Notre vie est un voyage

Dans l’hiver et dans la nuit,

Nous cherchons notre passage

Dans le ciel où rien ne luit.

(Chanson des Gardes Suisses, 1793)

 

 

7.15  de la mañana del 6 de agosto de 2005. Nos acompañaba un fresco y claro amanecer durante nuestra salida de Navarrete. Las fachadas de las casas de las Calles Mayor, Santiago y La Cruz, se mostraban a nuestros ojos solemnes, decoradas con imponentes escudos de armas, recordando a nuestra adormecida imaginación que en ellas vivieron en tiempos pasados, y quien sabe si mejores, personas de alcurnia. De hecho, los que saben de la historia de esta villa dicen que son más de cincuenta los escudos que jalonan las calles del lugar.

 Mientras caminábamos por sus calles recordamos que cuentan también que la zona más antigua del pueblo está completamente horadada de bodegas. A uno, a aquella hora todavía de ensueño, le venían al recuerdo aquellas ciudades subterráneas que pueden visitarse en Turquía, Francia y, seguramente, en otros muchos sitios y que, además de su consabida función de bodega, servían para que los vecinos se ocultaran en ellas en momentos de invasión, sin que dejaran rastro al enemigo de donde se encontraban. A buen seguro que dieron mucho de sí, durante la francesada, las carlistadas y todas las “adas”, sin h, que han sembrado de sangre, fanatismo y terror nuestra tierra a lo largo de la historia.

 Poco a poco nuestros pasos nos llevaron fuera del núcleo antiguo de la población, siguiendo el camino por calles que ya mostraban una fábrica más reciente en sus viviendas. A nuestro alrededor, entre la espesa penumbra de las primeras luces del día, marchaban otros peregrinos, algunos solos, otros en grupo; todos ellos con el aspecto de llevar tras de si ya muchas jornadas de camino bajo el caluroso sol de verano.

 Pasamos junto a una fuente a cuya vera, sentado en un banco, se distraía en el ir de los peregrinos un hombre del lugar, de unos sesenta años diría yo.

-         Buenos días

-         Buen día

-         ¿Son ustedes españoles? –preguntó.

-         Sí…

-         ¡Que raro!

-         ¿Raro?- detuvimos nuestro paso.

-         Si, son pocos los españoles que veo pasar por aquí hacía Santiago, -se levantó del banco acercándose a nosotros-, y los más lo hacen en bicicleta…

-         Pues ya ve usted, aquí estamos para marcar la diferencia, aunque a nuestro parecer no es para tanto pues ya nos hemos cruzado con algún que otro peregrino español.

Sin darle más importancia a nuestra respuesta, está claro que el hombre lo que quería era algo de conversación, pasó a preguntarnos sobre nuestro lugar de origen, nos contó que allá mismo hizo la mili, continuó con unas cuantas anécdotas sobre la misma y, cuando vio que disponíamos a despedirnos para continuar nuestro camino, dio un nuevo giro a su charla.

-         Pues ustedes, claro está, no lo sabrán, pero yo he sido alfarero...

-         ¿Ah si?

-         ¿y saben ustedes que el de alfarero es el oficio más viejo del mundo?

-         … sí –respondimos sin saber verdaderamente si la pregunta era de las que tienen truco- así es… -no teníamos muy claro, más bien dudábamos, que fuera éste el momento de extenderse en un diálogo sobre la agricultura neolítica, y los avances técnicos de aquella época. Más bien, iba a ser que no…; así que enmendamos nuestra primera respuesta con un casi inaudible “no”.

-         Pues como veo que no lo saben, les diré el porqué –y comenzó a recitar, no sin cierta solemnidad-:

“Oficio noble y bizarro,
entre todos el primero,
pues en el arte del barro,
Dios fue el primer alfarero
y el hombre el primer cacharro”

Nuestro lenguaraz amigo continuó hablándonos de las maravillas que había creado con sus propias manos y la ayuda de su torno: botijos de formas curiosas y complicadas, también nos contó que en tiempos modeló más de un cántaro “de los que se hacen sólo aquí en Navarrete: panzudos, de boca ancha y vidriada”. No en vano, nos apuntó, es éste lugar muy reconocido por su cerámica

- … y claro –continuó- también hice muchos cacharros que ustedes no sabrán ni para qué sirven –dijo mirándonos de través, con la satisfacción de quien va a sentar cátedra-, y que aquí tienen mucha fama: barreños de matanza y de confitar, tinajas, herradones de ordeño, tarrizos para colar sopa, pucheros, botejas de leche y botijos de agua, jarros de vino, orzas, bebederos y comederos de granja, platos escurridera y el popular caneco, que se usaba –nos aclaró- como calentador…

También nos contó, cuando ya nos despedíamos nuevamente para marcharnos, que la hospedería de peregrinos de Navarrete es la casa donde él nació, que perteneció a sus padres, pero que hace ya algunos años se vendió al ayuntamiento.

Le dijimos adiós y continuamos por fin nuestro camino. A pocos pasos de allá, a la izquierda de la carretera nos esperaba el cementerio del pueblo. Este lugar no tendría nada de particular si no fuera porque allá fueron trasladados los restos de la portada del hospital medieval de San Juan de Acre, situado en el otro extremo de la villa.

Nos detuvimos para observarla, siguiendo con la mirada el descenso de las arquivoltas que la adornaban, a un lado y otro de la portada, hasta los capiteles que las aguantan, representando leyendas -San Jorge y el dragón- o escenas cotidianas: peregrinos comiendo y bebiendo.

Pero uno de los capiteles que más llama la atención del visitante es el que representa una pelea entre dos caballeros, nada más y nada menos, según señala Antonio Cillero Ulecia en su Historia de la Villa, que la lucha entre Roldán y Ferragut que relata el Pseudo-Turpin.

Toda esta zona, como ya habíamos visto a nuestro paso por Monjardín, e iríamos comprobado más a lo largo de nuestro camino, está impregnada de referencias a esa colección de narraciones épicas que se recogen en la obra que se atribuyó al tal Don Turpín (versión legendaria del arzobispo Tilpino de Reims, contemporáneo de Carlomagno). Fueron seguramente los peregrinos que venían del otro lado de los Pirineos y especialmente los compagnons los que trajeron consigo aquellos relatos que tan bien conocían y empleaban para desarrollar el plan escultórico de sus obras. Más allá de los relatos de carácter religioso que acostumbraban a hacer y de otros de tipo costumbrista, pueden encontrarse pequeñas señales que particularizan a los autores de la obra, y pueden llegar a parecer pequeños guiños desde el pasado dirigidos a aquél que pueda llegar a reconocerlos.  

Como era de esperar en todos estos relatos, y en la “Crónica Turpini” que es su forma posterior y escrita, se presenta a Carlomagno como prototipo de caballero-cruzado, que recibiendo instrucciones del propio Apóstol. Es él quién descubre, nada más y nada menos que su sepulcro en Galicia, y, de paso, construye unas cuantas iglesias por el camino y lo libera de infieles mahometanos, en especial de las tropas del caudillo moro Agolant.

Pero como hacer sólo esto no es cosa que por aquellas épocas sorprendiera demasiado a nadie, -de hecho toda la Europa cristiana está llena de reliquias, centros de peregrinación y recuerdos de luchas heroicas contra el infiel-, Carlomagno aprovechó para poner un poco de su orden en los asuntos de la Península, ayudado eso sí de Santiago y del mismísimo Dios que le proporcionaron una inestimable ayuda. Con ella echaron abajo los muros de las ciudades de Pamplona y Lucerna, que habían tenido la osadía de ofrecer una fuerte resistencia a sus tropas. También intervienen milagrosamente con los de las lanzas floridas, en Sahagún y Saintes y con el milagro de las cruces en las armaduras de los mártires de Monjardín en Navarra.

Charlamos extensamente sobre el tema durante una gran parte del camino que sucedió al cementerio de Navarrete. Apenas nos entretuvimos en la colorida belleza de las viñas por las que caminábamos, ni en los amplios paisajes que se desplegaban a nuestro alrededor; sin dudarlo dos veces, en una bifurcación en la que se ofrece al peregrino la opción de seguir por dos tramos diferentes, continuamos por el más largo con el objeto de pasar por el pueblo de Ventosa mientras continuábamos con nuestra apasionada cháchara.

 En Ventosa detuvimos nuestro paso maravillados por la imponente planta de la Parroquia de San Saturnino, increíble la monumentalidad del edificio situado sobre elevación a un lado del camino, como vigilando al pueblo al que pertenece y con el que contrasta por su pequeño tamaño.

La curiosidad pudo con nosotros y decidimos acercarnos a ella para ver si podía visitarse. Al llegar ante la portada, una señora de cierta edad se nos acercó sonriendo mientras se ayudaba con un bastón:

-         Desean ustedes visitar la Iglesia.

-         Sí señora, pero vemos que está cerrada…

-         Don José –entendimos que se refería al párroco- sólo la abre los domingos y días de misa, y ahora con más razón después de lo que ha pasado.

-         ¿Y que es lo que ha pasado?

-         Pues que el otro día entraron a robar en la Parroquia y se llevaron una cruz a la que aquí le tenemos mucha devoción, un San Roque, un Bautista y las cabezas de algunos de los angelicos que hay en el retablo.

Más tarde supimos que las obras a las que se refería la buena mujer, y que fueron robadas la noche del 28 al 29 de julio, eran una Cruz procesional del Siglo XV de bronce bañada en plata, con repujados y una pequeña imagen de la Virgen Dolorosa; dos tallas: una de San Roque, del siglo XVI, y otra de San Juan Bautista, del siglo XVIII, ambas piezas de madera policromada del retablo. Aunque no se acordó de decírnoslo, los ladrones también se llevaron una tabla bajorrelieve, con imágenes de San Sebastián y San Agustín.

-         ¿Y nadie se dio cuenta?

-         Pues mire usted que no. Apalancaron la puerta, entraron y revolvieron toda la sacristía, se llevaron todo lo que les he dicho y aquí nadie nos enteramos de nada.

-         Imagino que en el pueblo tendrán un gran disgusto.

-         Pues usted dirá, no es la primera vez que se llevan santos de la iglesia…

-         ¿Ya les ha ocurrido antes?

-         Pues claro, hará cosa de treinta años que se llevaron un San Agustín, un San Gregorio y algún santo más que ahora no recuerdo…

-         ¿Y los recuperaron?.

-         Nada hemos vuelto a saber de ellos…

La cuesta que conduce desde el pueblo a la parroquia es comúnmente conocida como "Cuesta de los Danzadores", por tener lugar en ella el primer sábado del mes de Julio de cada año, uno de los episodios más importantes que rodean al ritual de celebración de las fiestas de la Virgen Blanca. Durante su celebración la patrona comparte el protagonismo con los “danzadores”, que acuden a buscarla a la Parroquia, y entre el sonido de dulzainas interpretan una complicada y agotadora danza, mientras marchan cuesta abajo sin perder de vista a la Santa imagen, hasta llegar al pie de la misma, donde según la tradición la Virgen se hizo tan pesada a unos ladrones que no pudieron llevársela de Ventosa.

En aquella ocasión, los vecinos del pueblo fueron más afortunados que en ésta, en la que no ha habido intervención divina que detuviera a los visitantes nocturnos que se llevaron parte de un patrimonio, que pasa de ser de todos nosotros a pertenecer a un coleccionista privado de vaya usted a saber qué nación.

Quizá sea que las divinidades se han cansado de tanta desidia, que eso de “a Dios rogando…” está dicho por algo y que nosotros, cambiantes como el cielo que se desliza sobre nuestras cabezas, hemos pasado de la más profunda de las supersticiones, a la más alarmante de las ignorancias, y por el camino hemos dejado nuestra propia dignidad; esa que nos recuerda quienes somos, de donde venimos y que nuestro pasado, lejos de producir tortícolis, e independientemente de si nos gusta o no, lo que hace es ayudarnos a conocernos a nosotros mismos un poco más.

El uso de sustitutivos que la gente ha dado en emplear y que tan en boga están hoy en día en forma de todo tipo de productos “nueva era”, esoterismos diversos y modas variopintas, no es si no un consumismo de  placebo de baja calidad, dirigido a homogeneizar al individuo con la idea paradójica de que así es diferente a los demás.

El camino de Ventosa a Nájera pasa por el alto de San Antón. Se trata de una subida ni demasiado fuerte ni demasiado prolongada, pero que resulta llamativa para el peregrino, pues a lo largo de gran parte de ella verá a ambos bordes del sendero cantidad de montañitas de cantos rodados que a uno le recuerdan, en pequeño, a lo hitos sagrados que se ven en fotos y documentales sobre el Tibet.

¿A quién se le ocurrió hacerlo por primera vez?: vaya usted a saber… Pero el peregrino, acostumbrado a cumplir fielmente con todos los rituales de paso con los que se encuentra por el camino, se detiene también ahí, toma algunos cantos de los que abundan en ese tramo, y con mayor o menor habilidad levanta uno más de esos pequeños monumentos que testimonian el universo de anónimos viajeros que han pasado por aquél lugar. Después continúa su camino.

Poco antes de llegar a Nájera, cuando ya la tenemos a nuestra vista, nos volvemos a encontrar, en una elevación llamada “el poyo de Roldan” a la derecha de nuestro camino, con el recuerdo del falso cronista Turpin. Aquí es donde cuenta que el caballero se enfrentó a un gigante del linaje de Goliath, llamado Ferragut, que había venido de las tierras de Siria con veinte mil turcos para combatir a Carlomagno.

Dice la leyenda que después de varios días de encarnizada pelea sin que se llegara a nada, ambos contendientes aprovecharon para darse una tregua y continuar el enfrentamiento en una lucha dialéctica en la que el gigante Ferragut, como quien no quiere la cosa, pone en duda todos los dogmas de la fe católica, mostrándose partidario de todas las tendencias heréticas del momento: adopcionismo, docentismo, etc… El caso es que tras tan enriquecedora charla, en la que el auditorio queda enterado de cual ha de ser la postura oficial de cualquier buen cristiano, Roldán le clavó un puñal en el ombligo al gigante, su único sitio vulnerable, terminando de una vez por todas con tan terrible amenaza.

Desde ahí, el camino lleva con prontitud hasta Nájera. Eran cosa de las 11 y 10 de la mañana cuando cruzábamos el Najerilla, río con fama de truchero, llegamos a la parte antigua del pueblo.

Sin darnos tiempo a hacer otra cosa, entramos en un bar, donde nos regalamos con sendos cafés y pinchos mientras reconfortábamos nuestro ánimo sentados cómodamente en la barra, escuchando distraídamente las conversaciones de los parroquianos.

Al pasar ante el Museo Najerillense nos llamó la atención sus puertas, en las que estaban inscritos a golpe de cuchillo los testimonios de las personas que estuvieron en las cárceles que ocupaban aquél mismo edificio. Casi todos ellos están fechados en el siglo XVIII, incluyen el nombre, oficio y pueblo de origen del autor y en muchas de ellas se añade como colofón un “por nada” dando a entender su inocencia ante su encierro.

Continuamos nuestro relajado paso por el lugar visitando, en Santa María La Real, la exposición “Najera, legado medieval”, un verdadero lujo, un regalo para todo aquél que guste de la historia y del arte. En ella se hace un interesante recorrido por el pasado de esta antigua ciudad, capital durante un tiempo del reino de Navarra, lugar en el que se acuñó la primera moneda cristiana del periodo de la reconquista, y escenario de otras muchas cuya explicación extendería en demasía esta crónica.

Una vez subida la cuesta por la que se abandona Najera, el camino que conduce hasta Azofra es bastante llano y cómodo. A medida que nos acercábamos, en medio del calor de las primeras horas de la tarde y casi sin agua, -habíamos olvidado abastecernos en Najera-, comenzábamos a ver como desde el pueblo se estaban lanzando cohetes, signo inequívoco de que allá se estaba celebrando algo. ¿Serían las fiestas del lugar?, nos preguntamos temiendo encontrar todo aquello, que iba a ser nuestro fin de etapa y punto de descanso, lleno de gente y ruido.

Según entramos en el pueblo por la Calle Mayor, vimos a una pareja de avanzada edad descansando plácidamente sentada ante la puerta de su casa.

-         Hola buenas. 

-         Buenos días.

-         ¿están ustedes de fiestas?. Según veníamos hemos visto que echaban cohetes…

-         No que va… es que se casa una del pueblo…

-         Vaya, pues buena que la han montado

-         Si –nos dijo él sonriendo- ¿van ustedes al albergue?; ya se pueden dar prisa porque debe estar casi lleno por toda la gente que ha pasado ya por aquí antes que ustedes.

-         Pues hacia allá vamos, muchas gracias y buenos días otra vez.

Que un pueblo tan pequeño como Azofra, deben ser actualmente cerca de 300 habitantes, cuente con tanta afluencia de peregrinos puede tener su explicación: desde el siglo XII, ha acogido en su hospital a todos los concheros que por ahí han pasado, hasta que el edificio desapareció allá en el XIX.

Pero cosas curiosas del camino, esta antigua tradición hospitalera se recobró gracias a la iniciativa de un grupo de antiguos peregrinos alemanes de Colonia, que levantaron un nuevo albergue a cargo del cual pusieron a María Tobía, uno más de los personajes míticos del camino. Esta hospitalera, ha ganado merecida fama por su simpatía y por la dedicación con la que cuida a los peregrinos que llegan agotados a Azofra.

Como homenaje a su ciudad de origen, los peregrinos fundadores de este nuevo albergue, colocaron, junto a la puerta del mismo, un fragmento rocoso de la catedral de Colonia que todavía puede verse.

Una vez sellada la credencial, entramos en el Bar El Peregrino donde repusimos todas las fuerzas perdidas dando cuenta de un enorme bocadillo de tortilla de jamón acompañado, como diría el bueno de Berceo, que para eso estamos en su tierra, de “un vaso de bon vino”.