“Camino y camino y no ando nada.

Se me doblan las piernas de la debilidad.

Y mi tierra está lejos,

más allá de aquellos cerros”

(Juan Rulfo, “El llano en llamas”)

 

 

 

 

La salida de Redecilla es más reposada que en etapas anteriores. El peregrino sabe que se enfrenta a una jornada en la que, después de recorrer largas extensiones despobladas, le toca en gracia una en la que casi a cada hora va a cruzar una población, y eso, a estas calurosas alturas del año, es algo que se agradece.

 

Como viene siendo costumbre, nos alcanza la amanecida en los primeros andares del día, mientras abandonamos el pueblo y nos adentramos en lo profundo del camino, marchando casi todo el rato en paralelo a la carretera.

 

En poco tiempo, no pasaría de una hora, llegamos a Castildelgado, pueblo al que los mayores del lugar llaman todavía Villaipun (Villa del pan), tal y como se hacía, según dicen, en tiempos pretéritos. Lo del cambio de nombre no está claro de quién fue cosa, aunque dicen que alguno de los Condes de Berberana tuvo algo que ver con ello, y que el nombre se dio con la intención de honrar la memoria del hijo más selecto del lugar, Don Francisco Delgado, arzobispo de Burgos y delegado en el Concilio de Trento.

 

Sus restos descansan en la Parroquia de San Pedro de aquél lugar, ubicada en la plaza del pueblo, a la que el peregrino llega siguiendo el camino por la Calle Real hasta la plaza del pueblo. En ella se encuentran también los restos de la Casa Solariega de los Condes de Berberana, y una preciosa y recoleta Ermita: la de nuestra Señora del Campo.

 

Cruzamos el lugar en silencio, acompañados por el frescor de la mañana y el canto animado de los pájaros, continuando sin más novedad hasta Viloria de Rioja, donde dice la tradición que nació Santo Domingo de la Calzada.

 

Uno no puede evitar retraerse con la imaginación a los tiempos del Santo, y preguntarse cómo un humilde pastor llegó a adquirir los conocimientos y habilidades propias de uno de los colectivos más herméticos de su momento, el de los masones, y en concreto la especialidad mas compleja de todas, la de pontífice.

 

Dándole vueltas al asunto se nos hizo bastante breve el tiempo que se tarda en recorrer el trecho que separa aquella localidad de Villamayor del Río. De aquí recorrimos un buen trecho en paralelo con la carretera, hasta llegar a las proximidades de Belorado.

 

Al peregrino le da la sensación de que entra en Belorado por la trastienda, entre caminos de servicio a huertas y naves industriales de aspecto abandonado. Su paso despierta a algún que otro perro guardián que, fiel a su cometido, comienza a ladrar a pleno pulmón.

 

Belorado es una villa conocida por sus remotos orígenes, por estar documentada en ella la feria más antigua de toda España, y por las famosas cuevas eremíticas de San Caprasio. Aunque parece ser que en ellas nunca estuvo el Santo, fueron bautizadas de ese modo en honor al ermitaño del mismo nombre cuyos restos fueron llevados desde Agen, en Francia, y por la vía Podense hasta Belorado.

 

Y es que este tramo del camino, desde casi antes de San Domingo de la Calzada y hasta bien pasados los Montes de Oca, es tierra fértil en devociones, santos, ermitaños e incluso algún bandido. No en vano tanto a unos como a otros les gustaba ejercer sus ministerios en lugares muy parecidos.

 

Si se habla de devociones, sería injusto pasar de largo una que en este tramo de la ruta tiene una especial implantación: la de San Vitores.

 

Cuenta la leyenda que después de ser párroco de su pueblo natal, Cerezo del Río Tirón, que en aquellos tiempos debía ser un lugar importante y muy habitado, se retiró a Oña para practicar vida de penitente.

En ello estuvo durante largos años, hasta que un ángel se le apareció y le dijo que los musulmanes querían conquistar la zona y tenían sitiada la ciudad de Cerezo, diciéndole que abandonara su retiro para unirse a los suyos; para animarle le prometió que le ayudaría a librarla y le concedería la gloria del martirio. Vamos, como para no negarse...

Batalló, que los Santos de entonces también hacían uso de la espada, e incluso cuenta la tradición que convirtió a muchos musulmanes, hasta que al final fue prendido y crucificado a las puertas de Cerezo. Pero el Santo, que parece era un tanto cabezota, continuó predicando desde la cruz, lo que le valió que para callarlo sus captores decidieran cortarle la cabeza.

Sin embargo San Vitores no se amedrentó, tomó la cabeza bajo el brazo, se irguió y llegó hasta Cerezo, donde siguió predicando y animando a los cristianos durante tres días. Persuadió a sus convecinos de que diesen a una vaca el poco trigo que les había quedado, y la entregasen a los sitiadores. Éstos, al matarla vieron que estaba empachada de trigo, por lo que desistieron de rendirlos por hambre y levantaron el sitio.

La importancia y la fama de los milagros de éste santo es tal en esta zona, que todas las parroquias de los pueblos cercanos a Cerezo, algunos de los cuales se encuentran dentro de la ruta Jacobea, tienen algún altar en su honor. Cabe pensar, y así lo constatamos en algún caso, que los imagineros de turno no se habrán resistido a la tentación de representarlo con la cabeza debajo del brazo y en actitud predicativa.

Nuestro paso por Belorado fue rápido, sin detenernos a otra cosa que a visitar fugazmente la Parroquia de Santa María La Mayor. En ella hay una capilla en la que todos los atardeceres se celebra una misa seguida de la bendición del peregrino, acompañada de salmos en los diferentes idiomas de los asistentes.

Estando junto al Convento de Nuestra Señora la Bretonera, conocido hoy en día por las deliciosas trufas que preparan las monjas que ocupan el lugar, nos preguntamos si ese nombre se debe a que los francos que repoblaron Belorado eran de origen britano –tal y como ocurre en muchas partes de la costa norte gallega y asturiana-…

Lo que está claro es que a cada paso que damos se evidencian más los trasvases culturales que se produjeron merced al Camino y las repoblaciones, mezclándose en toda su extensión advocaciones, relatos legendarios y fundaciones locales con las de las más diversas procedencias.

Pero dejemos reflexiones a un lado, y volvamos sobre nuestros pasos. Después de vagar silenciosamente por las desiertas calles de Belorado, dimos por fin en la Plaza Mayor con un lugar donde reparar nuestro cansancio con un café.

Nos ocurrió que mientras sorbíamos en silencio los restos de nuestro café, apoyados en la barra del lugar, mirando sin ver las estanterías que había frente a nosotros, oímos como alguien en quien no habíamos reparado al entrar, llamaba ininterrumpidamente a diferentes lugares preguntando si en ellos se podía dar alojamiento a un peregrino y su caballo. Cuando ese rumor que nuestra desatención hacía ininteligible, fue convirtiéndose poco a poco, y merced al interés que despertaron en nosotros algunas palabras que se colaron en nuestra abstracción, giramos casi a la vez nuestra mirada y vimos que teníamos junto a nosotros al mismo peregrino que encontramos a caballo al final de la etapa del día anterior. El hombre estaba sentado frente a la barra, removiendo con cierta inquietud algunos papeles en los que se veía diferentes direcciones y números de teléfono.

-  ¡Hombre es usted, no le habíamos conocido! –nos dio la sensación de que el que no nos conocía era él así que añadimos- Parece que ayer al fin encontró sitio para su caballo.

 

-   ¡Ah.., sí! ayer tuve suerte – nos respondió amable mientras iba ubicándonos en su memoria.

 

-   ¿Y hoy cómo le va?, nos ha parecido oír que tiene problemas...

 

-  No hay manera de encontrar un lugar donde dejar el caballo para pasar la noche. Esta la hemos pasado bien, en un buen sitio, pero llevo ya un buen rato buscando alojamiento para lo que sigue de camino y no hay manera.

 

El hombre nos contó los trabajos que había sufrido para llegar hasta aquí con su caballo; cómo en algunos lugares tuvo que dormir al raso, tapando con mantas a su cabalgadura mientras él aguantaba los rigores de la noche; en otros, Puente La Reina nos dijo, tuvo que desviarse más de 20 kilómetros del camino para encontrar un lugar donde dormir. Nuestro amigo salió de Roncesvalles con dos caballos, pero al poco tuvo que llamar para que recogieran a uno de ellos que, parece ser, causó baja. Desde entonces ha dormido peor que mejor en establos, garajes, bajo las estrellas, etc...

 

Se lamentaba del poco apoyo que tiene el que peregrina a caballo, de la falta de información que existe al respecto, y de lo inexistente de la infraestructura en ese sentido.

 

-  Si esto sigue así, abandono el camino y me vuelvo a casa... Ya estoy harto y no puedo andar pasando estos malos ratos y jugarme la salud de mi caballo.

 

Después de un rato de charla, estrechamos la mano del jinete, nos despedimos y continuamos nuestra marcha. Con él dejamos nuestro más sincero deseo de que por fin cambiara el signo de su viaje, y pudiera continuar su peregrinación sin más novedad. Desgraciadamente, eso no lo sabremos nunca.

Nada más salir de Belorado se cruza el río Tirón por un puente de madera, paralelo al de El Canto, que según reza la tradición, fue construido por San Juan de Ortega. Después pasamos junto a una gasolinera desde la que al poco tiempo, tras recorrer una senda, llegamos a Tosantos.

El camino continua atravesando poco después Villambistia y entrando Espinosa del Camino por una larga calle adaptada a su trazado. Una modesta iglesia parroquial de cruz latina deja paso a un bien conservado conjunto de arquitectura popular, imagen románica de San Indalecio, a quien la tradición hace compañero de Santiago, y obispo de Oca o Auca.

Como el calor ya había comenzado a apretar, y vimos un bar ante nosotros, decidimos entrar en él para tomar un refresco. Al intentar pasar al interior vimos que la puerta estaba cerrada, pero de inmediato una señora nos hizo señales desde la puerta de una casa frontera.

- Si ustedes quieren tomar algo, tienen aquí el bar.

- ¡Ah, es ahí!

- Sí aquél está cerrado estos días, pero si quieren algo se lo podemos servir aquí.

La señora nos mostró la puerta de su casa, junto a ella descansaba una pareja de peregrinos tomando un refresco. Le pedimos unas bebidas y la mujer nos las sacó de la nevera de su cocina. Nos sentamos y comenzamos a hablar los 5 sobre el tiempo, y lo que quedaba de camino hasta Villafranca.

En eso se acercaron tres peregrinos más. Parecían una pareja con un hijo. Al verlos, los que charlaban con nosotros les preguntaron:

-   ¿Qué, habéis podido sellar la credencial?

-   ¡Vive Dios que no!

-   ¿Y eso, que es lo que ha ocurrido?

-   Pues que nos han dejado de piedra. Al ver cerrado el albergue llamamos a una campana que allá           había, y en la que ponía “llamar”.   Lo hicimos varias veces, hasta que salió un hombre bastante mal  encarado, y de malas maneras nos dijo “!Qué queréis!”, y que si no veíamos que a esa hora el   albergue estaba cerrado. Al explicarle que simplemente seguimos las indicaciones del cartel, sin saber si estaba cerrado o no, volvió a interrumpirnos de nuevo para preguntarnos por qué le molestábamos; al decirle que sólo queríamos sellar la credencial, nos respondió casi de inmediato que con estas mochilas se veía que nosotros no éramos peregrinos, y sin decir más cerró de un golpe la puerta ante nuestras narices.

Mientras la señora que nos había servido las bebidas intentaba, como buena vecina, excusar al hospitalero, yo me quedé mirando a los recién llegado, y a sus mochilas en particular.

-   Si esas mochilas tan grandes no le parecen de peregrino –pensé en voz alta-, no quiero saber que dirá de nosotros que llevamos estas tan pequeñas.

Acostumbrados como estamos hoy en día a vivir entre individuos que se creen capacitados para extender entre sus prójimos patentes de esto y aquello, lo que nos contaron estos recién llegados no fue algo que provocara en nosotros demasiado asombro: en lo que llevamos andado y leído sobre el camino, son muchas las ocasiones en las que nos hemos encontrado con gentes que diferencian con mucha facilidad y más soltura quién peregrina de verdad y quien no. Ese tipo de actitudes tienen un nombre.

Abandonamos el pueblo por un camino que ascendía por una cuesta. Nos cruzamos con dos mujeres, una de ellas monja, que charlaban animadamente, nos saludaron con simpatía y continuaron con su charla.

Poco después, y cuando ya se adivinaba Villafranca a lo lejos, al pie mismo del Camino, nos detuvimos ante las ruinas de monasterio mozárabe de San Félix de Oca, lugar especialmente apreciado por los primeros condes castellanos, a juzgar por las donaciones que a su favor hicieron en concepto de libros litúrgicos, ornamentos sagrados, molinos, dehesas, montes, viñas, manzanares, labranzas y algunas iglesias, etc…

El mismo conde Diego Rodriguez Porcelos, repoblador de Burgos, manifestó un gran interés por la Bureba y por restaurar en Oca (Villafranca) la antigua Sede episcopal Visigótica que ejercía en el pueblecito de Valpuesta, tras la destrucción de Oca por los árabes. Al morir allá por el año 885 fue enterrado, según dicen, en éste mismo lugar de San Felix de Oca.

Mientras ya nos acercábamos a Villafranca de Montes de Oca, nos alcanzó un peregrino como de unos veintitantos o treinta años de edad, con aspecto agotado pero decidido. Nos saludó y viendo que le dábamos de qué conversar unió su paso al nuestro. Nos contó que acababa de reiniciar el camino aquél día después de unos meses de paréntesis debido a que lo estaba haciendo durante sus vacaciones. Su intención era terminar ya esta vez en Santiago en cerca de 15 días.

 

Nuestro nuevo amigo, que por el acento parecía leonés o asturiano, nos mostró un tatuaje que se había hecho al terminar la anterior etapa, una especie de cruz, y nos dijo que se haría otra al terminar el peregrinaje.

 

-  Son promesas que he hecho al Santo ¿sabéis?, sólo espero que al llegar hayan desaparecido todos los motivos que las provocaron.

 

- Así lo esperamos –le dijimos mientras nos despedíamos de él en la puerta del albergue de peregrinos de Villafranca.