mantener la mirada al frente y nosotros, a pesar de estar bien cubiertos por los chubasqueros que llevábamos, nos sentíarnos empapados hasta los huesos. No sabíamos aún la de agua que nos esperaba por delante aquél día…

 

En medio del camino había una sandalia que algún peregrino había perdido o abandonado. No le hicimos mayor caso, y descendimos la pequeña cuesta que nos separaba de Calzadilla.

 

Es curioso y digno de remarcar que fuera la Vía Aquitana, y no la ruta Jacobea, la que le dio el nombre a esta villa. Así lo recoge por lo menos Marta Herrero de la Fuente en la Colección Diplomática del Monasterio de Sahagún, donde en el año 984, cuando aún no había Camino de Santiago, se cita a Calzadilla: "In villa quam dicunt Calzadella in territorio de Carrione en valle de Quoza".

 

Poco pudimos apreciar del pueblo en sí, ya que nuestra entrada se produjo en medio de una copiosa jarreada de la que nos protegimos en el albergue que hay justo a la entrada del pueblo. La hospitalera nos ofreció una toalla para secarnos y mientras lo hacíamos nos selló la credencial. Una vez repuestos le preguntamos por un lugar donde tomar algo caliente y nos indicó que siguiendo el camino, a la vuelta, había un hostal donde podríamos tomar algo.

 

Nos despedíamos de la hospitalera y de un peregrino brasileño que escribía un correo electrónico, cuando llegaron las dos chicas de antes con la sandalia que habíamos visto cogida de uno de sus bastones, nos preguntaron si era nuestro.

 

Cuando llegamos al hostal encontramos en él a varios grupos de peregrinos refugiados de la lluvia como nosotros. Creo recordar que había una pareja, separada un poco del resto de la gente, y luego un grupo de unas ocho personas, más o menos, que compartían una mesa. Por lo que nos contaron, venían juntos desde Logroño, y entre éste día y el siguiente iban a abandonar el camino para retomarlo el año próximo.

 

Entre chistes y risas, discutían si quedarse en aquél lugar a esperar si calmaba el tiempo, dormir allá, o continuar hasta Terradillo, o por lo menos Ledigos. La mayor parte de ellos iban a quedarse allá, no así una joven catalana y un guipuzcoano que, por lo menos, iban a seguir hasta el próximo pueblo.

 

En eso estaban, cuando entraron las dos chicas que llevaban aún la sandalia.

 

-        Hola, ¿es de alguno de vosotros esto? –preguntaron a los concurrentes.

 

De repente uno de los que allá estaba, un peregrino creo que brasileño, se levanto como impulsado por un resorte, y dijo en un castellano suavizado por el acento de su tierra.

 

-        Sí, mio; creí que no la iba a encontrar… Cuando me di cuenta de haberla perdido, eché la otra al rio que hay a la entrada del pueblo.

 

Fue decir esto y salir corriendo del hostal en dirección al rio para recuperar la sandalia que había abandonado.

 

La risotada fue general en las dos mesas que compartíamos todos los que nos habíamos juntado allá; risas de las que participó también el pobre peregrino, que regresó al poco con su sandalia recuperada en la mano.

 

Mientras pasaba todo esto, pedimos un par de caldos y cafés, y pasamos por alto la antipatía y mala cara de la persona que nos atendió, dados los momentos agradables de los que estábamos disfrutando.

 

Seguía lloviendo, y con mucha fuerza. Esta es una frase que no queda más remedio que ir repitiendo a lo largo de todo lo que queda de jornada. Viendo que no tenía intención de amainar, y que debíamos llegar a San Nicolás del Real Camino, aún a una considerable distancia, nos despedimos de todos los que allá estaban, nos pusimos los chubasqueros y continuamos nuestro peregrinaje.

 

Atrás quedó Calzadilla. El camino continua en paralelo a la carretera N-120, por un estrecho valle cerrado por el que discurre también el río Cueza. Pronto se pasa junto a los restos del monasterio de Santa María de las Tiendas, del que apenas se conserva la fachada de su iglesia, y poco más, de lo que fue conocido en las guías e itinerarios franceses medievales como el convento del Grand-Cavalier (Gran Caballero). La desamortización convirtió a este Hospital del siglo XII, perteneciente a la Orden de Santiago, en una finca agrícola de propiedad privada que terminó por ser abandonada. Así es que hoy presenta un triste y solitario aspecto.

 

Nos detuvimos un instante a observar el lugar, solo se escuchaba el sonido de la lluvia cayendo incesante, el del paso de algún coche por la carretera que discurría a nuestro lado, y entre la niebla, al otro lado de la carretera asomaba un hermoso palomar.

 

Domenico Laffi, uno de los mejores compañeros de viaje que puede encontrar un peregrino para ilustrar con estampas del pasado los diferentes lugares que encuentra en el camino, relata la buena acogida que le dispensaron en Las Tiendas allá por el siglo XVII: “dan la vianda a los peregrinos de pan y vino y carne, que en este lugar se da en abundancia por la gran cantidad de ganado que tiene. Nos dieron también dos requesones y un mollete a cada uno, y de beber...".

 

A estas alturas del camino, nos adelantaron a velocidad de marcha rápida la catalana y el guipuzcoano, volviendo la vista hacia atrás vimos que a lo lejos venía también el brasileño de las sandalias arrastrando una especie de carrito de la compra que llevaba en vez de mochila.

 

Así llegamos a Ledigos. Corrimos a refugiarnos en el primer café que encontramos en el camino, donde coincidimos con algunos de los que estaban en Calzadilla y habían decidido continuar a pesar del mal tiempo. Charlamos un rato con la chica catalana y nos contó que ese día se quedaba ahí y el siguiente tenía que llegar por fuerza al Burgo Ranero para después tomar un tren a León y de allá otro a Barcelona. Acababa también temporalmente su peregrinaje.

 

-        Lo empecé un poco por curiosidad, por ver de que iba todo esto; y la verdad es que a medida que vas avanzando en el camino, vas enganchándote más a él y a las gentes que te encuentras.

 

Con la ayuda de una guía que tenía, estuvimos calculando lo que nos quedaba hasta nuestro destino de aquél día, y haciendo memoria de algunos de los lugares por los que habíamos pasado en el camino.

 

Un rato después nos despedimos y continuamos nuestro camino en dirección a Terradillo. Para entonces todos aquellos peregrinos que habíamos encontrado en Calzadilla habían ido abandonando el camino y éste se iba haciendo cada vez más solitario. Sólo el brasileño del carrito parecía querer continuar también, según vimos al echar la vista atrás al poco de salir de Ledigos.

 

Del trayecto entre Ledigos y Terradillo no hay mucho que decir. El cansancio, que ya empezaba a acusarse, y la lluvia nos hacían marchar de manera cada vez más lenta, agotada y ajena a lo que nos rodeaba.

 

De Terradillo se cuenta la leyenda de que los templarios enterraron en algún lugar de su término a la gallina de los huevos de oro. Ni más ni menos. Lo que si debe ser cierto es que en tiempos remotos, cuando el pueblo pertenecía a dicha orden, había en él un antiguo monasterio del que no queda ni el rastro. Pero de gallinas ponedoras de fortunas, nada de nada. De cualquier manera, una vez más, aparece en el camino un lugar relacionado con esta ave…

 

Atravesamos el pueblo como almas en pena, en medio del continuo aguacero que llevaba acompañándonos casi toda la etapa. Al ver el albergue, ya casi a la salida, decidimos entrar a descansar unos minutos y sellar nuestra credencial.

 

No fue poca la sorpresa que se llevaron las dos hospitaleras al vernos llegar. Estaban viendo plácidamente la televisión, sentadas a una mesa, cuando aparecimos empapados y totalmente cubiertos por nuestros chubasqueros:

 

-        No esperábamos ya a nadie con este tiempo.

 

-        Pues viene uno más detrás de nosotros.

 

-        ¡Con éste tiempo!.

 

-        Sí y nosotros todavía tenemos que llegar a San Nicolás.

 

En eso entró también el peregrino brasileño, que tras saludar y quitarse la ropa de agua, preguntó si había sitio en el albergue.

 

-        Tiene usted todo el sitio que desee, estos señores van a seguir hasta San Nicolás, y por ahora no ha parado aquí nadie.

 

Continuamos caminando en soledad, por sendas que atraviesan aquellos llanos desnudos, bajo un fuerte aguacero. Llegamos a Moratinos. Sin detenernos, seguimos las flechas amarillas atravesando de punta a punta este pequeño pueblo por la Calle Real hasta salir por el extremo opuesto. No nos detuvimos a curiosear el lugar, ni su iglesia, ni nada; seguramente, para entonces apenas éramos muy conscientes del paisaje por el que pasábamos, y nos limitábamos a caminar como almas en pena, en medio de la lluvia.

 

Resulta curioso pensar que fue en esos momentos, aquellos en los que la soledad parece embargarnos con más fuerza y el camino nos muestra una cara desconocida hasta entonces por nosotros, cuando llegamos al centro geográfico de nuestro peregrinaje.

 

A nuestro entender, y a pesar de lo que nos han ido repitiendo en casi todas las localidades por las que hemos pasado desde Castrojeriz, es en algún lugar entre Terradillo y San Nicolás donde está el verdadero punto medio del camino que trascurre entre Roncesvalles y Santiago. Se trata de un simple cálculo matemático, en el que dividimos entre dos la distancia existente entre ambos lugares y da como resultado una distancia que nos sitúa en estos lugares.

 

De cualquier manera, así lo quisimos pensar nosotros, y para celebrarlo, paramos para hacernos una foto en un lugar que había una especie de mesa de merendero junto a un arroyo. En ella quedará constancia no sólo de haber estado ahí, sino del fuerte aguacero que desde hacía ya horas nos acompañaba a lo largo de todo el camino.

 

Después de caminar cerca de hora y media desde que pasamos por Terradillo, llegamos por fin a San Nicolás del Real Camino, nuestro destino. Dicen que allí hubo una iglesia fundada por los Templarios y un hospital, que primero fue leprosería, regida por canónigos de San Agustín y al que llamaban del Petit Cavalier, en contraposición al de Las Tiendas, pero de todo esto no queda ya nada.

 

Ahora preside el pueblo la parroquia de San Nicolás construida en el siglo XVIII. Junto a ella, en la plaza, está también el albergue de peregrinos que parece ser que no abría en ésta época del año. Pensamos en aquellos peregrinos que hubieran pensado alojarse aquél día en él, y la sorpresa que se iban a llevar. Sobre algo de eso tendríamos noticia al día siguiente…

 

Afortunadamente para nosotros, teníamos el medio para volver a pasar la noche en nuestro punto de origen, y regresar hasta aquí al día siguiente para retomar nuestro camino en lo que sería la última etapa que haríamos este año.