“Toda iniquidad y todo fraude
abunda en el camino de los santos”
Liber Sancti Jacobi I, XVII
Comenzamos nuestro camino a eso de las 6.43 de la mañana, recorriendo las calles de Puente la Reina en el más absoluto de los silencios, acompañados únicamente por el sonido de las innumerables bandadas de golondrinas que revolotean por los cielos del pueblo en busca de su primer alimento del día.
Cruzamos el Puente medieval y volviéndonos alguna que otra vez para disfrutar de su vista desde diferentes lejanías, fuimos acercándonos al Barrio de Zubiurrutia. Allí está el Convento de Santi Spiritu, que según parece tuvo una larga tradición hospitalaria. El lugar es agradable y tranquilo.
Durante algo de más de media hora, y mientras la mañana terminaba de asentarse plácidamente sobre los trigales por los que discurría nuestro camino, disfrutamos despreocupadamente del aire fresco de la mañana, del susurro de esa cantidad de sonidos indeterminados que produce la naturaleza. Caminamos entre la suave caída de una ladera y los campos de trigo adornados de gavillas.
Esta feliz comunión con el camino se rompió bruscamente, al poco de rebasar un colector, y enfrentarnos a lo que según un cartel era un “Desvío provisional”. Lo que nosotros vimos ante nuestros ojos era algo más que un simple desvío: una cuesta bastante pronunciada, de más de un kilómetro de longitud, que nos conducía a lo alto de la montaña que teníamos ante nosotros.
A medida que ascendíamos, nos cruzamos con algún grupo de peregrinos que arrastraba penosamente sus mochilas, entre resoplidos prolongados, mientras intentaban encontrar con la vista la cumbre hacia la que nos dirigíamos.
Como todo esfuerzo, diremos que este también tiene su premio, y es el espectacular paisaje del que se goza una vez llegado a la cima: ante sí, hacia el norte, la vista del peregrino abarca una amplia extensión de tierra, dominada en su mayor parte por trigales al fondo de los cuales, recortada en el horizonte, adivinamos la silueta de una vieja conocida, la sierra del Perdón, coronada de molinos cuyas aspas suponemos ver girar entre la neblina.
Continuamos nuestro camino hacia Mañeru que ya vemos al fondo de nuestro camino. Un joven peregrino, de aspecto extranjero, nos adelantó en aquél momento saludándonos e intercambiando unas palabras antes de continuar su marcha.
Llegamos a Mañeru. Como ocurrió al salir de Puente, el cielo estaba cubierto por una nube de golondrinas en busca de insectos con los que desayunarse.
El pueblo es agradable y más grande de lo que parece desde la lejanía. Tiene bonitas casas blasonadas, y calles con nombres muy poéticos como es el de Calle de la Luna.
Pero como llevábamos toda la mañana sin tomar un solo café, -ya lo habíamos intentado infructuosamente antes de salir de Puente-, y nos veíamos ya en ese límite que hay entre las ganas y la necesidad, decidimos apretar un poco el paso en busca de algún lugar donde poder tomarlo, sin entretenernos demasiado en otros detalles.
Y así fue como salimos de Mañeru, sin conseguir nuestro objetivo, pero volviendo a encontrarnos en un agradable camino adornado de trigo recogido en gavillas con Cirauqui a lo lejos, erguido sobre una loma, como mostrándose orgulloso de su pasado medieval.
En Cirauqui nos adentramos por una de sus empinadas calles, hasta llegar a la puerta de una panadería, frente a la que descansaban charlando algunos grupos de peregrinos. Había una máquina de bebidas calientes junto a ellos, en la que no dudamos en invertir unas monedas a cambió de un cálido y reconfortante café.
Fue probarlo y venírsenos a la memoria aquello que cuenta Mateo Alemán que le ocurrió a Guzman de Alfarache en una venta, cuando al ponerle para comer una tortilla de huevos:
“Comí, como el puerco la bellota, todo a hecho; aunque verdaderamente sentía crujir entre los dientes los tiernecitos huesos de los sin ventura pollos, que era como hacerme cosquillas en las encías.”
Y es que, lejos de pecar de exagerados, queda claro que hay cosas que no cambian… Nos tomamos el bebedizo sin reparar en lo que realmente era y nos dispusimos a continuar nuestro camino.
En ese momento se nos acercaron, de entre los peregrinos que allí descansaban, dos mujeres preguntándonos si habíamos visto a un joven canadiense, de quien nos hicieron una descripción y dijeron que se llamaba David. Nos mostraron la credencial del canadiense, contándonos que la habían encontrado caída en el suelo al poco tiempo de que les adelantara y que no habían vuelto a verle para devolvérsela.
El peregrino del que nos hablaban coincidía en todo con el que habíamos intercambiado unas palabras antes de llegar a Mañeru, y así se lo dijimos añadiendo que, aunque no lo habíamos vuelto a ver, como continuábamos hasta Estella, podía darse el caso de verlo. Si así ocurría se lo comunicaríamos, y si no, dejaríamos recado en el albergue de Estella por si pasara por ahí.
Para poder contactar con ellas en caso de encontrarlo, una de las dos señoras, de nombre Lola, nos apuntó su número de móvil para que le llamara el tal David si dábamos con el.
Nos despedimos y continuamos nuestro camino paseándonos un poco por el pueblo. Vale la pena visitar sus dos Iglesias, la de San Román y Santa Catalina, ambas del siglo XIII, aunque queda poco de aquella época. Su ayuntamiento luce un curioso y elegante escudo que será de allá por el siglo XVIII.
En el paseo por el pueblo se disfruta del sabor medieval que conservan sus calles, sus casas blasonadas, los restos de sus murallas y alguna de sus puertas. No en vano fue esta una de las plazas fuertes más meridionales del incipiente Reino de Pamplona allá por los siglos IX y X..
Al salir de Cirauqui se desciende por un camino que no es otra cosa que el resto de una antigua vía romana, que conduce a un puente, también de aquella época, que a pesar de estar medio arruinado todavía es capaz de detener el paso del peregrino para admirarlo.
Seguimos nuestra marcha entre caminos de tierra y los numerosos desvíos provisionales que nos han caído en gracia merced a las obras de la autopista Pamplona-Logroño. Si ya es incómodo andar por el asfalto, más lo es por caminos provisionales que zigzaguean alrededor de la senda original, doblando las distancias y afeando la ruta.
A mitad del trayecto entre Cirauqui y Lorca, encontramos a un lado del camino, a un peregrino descansando tranquilamente a la sombra del único árbol, casi arbusto, que había por las inmediaciones. El hombre en cuestión era como de unos 50 años, enjuto, seco y quemado por el sol, escribía unas líneas sobre una hoja de papel que apoyaba sobre un mapa:
- ¡Buen camino!
- Lo mismo, -el hombre alzó la vista, nos miró y continuo diciendo- aunque a mi me queda menos que a ustedes, porque ya voy de vuelta.
- ¿Ah si?, ¿Vuelve de Santiago?
- Si, salí de Najera y fui hasta Finisterre. Ahora a la vuelta quiero hacer el camino entero y llegar a Roncesvalles.
- Y fue usted hasta Finisterre…
- Si. Allá se puede ir al faro a ver el mar para dar por terminado el camino, comprarse uno unas botas nuevas… y hay un albergue que está muy bien…
- ¿Cuanto tardó usted en llegar a Santiago?
- Desde Najera unos 15 días –nos respondió mientras con la mano hacía un gesto indicando que era una cantidad aproximada.
- ¿Y qué nos puede decir del Camino?
- Que en la próximas etapas van a pasar ustedes mucho calor, y más en las fechas en las que estamos… Pero caminen ustedes con ánimo, pues cuando lleguen a Galicia todo es agua y sombra…, aquello es muy bonito y muy agradable de andar…
Nos despedimos volviéndonos a desear un buen camino y continuamos nuestra marcha. Desde hacía ya un tiempo veíamos a lo lejos un grupo de alrededor de una docena de peregrinos que nos precedían. De repente subieron una cuesta en cuyo último tramo había que ayudarse de las manos para hacerlo y se detuvieron, como esperando a algo.
Al poco llegamos nosotros. Al ver que dudábamos de que el camino fuera por allá, uno de ellos se dirigió a nosotros:
- Son ustedes españoles
- Pues si
- Tome mi mano que le ayudo subir.
Le extendí la mano, y después hizo lo mismo mi compañera. Gracias a su ayuda no necesitamos escalar ese pequeño tramo para continuar el camino.
Mientras agradecíamos al grupo de peregrinos, que descubrimos eran alemanes, el detalle de habernos ayudado, vimos como según llegamos allá todos ellos se disponían a continuar el camino.
- Les hemos visto venir y estábamos esperándoles para ayudarles –nos explicó uno de ellos que hablaba bastante bien el castellano.
De ahí se desciende al poco a una carretera que pasa bajo un viaducto. Entonces, el peregrino toma un camino que hay a su izquierda y, tras una breve caminata, llega al puente que cruza el Rio Salado, muy conocido por lo que cuenta de él en el siglo XII Aymeric Picaud:
“Cuando íbamos a Santiago encontramos en su orilla a dos navarros afilando sus navajas según costumbre, para desollar las bestias de los peregrinos que beben de aquella agua y mueren, los cuales a nuestras preguntas dijeron mintiendo, que era sana para beber; dimos de beber de ella a nuestros caballos y al instante murieron dos, y en el mismo lugar los desollaron.”
Para los que conocen la Guía del Peregrino, resulta curioso, cuando menos, que su presunto autor muestre tan repetidas veces su aversión hacia los Navarros. A lo largo de diferentes pasajes de la guía los presenta como gente salvaje e incivilizada, de costumbres más que deshonestas y extremadamente peligrosos para el peregrino.
Esto choca aún más si tenemos en cuenta que, por lo poco que sabemos, Aymeric Picaud era un espíritu curioso y viajero. En sus escritos nos relata cómo recorrió los caminos que discurren por todo el mundo cristiano del siglo XII, entre Jerusalén y Santiago. Consta que presenció cómo los monjes del monasterio de San Salvador del monte Tabor fabricaban pequeñas cruces de piedra, que entregaban a los peregrinos para que las llevaran colgadas del cuello; fue testigo en Saint-Gilles de una feroz reyerta entre franceses y gascones por el asiento inmediato al arca del Santo, con heridos y muertos; y, por supuesto, recorrió los caminos que llevan al peregrino hasta Santiago…
Es por este motivo por el que quizá resulten aún más llamativas sus apreciaciones sobre todo lo que en su guía se refiere a Navarra, ¿se trataba de cuestiones políticas?: hay que tener en cuenta que el texto está escrito por encargo del Papa Calixto II, de ahí que se le llame “Codex Calixtinus”, que era hermano de Raimundo de Borgoña, yerno y heredero, a través de su esposa, de Alfonso VI de Castilla; ¿era quizá una valoración personal?: parece ser también que el autor estuvo anteriormente en Navarra, según se puede deducir de alguno de sus escritos, aunque no se da ninguna referencia que pueda darnos alguna pista sobre el particular.
Por lo tanto, queda abierto el interrogante sobre la cuestión, y el motivo por el que Picaud mostraba tal desprecio por los navarros seguirá dando pie durante mucho tiempo a estudios y elucubraciones de todo tipo. Nosotros, por nuestra parte, preferimos continuar nuestro camino.
Bajo la canícula inmisericorde de aquel mediodía, y entre obras y cuestas que hacían cada vez más confuso el camino, llegamos casi perdidos y totalmente vencidos por el calor a Lorca. Su única calle nos condujo a la plaza del pueblo, un verdadero paraíso, donde descansaban a la sombra de árboles y edificios, un gran número de peregrinos que parecían estar tan agotados como nosotros.
La fuente de varios caños que había en esa plaza, estaba continuamente ocupada; nos acercamos, esperamos nuestro turno y cuando llegó, sin pensarlo dos veces, colocamos nuestras cabezas bajo el chorro, luego empapamos nuestros sombreros y después saciamos nuestra sed. Nos sentamos un instante en un banco para disfrutar el momento.
A los poco minutos seguimos nuestra marcha hasta encontrar en esa misma calle, un bar a nuestra derecha. Entramos en él para tomarnos, esta vez sí, dos cafés de verdad.
Mientras charlábamos con el camarero, sobre las obras de la autovía que tanto habían afectado al camino convirtiéndolo en una sucesión de desvíos, entró en el bar como un torrente el grupo de alemanes que antes nos habían ayudado tan amablemente. Les saludamos y el mismo que nos extendió la mano y nos habló en tan buen castellano se acercó a nosotros.
Nos contó que era de Hannover y pertenecía a una asociación cuyo nombre, aunque no soy capaz de reproducirlo como lo dijo, si que explicó que en alemán quería decir algo así como Asociación de Amigos del Camino de Santiago. Todos los años dedicaba, según nos dijo, dos semanas de sus vacaciones a hacer el Camino como guía de grupos de peregrinos alemanes en el tramo de Pamplona a Burgos. En esta última ciudad los deja en manos de otro guía que, como él, es alemán, habla perfectamente el castellano y les guiará durante otro tramo del Camino.
También estuvimos charlando con un peregrino de Valencia, que se tomaba plácidamente una Coca-Cola sentado en una de las mesas, mientras se fumaba un cigarro y nos explicaba que estaba haciendo el camino tranquilamente, tomándose todo el tiempo del mundo, pues su objetivo no era tanto llegar a Santiago como hacer el Camino y disfrutar de él y de lo que encontrara en su recorrido hasta agotar los días que tenía previsto para ello. Si no terminaba, podía continuar en otra ocasión.
Cada persona con la que vamos encontrándonos en el camino, y nosotros mismos, lo emprende de una manera distinta, y el ser testigo de ello es en cierto modo lo que enriquece sobremanera al peregrino al hacerlo conocedor de otras formas de afrontar un mismo reto.
Sellamos la credencial en ese mismo bar y salimos de Lorca por un camino que corre paralelo a la carretera. Después, se desvía a la izquierda y, poco a poco, va separándose ella. A mitad de camino entre Lorca y Villatuerta, debió existir un hospital de peregrinos del que no queda rastro.
El peregrino se adentra en Villatuerta por un barrio de elegantes villas, más adelante cruza un puente y puede visitar la parroquia con sus dos pórticos uno de los cuales, el interior, es románico. En la plaza hay una estatua de San Veremundo, de quién se dice que nació en este pueblo, aunque no debe estar del todo claro pues la vecina localidad de Arellano le disputa tal honor.
El caso es que nuestro santo ingresó en la comunidad benedictina de Irache hacia el año 1032. Veinte años después fue elegido para sustituir al hasta entonces abad del monasterio, su tío Munio. Cuentan que durante su gobierno la abadía vivió una esplendorosa época, instituyéndose como parada imprescindible de los peregrinos jacobeos, y casi simultáneamente se le fueron atribuyendo todo tipo de milagros: profecías, curación de enfermos, exorcismos, etc.
Al poco de salir de Villatuerta, el peregrino se cruza con la ermita de San Miguel, que fue un antiguo monasterio. Poco después desciende por una cuesta que le lleva hasta un puente sobre el Río Ega que conduce, después de un rato de camino hasta la entrada de Estella.
Sobre la fundación de Estella existe la leyenda clásica de aparición a pastorcillos, en la que se cuenta que unos pastores vieron un día que sobre la cima del monte Puy caían muchas estrellas. Se dirigieron al lugar y encontraron una cueva y dentro de ella una imagen de la Virgen. Muy contentos avisaron a la parroquia del suceso. Cuando el sacerdote y toda la comitiva quisieron sacarla de allí vieron que no podían moverla ni un centímetro: alguna fuerza misteriosa lo impedía. Dedujeron que la Virgen quería quedarse allí, así que levantaron un santuario en el lugar de la aparición y al poco surgió alrededor la villa de Estella.
La realidad, como siempre algo más prosaica que el mito, nos cuenta que allá por el siglo XI, Sancho Ramirez estableció un burgo a los pies de la fortaleza de Lizarra al que llamó, cosas de la traducción, Estella. Fueros mediante, se pobló rápidamente de Francos, Judíos, Vascones y todo tipo de foramontanos, hasta convertirla en muy poco tiempo en una de las principales villas del camino en Navarra.
Entramos deteniéndonos a tomar un poco de refresco en una fuente que hay a sus puertas. Después continuamos hasta la Iglesia del Santo Sepulcro, uno de los monumentos más llamativos que hemos visto en lo que llevamos de camino. Sentados en sus escaleras nos tomamos un descanso mientras comíamos una galleta, bebíamos un poco de agua y disfrutábamos de su espectacularidad.
De ahí marchamos hacia el albergue para sellar nuestra credencial, tras lo cual pensamos en retirarnos a buscar un lugar donde comer un bocadillo. Fue entonces cuando recordamos al peregrino canadiense, el que había perdido la credencial, y entramos de nuevo en el albergue para dejar el recado al hospitalero.
Hacíamos cola tras varios peregrinos aguardando nuestro turno, cuando entre los que teníamos delante, justo el que acababa de ser atendido, nos pareció ver aquél al que buscábamos. ¡Qué casualidad!.
Nos acercamos a él y le preguntamos si era David y si había perdido su credencial. Bastante sorprendido, nos dijo que sí, nos enseño la nueva que había solicitado en ese mismo albergue…
Tras explicarle lo sucedido llamamos a la mujer que había encontrado la credencial, dándole noticia de que habíamos dado en Estella con su dueño. Nos dijo que ese mismo día pasaría por el albergue, y se la entregaría al hospitalero para que éste a su vez se la diera al canadiense.
El peregrino, se deshizo en palabras de agradecimiento, quiso pagarnos la llamada, y ante su insistencia zanjé la cuestión diciéndole
- No, just give me your hand –le extendí la mano.
El canadiense, aparentemente emocionado, nos dio la mano
- god bless you –dijo.