“Quod est ante pedes, nemo spectat;
coeli scrutantur plagas.”
(Cicerón, div. 2,30)
Está siendo este un verano de bastante calor, por lo menos en lo que toca hasta ahora. Al finalizar la etapa anterior, mientras disfrutábamos de un delicioso bocadillo de tortilla de jamón en medio del guirigay que había montado en el bar “El Peregrino” de Azofra, escuchamos la conversación de tres hombres lamentándose del poco agua que había caido, de cómo eso estaba afectando a la uva que este año quedaba pequeña, y cómo ello se iba a traducir en una menor cantidad de vino y, es posible que hasta en una menor calidad del mismo. Veremos qué se dice dentro de un tiempo del rioja 2005, pero no pinta bien.
La conversación, de cualquier manera, nos traía a la memoria otra muy parecida que habíamos oído en Roncesvalles, justo antes de comenzar la primera etapa.
Sabiendo pues, que es del todo seguro que terminaremos la etapa amartillados una vez más por el duro calor del mediodía cruzando algún campo abierto, uno agradece que a eso de las siete menos cinco de la mañana, cuando comienza esta nueva etapa, la amanecida parezca presentarse tan fresca y saludable.
Poco antes de salir del pueblo por la calle principal nos encontramos a la derecha una casa que, parece ser, fue del conde de Hervías y que nos llamó la atención, no sólo por su planta palaciega, sino también por la leyenda grabada en la piedra de las pequeñas falsas chimeneas del edificio adjunto a la casona. Una de ellas dice:
“Por mi Rey”
la otra,
“Por mi Patria”
y la última
“Por mi Ley”
Esta postrera, que parece la más personalista de las tres proclamas, es la que más hace reflexionar al peregrino mientras continúa su camino: da en imaginar que esa Ley tendría que ver más con la voluntad del Señor de la casa que con otra cosa, que la legitimaba con lo dicho en las otras dos, y que lo proclamaba claramente para que a ningún lugareño le cupiera ninguna duda.
Siguiendo una de las tantas costumbres que todo peregrino se encuentra durante su marcha, al salir del pueblo nos detuvimos a avituallarnos de agua saludable y fresca en la Fuente de los Romeros. Llenamos nuestras botellas, nos refrescamos la cara, y continuamos el camino.
Al poco de echar a andar, nos topamos con un rollo jurisdiccional desgastado por el tiempo. Junto a él mirando hacia el este, vimos cómo el sol se asomaba poco a poco por el horizonte, amaneciendo lentamente mientras el cielo se enrojecía, y las pocas nubes que había bajo su cúpula iban tomando un color rosado.
Continuamos nuestro camino durante cerca de una hora entre trigales y campos de labranza hasta subir una cuesta que nos condujo a las inmediaciones de un campo de golf junto al que se está construyendo lo que parece querer ser una urbanización de lujo; consecuencia: el peregrino ha de desviarse del camino y bordear la obra al completo por un tramo mal señalizado hasta que puede retomar su ruta.
Al pasar junto a Cirueña nos desviamos del camino para tomar un café en algún bar del pueblo. Vimos señalizado uno que se llamaba Xacobeo y nos dirigimos a él.
Aunque tuvimos que cruzar gran parte del pueblo para llegar donde estaba, valió la pena pues allá nos atendió una simpática camarera que además de servirnos un excelente café, se ofreció a sellar nuestras credenciales. A tener en cuenta el aspecto de los pinchos de chorizo frito.
El camino entre Cirueña y Santo Domingo es bastante agradable. Pasamos junto a un campo de adiestramiento de perros con la suerte de poder detener un rato nuestro paso para disfrutar viendo cómo los aleccionan.
Poco después se llega a un alto desde el que se disfruta de una gran panorámica de la cuenca del Rio Oja con la villa de Santo Domingo destacando sobre todo el conjunto.
Nos detuvimos a pedir un mapa en la oficina de turismo que hay poco antes de entrar en el pueblo. Después, continuamos nuestra marcha pasando por la puerta que llaman “del Barrio Viejo”, desde la que entramos en la Calle Mayor, que atraviesa el pueblo de este a oeste siguiendo el trazado del camino de Santiago.
Al poco de entrar en esta calle, vimos a la derecha, frente al Convento de Nuestra Señora de la Encarnación, en la fachada de un antiguo edificio una especie de hornacina con la imagen de Santo Domingo flanqueado por un gallo y una gallina, según supimos después dice la leyenda que en ese lugar tuvo su mansión el Corregidor al que hace mención el famoso “milagro del ahorcado”.
Según cuenta esta leyenda, que es bien conocida por todos, una familia de peregrinos alemanes se alojó en un mesón de Santo Domingo. Parece ser que la moza de la casa sintió una repentina atracción por el hijo de la familia y se lo hizo saber. Pero éste rechazó los requerimientos de la muchacha que, en venganza, escondió un vaso de plata en el zurrón del peregrino y le acusó de haberlo. Al poco, los oficiales de la ciudad prendieron y ahorcaron al joven.
Los tristes padres siguieron camino a Compostela y a la vuelta, decidieron parar nuevamente en Santo Domingo para rezar ante el cadáver de su hijo. Para sorpresa suya, encontraron vivo al ahorcado gracias, según les explicó, a la intercesión de Santo Domingo de la Calzada. Los padres corrieron a la casa del Corregidor a quien hicieron un apresurado relato de lo que acababa de acontecer, pidiéndole que lo bajaran de la horca. El corregidor, molesto por ser interrumpido cuando se disponía a trinchar dos aves de corral, se limitó a exclamar:
- jVuestro hijo está tan muerto como estas aves que voy a trinchar!
Y se produjo el segundo milagro: el gallo y la gallina removieron sus plumas escabulléndose de la mesa, y con fuerza se oyó el cantar del gallo.
Así como la primera parte de esta leyenda, la historia del peregrino ahorcado, se cuenta en muchísimas colecciones medievales de milagros: el número 6 de los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo, la Cantiga de Santa María número 175 de Alfonso X el sabio, y en el mismísimo Codex Calixtinus, como era de esperar. La segunda parte, el prodigio del gallo y la gallina, que pretende apoyar la verdad del primer milagro, es propia de Santo Domingo de la Calzada y ello es lo que le dota de esa originalidad que le dio tanta fama en la Europa medieval y que forjó el conocido dicho de "Santo Domingo de la Calzada donde cantó la gallina después de asada".
De hecho, ya en la Edad Media el peregrino podía ver una caja de hierro que encerraba un gallo y una gallina, descendientes, se afirmaba, de las aves asadas que cantaron.
Era costumbre entonces que los peregrinos recogieran las plumas caídas de las aves sagradas, o se las pidieran al sacristán, para exhibirlas, orgullosos, en sus sombreros. Es así como el inconfundible hábito del peregrino ostentando la Vieira, se vio enriquecido con unas «plumas de las aves del milagro».
Se decía, además, que si las aves comían las migajas de pan que los romeros les subían en las puntas de sus bastones, era una señal cierta de que llegarían salvos a Compostela. Hasta hoy en día los cantos del gallo en la iglesia se consideran signo de buen augurio.
Aún en nuestros tiempos se considera motivo de indulgencia, según reza un cartel, dar las tradicionales vueltas alrededor del Santo.
Pero lo que realmente llama la atención del peregrino es el famoso gallinero en el que todavía se conserva un gallo y una gallina que se cambian a diario. A buen seguro que es uno de las objetos más curiosos que jamás ha ostentado iglesia del mundo. Tiene un gran encanto, un sabor antiguo con su marco gótico tardío y sus rejas doradas.
Al salir del templo, continuamos la ruta por la Calle Mayor hacia la puerta occidental por la que el camino nos llevará a Grañón.
Atravesamos por un puente el cauce seco del rio Oja, el mismo que justificó el nacimiento de la localidad del milagro y dió nombre a toda la comunidad en la que se encuentra, el rio del que se decía “ancho Oja, ese que por donde pasa moja”…
Muy cerca de donde estábamos en ese momento, es donde se cuenta que tuvo lugar otro de los famosos milagros de Santo Domingo de La Calzada: el milagro de la rueda.
Aunque menos conocido que el del ahorcado, merece la pena recordar un milagro en el que algunos investigadores hilan fino, y apuntan a éste como una reliquia de un culto precristiano relacionado con el sol.
Cuenta la leyenda que el Santo resucitó a un peregrino procedente de Colonia, que murió al hundirse en su pecho una pesada rueda que había perdido un carro que pasaba junto a él mientras descansaba a orillas del río Oja.
Como no podía ser de otra manera, la Catedral también conserva testimonio de éste milagro y aún puede verse lo que dicen que es la rueda en el lateral derecho del sepulcro de Santo Domingo. Los gruesos hachones de cera que la iluminan, las ramas y frutos que la coronan, su asunción hacia lo alto de la nave la identifican con un sol pleno de fertilidades y bienandanzas.
El Camino sigue hacia Grañón. Hay un tramo en el que se asciende paralelo a la carretera, y allí el viajero encuentra una cruz, llamada “de los Valientes” que aunque no es gran cosa sirve para recordar la victoria del grañonero Martín García sobre el calceatense por la posesión de una Dehesa para el pueblo.
Grañon estuvo amurallada y eso se ve a las claras según se entra en ella. Es un lugar más grande de lo que parece, de aspecto agradable.
Preguntamos a uno del pueblo por las murallas y se limitó a encogerse de hombros y decirnos que también hubo un castillo, llamado de Mirabel, que según afirmó perteneció tanto a castellanos como a navarros “según les fueran las cosas”.
Nos detuvimos en un bar a repostar peor que mejor, y continuamos nuestro camino, con ganas ya de llegar a nuestro destino.
De Grañon salimos bajando una cuesta. Al poco sentimos por detrás los pasos de un caballo que marchaba pausadamente en nuestra misma dirección. Nos dimos la vuelta. Era un peregrino que hacia el camino a caballo, montando como hasta entonces sólo lo habíamos visto en películas y documentales: la mano izquierda sujetando las bridas y la derecha apoyada por la muñeca en la cintura.
- Buenas
- Buenas –respondimos.
- Van Ustedes hacia Santiago.
- Si señor hacía allá vamos.
- Pues allá nos veremos, que tengan ustedes buen camino.
- Lo mismo –nos despedimos.
Por el aspecto y el acento, dedujimos que era andaluz o extremeño. Nos sobrepasó y continuó su camino por delante de nosotros. Allá donde terminaba la cuesta que salía de Grañón y se debía girar a la derecha para ascender por un sendero entre trigales, él siguió recto, sin que pudiéramos avisarle de que no seguía el camino correcto.
Continuamos nuestra marcha. Tras ascender entre trigales, el caminante se encuentra con un gigantesco panel que le indica que entra en Castilla-León, y en el que se le señala el recorrido del camino de Santiago por dicha comunidad.
De ahí, un nuevo descenso en dirección a un pueblo que se ve al fondo y que no es otro que Redecilla del Camino, nuestro punto de destino en esta etapa.
Cerca de media hora después, entre los calores del mediodía llegamos a Redecilla. Como ya viene siendo habitual en muchos de estos pueblos, su trazado se reduce a una sola calle que sigue el trazado del camino.
A mitad de su recorrido, justo frente de su Iglesia Parroquial, se encuentra el albergue, donde una chica bastante antipática nos selló la credencial, y en cuyo bar nos dijeron que no tenían agua, y que si queríamos beber algo nos sirviéramos un refresco de los que había en una máquina junto a la puerta. Tampoco tenía bocadillos, y nos dijo que pasáramos al comedor del bar si queríamos comer algo.
Visto el panorama, y que aquél no era nuestro día en lo que a relaciones humanas se refiere, nos limitamos a tomar un refresco de la máquina sentados a la puerta del albergue, mientras observábamos perezosamente nuestro alrededor.
Al poco pasó el jinete que antes habíamos visto extraviarse, nos saludó atentamente, hablamos un rato y tras despedirse se dirigió a los parroquianos del bar del albergue, todos vecinos del pueblo, preguntando por alguien que pudiera dar cobijo a él y su cabalgadura.
Algo repuestos, viendo que nuestro amigo del caballo parecía haber solucionado el problema, nos levantamos y entramos en la parroquia de Nuestra Señora de la Calle para ver su famosa pila bautismal: una joya Románica del S. XII que representa “La Ciudad Celeste” o Jerusalén Celestial.
Mientras la observábamos bajo las sombras silenciosas del templo, alejados del ruido, el sol llameante y el calor que habíamos abandonado fuera, dimos en pensar que aquellas murallas no eran sino las de la ciudad que nos esperaba al final de nuestro camino, las de una Jerusalén que, como la de cualquier ensoñación del peregrino, no puede sino ser celestial.