“He esparcido mis sueños bajo tus pies;

Camina dulcemente, pues caminas sobre mis sueños”

He wishes for the cloths of heaven (William Butler Yeats)

 

 

 Salimos de Torres del Río a eso de las 6.45. Todavía no había amanecido. El pueblo soñaba adormilado entre las últimas sombras de aquella noche. Había una tranquilidad absoluta. Las paredes de la iglesia del Santo Sepulcro parecían respirar con la placidez de un niño dormido. Frente a nosotros, en lo alto, se  erguía espectral y majestuosa la silueta de Sansol.

 Al pasar junto a uno de los albergues del pueblo, se rompió aquél silencio: un grupo de alemanes, parecían una o dos familias casi al completo, se disponían a iniciar la marcha en medio de una escandalera que ellos mismos provocaban con sus risas, voces altas y gritos de ánimo.

 

-         ¿Será ese el albergue clandestino? –pregunté a mi compañera.

 

Cuando finalizamos la etapa anterior, fuimos a dar con nuestros cansados, hambrientos y sudorosos cuerpos en “La Pata de Oca”, donde sus amables propietarios nos dieron de comer un generoso menú, del que disfrutamos mientras escuchábamos lo que nuestro anfitrión charlaba con un peregrino que se había apostado en la barra a tomar una cerveza.

 El tema central de la plática era la picaresca del camino, lo que hacen algunas personas para sacar provecho de la ruta jacobea. Según dijo, tal es el caso de aquellos que, sin ningún escrúpulo, se acercan a los pueblos y ciudades del camino, en los que hay fiestas –puso como ejemplo Pamplona y San Fermines-, y simulando ser concheros se hospedan en los albergues. Contó que, para dar más veracidad, algunos son capaces de hacer la etapa que pasa por su destino, llevando una credencial que sellan al salir, y así cuando llegan tienen hasta el documento que prueba que son peregrinos.

 Fue después cuando pasó a explicar que hay también albergues que definió como “clandestinos”, por no estar debidamente legalizados ni asegurados, por lo que si ocurre algún accidente el peregrino está expuesto a no recibir ningún tipo de cobertura.

 Y algo así debió de pensar de nosotros nuestro anfitrión, a juzgar por lo que nos cobró por el “menú”. Pero bueno, el trato tan amable, la conversación, la satisfacción de ver lo bien que educaban a sus hijos que nos atendieron solícitamente bajo la guía atenta de su padre, nos disuadieron de manifestar cualquier tipo de desacuerdo.

 Pero volvamos al camino. Tras rebasar el albergue que ha motivado este retorno a la etapa anterior, salimos del pueblo en dirección a la Ermita del Puy. Cuando llegábamos a ella, el día iba amaneciendo con una luz muy azul, muy bonita, que mezclada con el verde de las vides y alguna que otra higuera, daban una tonalidad muy cálida y agradable al ambiente.

 El tramo que desde la Ermita del Puy llega hasta Viana es de algo más de dos horas de marcha por caminos que suben y bajan continuamente, a veces polvorientos y otras pedregosos, a ratos caminando junto a la carretera; pero, a pesar de ello, no se hace excesivamente duro al peregrino.

 Un sendero que corre por entre una especie de corrales nos lleva, tras cruzar una carretera, a la última localidad Navarra que va a visitar el conchero: Viana. Este carácter fronterizo ha estado siempre muy presente en la historia del lugar, de hecho fue fundada por Sancho VII el Fuerte de Navarra a principios del siglo XIII, con el fin de asegurar la frontera del Reino frente a Castilla. Para ello, otorgó el Fuero o “Privilegio del Águila”, llamado así por estar sellado con este signo real, en el cual ofrecía a sus pobladores todo tipo de franquicias y exenciones.

 Cuentan que la convocatoria Real no tardó en acogerse con éxito, y en poco tiempo gentes de las más variadas procedencias vinieron a habitar la nueva población. En ella se hicieron famosos, y muy útiles para el peregrino como gente de paso que era, los cambistas instalados en su judería, que canjeaban a todo aquél que se dirigía al reino vecino su moneda Navarra por la castellana.

 Viana tiene en su historia más de un motivo para sentir orgullo de su pasado. Uno de ellos es, sin lugar a dudas, la institución del Principado de Viana por Carlos III "el Noble", para su nieto y tocayo, en 1423. Seguía con esto la costumbre de los reinos occidentales europeos de dar un título al heredero de la Corona: Delfín en Francia, Príncipe de Gales en Inglaterra, Príncipe de Asturias en Castilla… Aunque no dio mucho tiempo a hacerse uso del título en cuestión, su memoria y la del primero que lo ostentó han quedado unidos de forma inequívoca en la memoria histórica de los navarros.

Entramos en el lugar siguiendo el trazado que marca el camino, hasta llegar a una plaza que la llaman del Coso. La última casa que hay antes de salir a la plaza, llama notablemente la atención del caminante por el enorme y espectacular escudo que luce. Según nos contaron, se trata del Palacio de los Goñi familia principal donde las había en Viana, con asiento en las Cortes y cuyos ancestros un genealogista bien pagado o con ganas de complacer, hizo remontar hasta el mítico Teodosio de Goñi, el que fue salvado por el Arcángel San Gabriel en Aralar de las hambrientas fauces de un dragón.

 La casa debía estar adornada en mejores tiempos con una fachada cubierta de hermosas columnas. Cuentan que la importancia de estos Goñi era tal que gozaban de “derecho de asilo”, consistente en que si cualquier fugitivo o malhechor perseguido por la justicia llegaba a tocar una en concreto de aquellas columnas, inmediatamente podía refugiarse o quedarse bajo la protección del dueño de la casa e impedir que la justicia actuara sobre él.

 Seguimos nuestro camino. Al poco llegamos a la Iglesia de Santa María, donde volvemos a dar con otro de los motivos que hacen de la historia de éste lugar algo apasionante: una placa de mármol blanco, colocada en el suelo frente a la puerta del templo, en la que se dice

 

"César Borgia generalísimo de los ejércitos de Navarra y Pontificios. Muerto en campos de Viana el XI de marzo de MDVII".

 

César Borgia, hijo del papa Alejandro VI, es un personaje clásico del renacimiento europeo. Cuando entra en la historia de Viana, había huido recientemente del castillo de la Mota de Medina, en donde lo tenía prisionero Fernando el Católico, llegando a Navarra en diciembre de 1506, donde se hizo cargo de las tropas del rey de Navarra, su cuñado, don Juan de Labrit.

 Casi inmediatamente, César Borgia pone sitio a Viana, decidido a rendirla por el hambre. Pero en la cerrada y tormentosa noche del 12 de marzo de 1507, los beamonteses consiguieron abastecer de víveres a sus partidarios sitiados. Enterado de ello, Cesar montó en cólera, y tomando una pequeña escolta, salió en dirección a Mendavia en busca de aquellos que había llevado el alimento. Pero en un lugar llamado “la Barranca Salada” fue sorprendido por las tropas enemigas y muerto de una lanzada. Ironías de la vida, a él se le atribuye la frase de

“Lo que no ha pasado a mediodía puede pasar por la noche”


Fue enterrado en el presbiterio de la iglesia de Santa María de Viana, en una tumba muy lujosa de alabastro, hoy desaparecida, en donde el rey don Juan mandó labrar un epitafio que decía:

 

"Aquí yace en poca tierra

el que toda le temía

el que la paz y la guerra

en su mano la tenía.

Oh tú, que vas a buscar

dignas cosa de loar

si tú loas lo más digno

aquí pare tu camino

no cures de más andar".

 

 Poco tiempo después, incorporada Navarra al Reino de Castilla, el obispo de Calahorra, desafecto a la causa que defendió Borgia, mandó sacar sus restos a la calle, justo ante la puerta principal de la iglesia, para que los "pisase" todo el mundo. Esa es, como ya habrá adivinado el astuto lector, la dichosa placa de mármol que tanto nos había entretenido.

 El irónico destino que acompañó en su final a Cesar Borgia se quedó con nosotros mientras nos alejábamos del lugar, y con él en nuestro pensamiento entramos en una tienda de recuerdos que hay frente a la portada de la iglesia de Santa Maria. La idea era comprar un par de pines que representan al famoso águila real del fuero de Viana, uno para mi y otro para un amigo que gusta de estas cosas.

 El caso es que estábamos en eso de pagar, cuando no pude reprimirme de preguntar a la dependiente que tan amablemente nos estaba atendiendo, sobre si realmente está hay enterrado, donde la placa, el famoso Cesar Borgia.

 

-         Si, ahí está, para que lo pisen bien… -dijo no sin cierta sornilla.

 

Afortunadamente, se podía apostillar, el espíritu de los pueblos, pragmático por necesidades de supervivencia, tiende a relativizar todo, a convertir lo serio en burla, a reírse de uno mismo en primer lugar, y a transformar la épica en una jota impregnada de una irónica visión de la actualidad:

 

Dicen que Borgia murió,

en la Barranca Salada;

hoy seguro caería,

en la variante de Viana.

 

Después de tomar un café junto a la tienda antes mencionada e intentar, infructuosamente, sellar nuestra credencial en el albergue del lugar, decidimos continuar nuestra marcha sin entretenernos más: teníamos por delante aún mucho camino y los numerosos encantos de Viana nos estaban entreteniendo demasiado tiempo.

 Una senda entre casas de labor, huertos y chalets, seguida de una pista asfaltada, nos lleva tras algo más de media hora a la ermita de la Virgen de las Cuevas, patrona de Viana. Allá nos detuvimos a hablar con dos paisanos que charlaban plácidamente en un merendero que hay junto a la ermita.

 Continuamos nuestro camino y al poco nos alcanzó un peregrino, con el que ya habíamos coincidido en diferentes ocasiones a lo largo de la mañana. Era un hombre como de unos cincuenta años, delgado, de aspecto sanguíneo, nervioso y con un paso firme y rápido.

 No recuerdo de qué modo, pero empezó a hablarnos de los templarios y el camino de Santiago, mi tema, asegurando, como es costumbre, que todo era obra de ellos y en todo hay que buscar un significado oculto, iniciático gustan de decir.

 Entre fuerzas telúricas, orientaciones hexagonales premeditadas y mensajes de allende los siglos, recorrimos sin llevarle la contraria algún que otro kilómetro. Al fin y al cabo, no era el caso de abrir un debate en medio del campo riojano, y además todo esto se compensaba con la simpatía de nuestro compañero de camino.

 Afortunadamente, a medida que avanzábamos en nuestra marcha, la conversación fue tomando otros derroteros y comenzamos a hablar de las relaciones tensas que existen siempre entre pueblos vecinos; la que debe haber entre Torres del Rio y Sansol, fue la que motivo la conversación. Según nos contó, era de Cuenca y allá, en un pueblo cuyo nombre no recuerdo nos habló de una calle en la que en tiempos existía un odio visceral entre los que habitaban en un lado y los del otro, que se veía reflejado en todas sus manifestaciones colectivas: celebraban distintas fiestas, no se casaban entre ellos y acudían a diferentes parroquias…

 Por lo que nos contó, algo tenía que ver con la producción de vino, aunque, eso si, a escala pequeña. También nos dijo que anteriormente había hecho el camino desde Astorga, aconsejándonos entre otras cosas  que cuando llegáramos a O Cebreiro acometiéramos la etapa empezando con el puerto, para hacerlo frescos y con las fuerzas que son necesarias para superar esa etapa.

 Estos y otros consejos nos estuvo dando cuando ya llegamos casi a las puertas de Logroño, justo ante la casa de Doña Felisa, otro de los personajes míticos del camino, cuya memoria tras su fallecimiento se mantiene en el mismo sitio en el que ella recibía a los peregrinos con “higos, pan y amor”, tal y como reza el sello que todavía se estampa en la credencial de quien allá se detiene.

 Fue ante la casa de Doña Felisa donde nuestro amigo de Cuenca se despidió de nosotros; no quería detenerse hasta llegar a Logroño y, además, llevaba un ritmo de marcha más rápido que el nuestro, lo que hacía que llevara un buen rato forzando el suyo para caminar a nuestro par charlando. Todo un detalle digno de agradecer, como tantas cosas que nos van pasando en el camino.

 Según nos íbamos acercando a Logroño, vimos a lo lejos la famosa aguja gótica piramidal de Santa María del Palacio. A su alrededor, se extendía todo lo que en su época sería la ciudad medieval con su estructura claramente Jacobea, alargada en torno al camino y articulada en diez barrios con sus respectivas iglesias provistas, algunas de ellas, de hospital u hospedería.

 Santa María del Palacio fue llamada así por tener su origen en la donación que Alfonso VII de Castilla, «el Emperador», realizó de su palacio en 1130, al canónigo Giraldo, para que en él erigiera la primera fundación de la orden del Santo Sepulcro en el reino castellano.

 Cruzamos el famoso puente de piedra que da paso a la ciudad sobre las aguas del Ebro. Estos peregrinos no están acostumbrados a ver ríos de tales envergaduras, y la oportunidad que entonces se nos ofreció, junto al deseo inconsciente de detener nuestra marcha un instante, nos detuvo a mitad de su recorrido a entretenernos en la observación del paso perezoso de las aguas, el aire reflexivo de algún pescador que vigila su caña distraídamente o las aves que parecen casi rozar la superficie con sus alas buscando, imagino, algo de alimento.

 Uno termina por no escuchar a los vehículos que cruzan ese mismo puente, ni las conversaciones de quienes pasan a su lado; el aire, ese aire fresco que a medida que avanza el día va apagándose, y corre todavía ligero por el cauce del Ebro, se adueña de nuestros sentidos…

 Pero hay que seguir caminando. Entramos en la Rúa Vieja y sin apenas detenernos nos llegamos hasta la Iglesia de Santiago donde al entrar tuvimos la fortuna de coincidir con un coro que estaba ensayando su repertorio para una boda. Nos sentamos tranquilamente en uno de sus bancos y dedicamos un buen rato a disfrutar de la música y de la visión del interior de la iglesia.

 Mientras uno camina por estas calles, no puede evitar recordar que en esta ciudad se celebró, a principios del siglo XVII, el famoso Auto de Fe de 1610, seguramente el más famosos que llevó a cabo la Santa Inquisición. En el se procesó a cuarenta mujeres, procedentes de Zugarramurdi (Navarra), doce de las cuales fueron condenadas a la hoguera.

 En la Calle Barriocepo nos detuvimos a tomar un café, tras lo cual seguimos hasta la torre de Revellín, testimonio de lo poco que queda de las antiguas murallas de la ciudad. Cuentan que fue en ese punto donde tuvo lugar lo más duro del sitio al que se vio sometido Logroño por las tropas francesas en 1521. Una leyenda peregrina dice que su puerta está perfectamente orientada a Santiago, pero eso ya es más cuestión de fe que de otra cosa.

 Después se atraviesa la larga Calle Marqués de Murrieta y poco después se llega a unos polígonos industriales, para continuar en un paseo que, tras una buena caminata, lleva al peregrino a un parque muy agradable, arbolado, con merenderos y un Pantano, el de la Grajera, que hacen del lugar el más grato de los que uno se ha ido encontrando en el camino.

 Tras bordear el pantano, se sube una cuesta y en el alto de ella, el camino sigue un trazado paralelo a la autovía. Es aquí donde se da uno de esos hechos que tan particular hacen la senda del peregrino: las vallas que separan el recorrido de la autovía están llenas de pequeñas cruces de madera, como entretejidas con sus mallas, a lo largo de una buena cantidad de metros de recorrido.

 De aquí a Navarrete es poca la distancia que queda; el caminante ya lo tiene ante su vista y en poco más o menos de media hora estará ya cruzando las ruinas del Hospital de San Juan de Acre, del que ya no queda casi nada en aquél lugar aunque, según nos dicen, algo veremos en la siguiente etapa pues lo que sobrevive se ha trasladado a la portada del cementerio de la villa.

 A medida que uno se va acercando, el silencioso perfil del pueblo, adormecido en la ladera de una pequeña colina, esconde al caminante que no esté avisado, el hecho de que aquel es un pueblo cargado de historia, de momentos decisivos en el devenir de España.

 Navarrete tuvo su protagonismo durante las luchas por el trono entre Pedro I “el Cruel” y su hermano bastardo Enrique de Trastamara, acaecidas en los años 60 del siglo XIV. Fue aquí donde el Eduardo de Lancaster, alias Príncipe de Gales y más conocido como el "Príncipe Negro", aliado del rey Pedro, veló armas y dató la correspondencia que cruzó con Enrique de Trastamara antes de la batalla de Najera.

El 3 de abril de 1367 tuvo lugar la famosa batalla, en la que el ejército del de Trastamara, acuciado por la impaciencia de este, salió a los campos de Huercanos y Alesón, para ser aplastada por los leales a Pedro I. Enrique logró huir a Soria, pero cayó prisionero el conocido caballero Du Guesclin.

Cuentan que al verlo preso, Pedro I, que debía de tener ciertas ganas de quitarse de encima a tal caballero y a sus temidos routiers, desenvainó su espada para atravesarle el pecho, pero Du Guesclin se apresuro a encomendar su vida al Príncipe Negro diciendo: "Me doy al Príncipe de Gales, que es el soldado más valiente que hoy pelea". Con tan sencilla maniobra, -está claro que aquellos eran otros tiempos-, el mercenario bretón salvó su vida y fue conducido, junto con otros prisioneros, a Navarrete, donde Juan Ramírez de Arellano, Señor de Cameros, que también había caído prisionero, pagó por su libertad y por la del mercenario.

 Como todos sabemos, esta no iba a ser la única vez en la que la locuacidad un tanto burlona del líder de los routiers, iba a conducir por el camino de la amargura el ánimo y hasta la vida del rey Pedro…

 De entre el botín que obtuvo el  Príncipe Negro en la campaña, se encontraba un rubí que adornaba a la Virgen en el Monasterio de Santa María la Real, en Najera, el cual tras sufrir un proceso de talla, fue incluido en la corona de Inglaterra, lugar en el que se encuentra todavía.

 Desgraciadamente, este no es el primero ni el último testimonio que vamos a conocer, a lo largo del camino, de la rapiña y la pérdida de importantes reliquias de nuestro pasado histórico. Es éste un hecho que se ha repetido en toda nuestra geografía y por el que nunca se ha hecho nada para evitarlo. En ocasiones hemos sido nosotros mismos las propias aves de rapiña…

 Y es que nuestra historia, como nuestra cultura en general, ha estado siempre en manos del saqueo, la desidia, la ignorancia y la completa falta de interés de aquellos que debieran velar por ella. Somos como un chiste, como una mala burla en la que los despropósitos y una actitud hidalgo-funcionarial –porque la segunda es similar a lo que era la primera-, hacen de nuestra cultura una nadería, si de ella no se puede obtener, con el mínimo esfuerzo, algo de beneficio, lucimiento o exaltación de los valores que uno cree artículo de fe.

 La ley del mínimo esfuerzo. Para qué pensar en qué son las cosas y cuál es su significado si por menos trabajo se puede obtener un disfrute más sencillo…

Algo así debió venirle a la cabeza, a principios del siglo XX, al hijo de un alguacil de Navarrete al emplear el pergamino de la carta puebla del lugar para fabricarse una zambomba; el resultado: mucha música y la pérdida de su pasado, la ignorancia total del mismo… ¿Realmente importa?