Bene curris, sed extra viam.

(Atribuida a San Agustín)

 

 

Habíamos salido de Estella a eso de las 7.30 y sin otra novedad llegamos en poco más de media hora  a las bodegas de Irache, donde se habían detenido algunos peregrinos que nos precedían a probar de esa conocidísima fuente de vino que se ofrece gratuitamente al conchero:

"Peregrino si quieres llegar a Santiago con fuerza y vitalidad de este gran vino echa un trago y brinda por la felicidad"

Desgraciadamente, hoy en día hasta la generosidad y los mismos milagros parecen tener su horario de apertura al público y, éste del vino tan generosamente ofrecido al peregrino, se celebra en horarios de oficina y en días de labor, según nos dijeron una simpática pareja de ciclistas catalanes con los que allí coincidimos y que, como nosotros, estaban haciendo el camino.

Está bastante justificada, a mi entender, esta restricción, si se tiene en cuenta que eran muchos los que aprovechaban la generosidad para con el peregrino, para llegarse hasta aquél lugar con bidones de diferentes tamaños, y proveerse de vino para consumo propio durante una temporada o, lo que ya resulta inaudito, para comercializarlo.

De la fuente del vino, son muy pocos los pasos que tiene que dar el peregrino para alcanzar el monasterio de Irache, obra fundamental en la historia y el arte medieval navarro. Desgraciadamente, dadas las horas en las que aparecimos por ahí, no pudimos sino ver su exterior, lo cual no es ninguna bagatela.

 Nos disponíamos a continuar el camino cuando un hombre que llevaba un rato descargando bultos de un vehículo, se nos acercó.

 

- Si ustedes esperan un rato, les puedo dar un poco de caldo y un bocadillo de panceta, –nos dijo- dense una vuelta por aquí, y en una hora estará todo listo.

 

- El caso es que se lo agradecemos, pero nos queda bastante camino por delante, y tampoco queremos darle mucha oportunidad al sol para que nos coja por el camino.

 

- Lo entiendo…, pero es una pena, porque hoy celebramos el día del Santo –asentimos con la cabeza pues ya sabíamos que era el día de Santiago-, y aquí en Iratxe lo honramos todos los años con este almuerzo, dedicado a ustedes los peregrinos, y una misa por el ritual mozárabe que es digna de ver…

 

Tomamos buena nota de ello, pues aunque no iba a ser en esa ocasión, nos prometimos hacerlo el año próximo, sin los condicionantes del peregrinaje, para disfrutar a pleno sentido de una de las raras ocasiones en las que aún se puede presenciar una liturgia tan enraizada en nuestro pasado.

Después de excusarnos y agradecer tan tentadora invitación, continuamos nuestro camino.

Hasta llegar a Azqueta, y una vez pasada la zona de hoteles y urbanizaciones de Irache, el trazado no se hace excesivamente largo, y cuenta con un adorno paisajístico suficientemente atractivo para que el peregrino lo recorra entretenido, mirando aquí y allá a todo lo que se presenta a sus ojos.

En la misma entrada de Azqueta nos encontramos con Pablito, uno de esos personajes clásicos del camino, que alegran y amenizan el paso del viajero con su generosidad y desparpajo.

 

-         ¿Quieren ustedes un bordón?

 

-         Si, ¿porqué no?- la verdad es que esperábamos la pregunta pues se la habíamos visto formular a alguno de los peregrinos que nos precedía, y sabíamos de él por lo que teníamos leído en las guías– es usted Don Pablo, supongo…

 

-         Pablito -nos corrigió- no es un diminutivo, me llamo realmente así, vean –nos mostró el DNI en el que ponía su nombre tal y como nos lo había dicho.

 

-         ¡Pues sí que es cierto!

 

-         Lo que pasa es que ustedes han leído pocos santorales……  -nos dijo socarronamente-. A falta de uno hay dos: uno es San Pablito niño y mártir que se celebra el 13 de noviembre, y el otro es San Pablito Mártir que es el 19 de diciembre.

 

A esa altura de la conversación se nos unieron dos jóvenes peregrinas Malagueñas, que dijeron querer también su bordón. Juntos, los cinco, marchamos a la casa de nuestro anfitrión donde nos selló las credenciales.

Después fuimos al huerto contiguo, lugar en el que vimos una estela que, según dijo, encontró en aquél mismo lugar y tenía cerca de 800 años. Junto a ella, nos señaló una especie de leñera en la que había apoyados una gran cantidad de bordones elaborados con avellano.

 

-         Cojan el que quieran –nos dijo señalándolos.

 

-         Y, ¿cual me recomienda usted? –le pregunté.

 

-         Pues uno que sea como un palmo más grande que usted, para que pueda cogerlo cómodamente por encima de la altura de sus hombros, y bascular cuando ande con él.

 

Durante un rato estuvo explicándonos la manera en la que el peregrino ha de manejarse con el bordón, y que en pocas palabras podría resumirse del modo que sigue:

Primero, que un bordón no es un bastón, pues debe ser más alto que la persona que lo lleva. Un palmo es la medida que él consideraba recomendable.

En segundo lugar, es importante prestar especial atención a la forma de andar, tanto que en éste punto nos dio una clase práctica haciéndonos marchar con el bordón por su huerto:

 

-         Deben colocar la mano enfrente, a la altura del hombro… ¡Si ahí, eso es! –asintió aprobando lo que hacíamos-. Ahora den un paso adelante a la par que levantan y mueven la vara, después otros tres pasos sin despegarla del suelo.

 

Por último, el conchero deberá coger el bordón por debajo de la altura de marcha normal cuando camine cuesta arriba, y por encima cuando el camino sea a la inversa.

Con ésta pequeña Cátedra, tan necesaria para el peregrino, el bueno de Pablito se dio por satisfecho. Nos pidió un momento el bordón para pasar una lija  por la superficie en la que se iba a apoyar la mano, y mientras lo hacía cantó una copla.

 

El diablo no discurre

lo que discurre una vieja

que tenía solo un pelo

y quería hacerse trenzas

 

Antes de marchar, nos regaló una calabaza para el camino, enseñándonos también el modo en el que teníamos que limpiarla con la ayuda de una navaja.

Continuamos nuestro camino. La marcha a Villamayor de Monjardín se hace corto y agradable. Poco antes de llegar, pasa ante una fuente medieval a la que se conoce como Fuente de los Moros,

Villamayor descansa bajo la alta colina en la que se encontraba el castillo de Monjardín, y actualmente está la ermita de San Esteban de Deyo. En el interior del castillo, que tuvo su propia iglesia, permaneció durante muchos años una de las joyas del arte navarro: la Santa Cruz de Monjardín, la cruz procesional más antigua del reino de Navarra. No en vano debió ser éste un punto muy importante en la estrategia expansionista del reino de Pamplona, hasta el punto ser escogido como panteón por los primeros reyes de la dinastía Jimena.

Su silueta es visible desde muchos kilómetros a la redonda, y hace presumir que desde ella debe disfrutarse de unas maravillosas panorámicas de los alrededores.

Al entrar al pueblo nos encontramos a la derecha con el albergue de peregrinos, en el que nos invitaron a tomar unas magdalenas, pastas y un poco de café en honor del santo patrón cuya festividad celebrábamos aquél día. Agradecimos el detalle, pero nos conformamos con sellar la credencial y pasar a visitar la iglesia de San Andrés Apóstol.

Sólo por su portada, vale la pena detenerse a admirar el edificio. Conserva un magnífico crismón esculpido en la clave del arco. Las columnas que la flanquean, culminan en capiteles historiados, algunos de los cuales conservan aún aquello que los maestros canteros de antaño grabaron en su superficie: una virgen con un niño y una justa entre dos caballeros ¿Roldán y Ferragut? o Carlomagno y un principe Navarro, en representación a la batalla que según el pseudos-Turpin hubo en las proximidades de este pueblo…

Gracias a la amabilidad de la encargada de conservar las llaves de la iglesia pudimos acceder a su interior y disfrutar de la paz y sosiego que transmite al caminante el interior del templo.

Ahora sí. El goce estético, el aire de la mañana, y el entorno abrió nuestro apetito. Nos acercamos a un bar que había en la plaza y nos sentamos en su terraza para tomar un bocadillo de chorizo a medias con sendos botellines de agua. Después, nos levantamos dispuestos a continuar la etapa.

Si en algún momento adquiere todo su significado el dicho de que el peregrino debe enfrentarse consigo mismo en el camino, es en momentos como éste, en la larga y solitaria travesía entre Monjardín y Los Arcos. Aquí le llega el momento, aunque vaya acompañado de multitudes, de sumirse en el más profundo de los silencios, para recorrer en soledad los más angostos y oscuros rincones de sus pensamientos.

Durante cerca de 12 kilómetros no hay agua, ni ríos, ni una miserable aldea, ni un árbol bajo cuya sombra guarecerse; sólo una sucesión interminable de trigales, bajo un sol que ya a esas horas era de justicia. En tal situación, al peregrino que marcha en silencio, le vienen a la cabeza con suma facilidad pensamientos más bien lúgubre, que se unen a los fantasmas que uno mismo lleva siempre consigo dispuestos a llenar el alma de zozobra.

Los Arcos se le aparece al caminante de repente. Se puede decir que en ningún momento lo ve en la lejanía, hasta que se encuentra ya dentro de ella. Cuando llegamos, bastante agotados por el calor y el tedio de ese tramo, encontramos a su entrada un local para peregrinos en el que había maquinas expendedoras de agua. Allí decidimos tomarnos un pequeño descanso.

 Poco después, sellamos nuestras credenciales en un albergue y continuamos nuestra marcha por las calles de Los Arcos, hasta llegar a su magnífica iglesia de Santa María. Una verdadera maravilla: lo primero que llama la atención del que se acerca a ella es su increíble torre, después su atrio y su portada; pero cuando se entra en el interior, todo lo demás deja de tener importancia: perfectamente iluminado con figuras de santos y motivos florales, conserva además un magnifico órgano, una sillería de coro, un claustro…. Es un lugar cuya visita merece hacerse con todo detenimiento, degustando los numerosos detalles que se ofrecen al visitante curioso.

 Cuentan en el lugar que todos los 15 de julio, si el día está despejado, un rayo ilumina la virgen que hay en la portada de esta Parroquia de Santa María.

 De Los Arcos a Sansol el camino vuelve a sumergir al peregrino en un mar casi interminable de trigo. Antes de abandonar el pueblo, se pasa ante el cementerio en cuya puerta se anuncia a todo el que pase por ahí eso de

 “Yo fui lo que tu eres, tu serás lo que yo soy”.

 Más alegría para el caminante, por si no ha tenido bastante con la compañía de sus pensamientos en la travesía anterior. Más aún si encima descubre la cruz de una difunta tirada de cualquier manera a un lado del camino, sin que nadie se preocupe de, por lo menos, devolverla al interior del recinto del camposanto. Uno piensa en lo desagradecidos que podemos llegar a ser con aquellos que ya han dejado de poder darnos algo.

 Para entonces, ya estamos algo cansados del sol, de trigales, de caminar; lo que peor se lleva en este último tramo es comprobar que a uno le hacen dar más vueltas de lo que debiera, para llegar a un punto que se ve enfrente durante largos kilómetros.

 Sansol. Nombre tan llamativo y curioso lo debe al santo Cordobés Zoilo, muerto hacía el año 300 en las persecuciones de Diocleciano, y al lugar en el que se conservan sus reliquias –Monasterio de San Zoilo de Carrión de los Condes. Cuentan que correspondió a éste, como abanderado de la expansión Cluniacense en la Península, la fundación del pueblo en el que ahora estábamos.

 Sin detenernos demasiado en otros menesteres, dedicamos nuestros primeros pasos dentro del pueblo a la búsqueda de una fuente en la que refrescarnos tanto interior como exteriormente. Dimos con ella sin salirnos del camino, a mano izquierda en una especie de parque pequeñito y umbroso, en el que un grupo de peregrinos, que parecía hablar portugués, disfrutaba de las delicias del lugar, tumbados sobre la hierba, mirando asomarse al cielo por entre las ramas de los árboles mientras conversaban perezosamente.

 Repuestas nuestras fuerzas, y viendo tan cerca ya nuestro destino, nos animamos a dedicar un tiempo a recorrer las calles del pueblo y acercarnos hasta la parroquial. Desde ella, como desde muchos puntos del pueblo, se tiene una inmejorable panorámica de la vecina Torres del Río, llamada antaño por algún cronista Torres de Sansol, cosa que si se hiciera actualmente a buen seguro que repartiría a iguales partes gustos y desazones pues, por lo que nos contaron, y como es habitual en localidades vecinas, existe una fuerte rivalidad entre los de ambos pueblos.

 El caso es que cuando uno observa Torres, dejémoslo así, desde Sansol, lo hace con la misma facilidad que se observa la fotografía aérea de una localidad, en la que de una mirada puede hacerse uno su propia imagen de lo que es el pueblo.

 Lo primero que llama nuestra atención, como no podría ser de otra manera, es la Iglesia del Santo Sepulcro, obra que como su gemela de Eunate muchos se han apresurado a atribuir a los templarios… Como no quiero pecar de lo contrario, es decir de “desatribuidor de templarios”, sólo diré que no existe ninguna documentación que confirme aquella tésis, y sí alguna que la relaciona con el cercano Monasterio de Irache.

Sobre sus características, y lo maravilloso de su fábrica, no voy a aportar nada que, seguramente, no hayan dicho numerosas guías y que no haría sino terminar de aburrir al lector. Callo por lo tanto y seguimos a lo nuestro.

Desde esas alturas Sansolinas se aprecia lo irregular del trazado de Torres, que descansa en suave descenso al pie de la ladera de una colina que llega a su fin bajo las aguas del Linares. Ante esta visión, uno disfruta imaginando ver, desde ese mismo lugar, a la Iglesia del Santo Sepulcro en medio de la noche, haciendo de faro y guía al peregrino extraviado. No sería más que una luz tenue en medio de la oscuridad, casi en el fondo de una vaguada, iluminando débilmente y de amarillo, una torre, cuya luminosidad va extendiéndose a su alrededor en gradación cada vez más oscura, hasta llegar hasta el negro silencioso de la noche que lo inunda todo.

Es lo mismo que, como en otros lugares cuentan que hacían las campanas de Puente La Reina, una luz similar en Santa María de Eunate, y seguramente, otras tantas cosas que ahora mismo desconozco pero que, a medida que avance en el camino, iré teniendo noticia de ello y compartiré, como no puede ser de otra manera, contigo, paciente y generoso lector.