Sigue, sigue adelante y no regreses,
Fiel hasta el fin del camino y tu vida,
No eches de menos un destino más fácil,
Tus pies sobre la tierra antes no hollada,
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

(Peregrino, Luis Cernuda)

 

Aquella mañana nos dieron las 8.30 frente al palacio episcopal de Astorga. Disfrutábamos sin casi haber abandonado el sueño, de una fresca amanecida iluminada por las primeras luces del día, en un silencio sólo interrumpido por el canto de las aves madrugadoras, y acompañados por esa soledad en la que se encuentran las calles una mañana en la que nadie parecía tener prisa.

 

- Si tienen pensado andar hoy, van a tener ustedes agua –nos devolvió a la realidad un hombre que pasaba por ahí.

 

- ¿Ah, sí?

 

- ¿Son ustedes de ciudad verdad?

 

- Pues sí señor

 

- Se ve…, si no, se hubieran dado cuenta de que cuando estos vencejos bajan tanto, es porque tienen que hacerlo para atrapar a los insectos que no pueden subir más por pesarles la humedad que envuelve sus alas. Eso es que viene la lluvia…

 

- ¡Vaya, pues no teníamos ni idea!

 

- ¿Y hasta dónde tienen pensado llegar ustedes?

 

- Hasta Rabanal del Camino si todo va bien.

 

- Pues tienen un buen camino. Verán poco antes de llegar el árbol más antiguo del camino. Es un roble del que cuentan que ya daba sombra a los peregrinos mucho antes de que nacieran nuestros abuelos ¡ahí es nada!...

 

Siguiendo las indicaciones de nuestra incondicional flecha amarilla, iniciamos el camino descendiendo por una serie de calles, hasta cruzar la N-VI Madrid -La Coruña. Después tomamos la carretera que se dirige a Castrillo de los Polvazares, por una senda que transcurre paralela a la carretera durante su primer tramo. Poco antes, y para continuar con el ritual que era ya obligado en todos nuestros comienzos de etapa, nos hicimos una fotografía, mejor dicho: nos la hicieron dos peregrinos americanos de cierta edad, que marchaban con energía un poco detrás de nosotros.

 

Al poco de salir de Astorga se llega a la Ermita de "Ecce Homo", perteneciente al pueblo de Valdeviejas, que queda a la derecha del camino, y que no es otro que la antigua "Villa Sancti Verissimi" del Códice Calixtino. Según se cuenta, tuvo un hospital de peregrinos llamado de Sancha Pérez, seguramente en honor a su fundadora, aunque luego fue rebautizado con el nombre de la cofradía que se hizo cargo de él, la de los "Mártires".

 

Mas o menos a esa altura se cruza por un paso elevado la Autovía y poco después el Rio Jerga. Ahí se abandona la carretera de Castrillo para enfilarse hacia Murias de Rechivaldo, el primero de los pueblos por los que pasa esta etapa del camino.

 

Tomado ya el ritmo del paso, marchábamos entretenidos hablando de la Maragatería, comarca de la que era capital Astorga y en la que nos adentrábamos ahora totalmente.

 

En ello estábamos cuando nos alcanzó un peregrino que empezaba ese mismo día su camino. Según nos dijo, salía de su casa de Astorga y esperaba llegar a Santiago en menos de diez días. Se unió a nosotros en medio de la conversación sobre los maragatos, y en ella nos invitó a continuar después de las presentaciones de rigor.

 

Nos contó que aquella comarca se llamaba originalmente “La Somoza”, apelativo procedente del término “submontia”, en referencia a que se trata de una zona ubicada al abrigo de los Montes de León.

 

Lejos de lo que se cuentan en las interminables bibliografías que se han escrito sobre los maragatos, esta denominación no aparece hasta el siglo XVIII. Según nos explicó, es muy probable que fuera su modo de vida y su ocupación como arrieros y mercaderes la que originó el apelativo de “maragato”, relacionado, a decir de algunos autores, con el termino latino “mercator”.

 

Íbamos recorriendo los dos kilómetros que separan Valdeviejas de Murias de Rechivaldo inmersos en nuestra animada charla, poniendo en común lo que sabíamos de los maragatos que, en el caso de nuestro nuevo compañero, dado que era de aquellos contornos, era más de lo que nosotros podíamos saber. Señaló que desde la época de los Reyes Católicos y hasta bien avanzado en siglo XIX, algunas de las familias de arrieros de esta zona fueron enriqueciéndose con el monopolio del transporte de mercancías entre el noroeste de la península y el centro.

 

- Habéis oído hablar de las conservas Calvo, por ejemplo

- Si, claro

- Pues tienen su origen en una familia de estos contornos, que comenzó dedicándose al transporte de pescados desde Galicia hasta Madrid. Eso hizo que, desde un principio, se familiarizaran con las técnicas de conservación de su mercancía, y que recibieran con los brazos abiertos un invento tan útil para ellos como las conservas.

 

Al llegar a Murias de Rechivaldo nos detuvimos en el centro del pueblo para apreciar el modo en que su estructura obedece a lo que es un pueblo típicamente maragato, dispuesto a ambos lados del camino que lo atraviesa, de manera muy semejante a aquellos que jalonan la ruta jacobea.

 

Vimos que una de aquellas antiguas viviendas de piedra estaba abierta, y nuestro acompañante nos invitó a asomarnos para ver su interior, mientras nos explicaba el por qué de su disposición: desde el portón de acceso, con su característico arco, se accede a un patio interior cerrado por un muro a su izquierda y por el resto de sus lados por un edificio de dos alturas.

 

Según nos contó, los propietarios llevaban hasta dicho patio sus recuas, descargándolas así al abrigo de la vista y curiosidad de sus convecinos, y a pocos pasos de los establos y almacenes de la vivienda que ocupaban exclusivamente, junto con la cocina, toda la planta baja. El piso superior estaba adornado con una preciosa balconada pintada en color verde, desde la que se accede a las diferentes estancias en las que habitan sus propietarios.

 

Volvimos a detenernos frente a la iglesia parroquial de San Esteban, del siglo XVIII, para apreciar el relieve de la Virgen del Pilar que hay cobijado en una hornacina sobre el dintel de la puerta. Allá, nuestro acompañante nos contó que Murias no había estado siempre ahí, pues a principios del mismo siglo en que se construyó aquella parroquia, una riada destruyó el pueblo completamente en su antiguo emplazamiento a la orilla del rio Jerga, decidiendo sus vecinos reconstruirlo donde ahora está, en un lugar menos dado a las inundaciones.

 

Por desgracia, nuestro acompañante se despidió de nosotros tras contarnos esta última historia, pues pensaba visitar a un familiar que vivía allá. Amablemente nos invitó a acompañarle, pero preferimos continuar algo más de camino.

 

Seguimos hasta el albergue que hay a la salida del pueblo, y allá sellamos nuestra credencial. Después continuamos por un andadero que en línea recta se internaba en medio del campo. Pero al poco nos dimos cuenta de que nos habíamos confundido pues queríamos pasar por el desvío que va a Castrillo, y visitar aquél lugar, aunque no está oficialmente en el camino: no era mucha más la distancia a andar y creímos que merecía la pena hacerlo. Así que nos dimos la vuelta, volvimos al albergue y preguntamos por la ruta a seguir al hospitalero, que por el acento nos pareció que era francés, y nos dijo que  siguiendo ese mismo camino, tomáramos el primero que sale a la derecha.

 

Mientras hablábamos de esto con el hospitalero, nos alcanzó un grupo de peregrinos, entre los que venían los cuatro amables extremeños que el día anterior nos había acompañado un trecho del camino.

 

Volvimos a tomar el andadero que sale de Murias, y al poco rato nos desviamos por donde nos habían indicado. Durante un rato marchamos en la más profunda de las soledades –cosa que no habíamos hecho aquél día hasta entonces-, y pudimos darnos a reflexionar sobre lo que nos quedaba de camino. Sabíamos que con esta etapa habían terminado las enormes llanuras que nos han acompañado en nuestro paso por Castilla y León, y que nos han permitido reservar fuerzas para afrontar lo que toca a partir de ahora. De hecho, las guías que habíamos consultado, advertían que era en Murias de Rechivaldo donde arranca la subida que obligará al peregrino a realizar un suave y constante ascenso hasta llegar, en la siguiente etapa, a la mítica Cruz de Ferro en el Monte Irago.

 

A medio camino de ese desvío que habíamos tomado, nos detuvimos un momento, nos dimos la vuelta y desde aquel solitario y olvidado punto pudimos ver las torres de la Catedral y la silueta de Astorga iluminadas por una luz primaveral tan brillante y rodeada de claroscuros, que nos tuvo allí parados y en silencio, totalmente embebidos en la belleza del espectáculo, durante un buen rato.

 

A las puertas de Castrillo de los Polvazares el camino de servicio por el que habíamos llegado hasta allá, desemboca en la carretera y, tras atravesar un puente, el caminante entra ya en el pueblo.  

 

Apenas nos encontramos a nadie por las calles, todavía no habían dado las diez, hora en la que quien tiene que salir, ya ha salido, y quien no, lo hará más tarde. Una vez más todo era silencio, interrumpido únicamente por el sonido de nuestros bastones avanzando por aquellas hermosas calles empedradas, rodeadas de algunas de las muestras más imponentes de la arquitectura maragata.

 

Castrillo, es sin duda famoso por muchas cosas: por su arquitectura, por la belleza de sus calles, por la tranquilidad que se respira en este lugar, incluso fue escenario de una conocida novela de Concha Espina titulada "La esfinge maragata"; pero algo que tampoco olvida el caminante, y menos a esas horas, es que es también célebre por su potente gastronomía. No, no era cosa de endosarse a esas horas entre pecho y espalda el famoso “cocido maragato”, que tan popular han hecho Cuca la Vaina y Maruja Botas, reconocidos templos del buen yantar por estos lugares. Pero sí que a los caminantes que se habían desviado hasta aquél lugar, les pareció buena idea entrarse en el establecimiento de Cuca y entretener el destemple de la mañana, y ese poco cansancio que tenían, con un buen desayuno. Y así lo hicimos.

 

Sin terciar apenas tiempo de espera, nos vimos sentados a la mesa del bar con sendos zumos de naranja y cafés, además de un enorme plato lleno de deliciosas rosquillas que daban la apariencia de no tener nada que ver con la bollería industrial. Un par de mesas mas adelante, una familia desayunaba tranquilamente, casi en silencio, y la camarera, una mujer delgada, no muy alta, morena y muy simpática y pizpireta, corría de una mesa a otra trayéndonos todo aquello que le íbamos pidiendo.

 

En una de aquellas se detuvo un rato a charlar con nosotros, y nos señaló una fotografía aérea del pueblo que colgaba de una de las paredes:

 

- ¿Ven ustedes? – nos dijo-, el camino pasaba por aquí, ¿Cómo se entiende si no que el pueblo esté dispuesto todo a lo largo de una calle que es la del camino?.

 

- Es posible…

 

- Lo que ocurre es que hay mucho interés en que pase por todos los lugares, pero existen varios estudios que demuestran que el camino pasaba por aquí. ¡Hasta hubo un Hospital de peregrinos en el pueblo!.

 

Salimos de Castrillo por el extremo opuesto, siguiendo una senda de tierra rojiza en medio de un descampado. Atravesamos un arroyo, que más parecía una charca, y pronto comenzamos a ascender de nuevo por una senda rodeada de matorrales hasta llegar, tras poco mas o menos tres kilómetros, a unirnos de nuevo al camino que venía desde Murias y que habíamos abandonado para desviarnos a Castrillo. Lo que queda de aquí hasta Santa Catalina de Somoza se hace en pocos minutos, caminando ya en paralelo a la carretera.

 

A la entrada del pueblo, mientras comenzaba a caer una suave llovizna, nos detuvo un hombre que estaba ahí apostado, vendiendo conchas, bordones y todo tipo de productos que se venden comúnmente como atrezzo del peregrino.

 

- Tengan ustedes cuidado con este charco –nos dijo señalando uno que se extendía a todo lo largo de la senda que, entre dos muretes, entraba en el pueblo.

 

- Sí –respondimos-, aunque no va a haber manera de evitarlo, y como está claro que hoy va a tocar mojarse, al final va a dar lo mismo empezar por hacerlo ahora.

 

- Así es –añadió mirando al cielo-, viene agua… Por cierto, ¿de dónde son ustedes?.

 

Se dice entre los peregrinos de manera un tanto romántica que a medida que uno se va acercando a los montes de León y al Bierzo, las gentes que encuentran por el camino dejan de preguntar a dónde van para simplemente interesarse por su lugar de procedencia. Es muy bonito, pero salvo en raras excepciones, a nadie le ha parecido interesarle a dónde íbamos, pero todos los que nos han parado han sentido una enorme curiosidad por saber de nuestro lugar de origen.

 

Entrados ya en conversación, nos contó que vivió durante mucho tiempo en el País Vasco, pero que debido a una dolencia del corazón abandonó todo y regresó a aquél que era su pueblo.

 

Cada vez llovía con más fuerza y aprovechando que nuestro contertulio desvió su atención hacia un matrimonio que en aquél momento aparecía por detrás de nosotros, nos despedimos.

 

- Si van ustedes a tomar café en el pueblo, vayan al bar que hay en la segunda calle de la izquierda, que es el de mi hijo –nos sonrió y después levantó una de las manos con la palma abierta y encogiéndose de hombros añadió- si quieren ¡eh!, ¡si quieren!...

 

El matrimonio que venía detrás no se detuvo a hablar con aquél hombre y entraron al pueblo junto a nosotros. Según nos contaron, eran de Bilbao y estaban haciendo el camino aprovechando las vacaciones para ir haciendo etapas, como nosotros. Curiosamente, descubrimos que habíamos coincidido la noche anterior cenando en “La Peseta”, un conocido restaurante de Astorga.

 

Sin hacer mucho caso de las recomendaciones que nos había dado el hombre de la entrada del pueblo, nos refugiamos de la lluvia en un bar amplio y agradable que había en la Calle Real, y después de tomarnos un café nos despedimos del matrimonio bilbaíno que se quedaba para comer algún bocadillo.

 

Antes de salir del pueblo, quisimos acercarnos a la parroquia para visitar una reliquia de San Blas, patrón del pueblo y uno de los santos más presentes a lo largo del camino, pero hubo mala suerte pues estaba cerrada.

 

Saliendo de Santa Catalina se deja a la izquierda un crucero y se continua por un andadero que corre paralelo a la carretera, hasta llegar a El Ganso, el siguiente pueblo en la etapa de aquél día.

 

Cuando entramos en el pueblo seguía lloviznando. Todo parecía estar cerrado, todo menos un bar de aspecto un tanto estrafalario llamado “cowboy”, ubicado en el interior de una nave que tenía la traza de haber sido en otras épocas una cochera. Pensamos en buscar otro sitio, pero no encontramos nada más, y la urgencia por pasar por el baño y tomar un café, pudo con nuestra resistencia.

 

Merodeando por el lugar nos encontramos con un peregrino con un aspecto algo extraño, con heridas en la cara como si se hubiera peleado y una actitud un tanto agitada:

 

- ¿Dónde está el bar de los peregrinos? –nos preguntó en un tono un tanto imperativo y sin mediar ningún tipo de saludo.

 

- ¿Buscas el albergue?.

 

- ¡No, no el bar! –nos respondió de mala manera, más agitado y dando muestras de o no estar en sus cabales, o de haber tomado algo que le ha llevado a esa situación.

 

Nos limitamos a encogernos de hombros y darle la espalda para entrar en el bar. Como se ha comentado antes, era este  un local que parecía haber sido una cochera, alargado con algunas mesitas distribuidas por aquí y por allá y una barra al fondo con un antiguo piano a un lado.

 

Cuando entramos, sólo había un joven peregrino almorzando tranquilamente en una de las mesas. Nos atendió una chica de unos veinte y pocos años, ojos claros y aspecto apacible. Pedimos un par de cafés y comenzamos a charlar con ella de las cosas habituales: de dónde veníamos, el tiempo que hacía, etc

 

En eso entró el peregrino del que hablamos antes montando mucho ruido, se acercó hasta el piano y comenzó a decir una serie de estupideces de las que no hicimos caso, por lo que después de un rato terminó por sentarse al fondo del local hablando sólo, como protestando.

 

- Imagino que pasará de todo por aquí.

 

- Así es –sonrió con resignación mientras se encogía de hombros-. De todas maneras ya me habían avisado por teléfono desde Santa Catalina que venía éste para aquí.

 

- ¿Ah sí?

 

- Sí, ha debido de hacer alguna por allá y me han llamado para avisarme imaginando que podía entrar aquí. No es la primera vez que pasa una de estas.

 

- ¿Necesitas algo? –le dijimos-, si quieres nos quedamos hasta que se marche.

 

- No, no hace falta, muchas gracias, majos –nos respondió dirigiéndonos una sonrisa de agradecimiento.

 

Así que un rato después terminamos nuestro café y nos despedimos de ella.

 

Desde el Bar Cowboy, el peregrino continúa su camino girando al poco a mano izquierda, bordeando la parroquia de Santiago.

 

- ¿A dónde van ustedes tan deprisa?

 

Sentado en un banco, junto a la parroquia, un hombre de más de 70 años, apoyado en su bastón, nos miraba sonriendo, dando muestras de querer detener nuestra marcha para entretener su aburrimiento con una conversación.

 

Estaba claro que era eso, que tenía ganas de conversar, pues nos lo ponía difícil para dejarle, así que durante un buen rato, que llegó a más de media hora, nos tuvo escuchándole hablar de política, de manera un tanto desvariada, de historia y de cómo veía pasar por ahí a numerosos peregrinos de todo tipo, tanto andando como en bici o a caballo.

 

Nos dijo también que alternaba sus estancias en aquél pueblo, con invernadas en Madrid, donde lleva viviendo casi toda su vida, aunque para entonces ya nos habíamos despedido por última vez, y dejamos paso en la conversación a unos peregrinos que habían llegado detrás de nosotros.

 

Continúa el peregrino ya hacia la última etapa de esta jornada: Rabanal, a cerca de 7 kilómetros desde el Ganso, en los que se alternan continuos y suaves sube y bajas, con alguna que otra corta y empinada pendiente; todo ello en paralelo a la carretera LE-142. Por fortuna, es una carretera poco transitada, y el peregrino apenas se ve molestado por el paso de los coches.

 

Es más, a medida que avanza, el caminante experimenta la agradable sensación de irse internando en un frondoso bosque dominado por el roble y la encina, algunos de estos ejemplares tienen un aspecto imponente, tanto que le hacen sentirse muy poca cosa frente a la grandeza y longevidad de la naturaleza que le rodea.

 

Poco a poco nos vamos adentrando en los Montes de León, tal y como lo denota el cambio en la orografía del terreno que hemos ido observando a lo largo de esta etapa. Nada que ver lo que veían en ese momento nuestros ojos, con el paisaje que nos acompañaba el día anterior e incluso aquella misma mañana. Después de tantas jornadas caminando casi sin descanso a cielo descubierto, resulta muy agradable para el peregrino aquella frondosidad y abundancia de sombra.

 

A la altura del puente de Pañote, que pasa el arroyo de Regueritas, hay un cruce en el que dicen que muchos peregrinos se pierden, pues confunden Rabanal Viejo al que uno puede dirigirse desviándose a mano derecha, con Rabanal del Camino, nuestro destino y al que se va cruzando el puente que hay a mano izquierda. Por cierto que muy cerca de aquí, hubo una importante explotación aurífera romana, concretamente en un lugar al que llaman Fucarola. Durante todo este tramo nos acompañó una suave llovizna que, en momentos, parecía arreciar por lo que parábamos tanto para ponernos como para quitarnos el chubasquero.

 

Al puente le sigue un breve y duro repecho que después continúa ascendiendo más suavemente, hasta casi el final de la etapa que ya está cerca, a poco más de tres kilómetros de aquél lugar. Durante un rato el peregrino se interna de nuevo en el bosque de tal manera que parece estar más alejado de la paralela de la carretera de lo que realmente está. A un lado se encuentra una red metálica que cierra el paso por la derecha, en la cual han ido los peregrinos insertando todo tipo de cruces, hechas a base de palos que cogen ahí mismo. Como es lógico, nosotros hicimos lo mismo.

 

Poco después, el peregrino encuentra a su izquierda el magnífico roble centenario del que ya nos habían hablado en Astorga. Es conocido como el “Carballo del peregrino”, y nos acercamos para tocarlo y sentir en nosotros la sombra de aquél ejemplar que tanto ha vivido.

 

De ahí se continúa siempre en paralelo a la carretera, subiendo una fuerte pendiente que nos lleva hasta la ermita del Santo Cristo de la Vera Cruz a las puertas de Rabanal del Camino. Mientras fotografiábamos este lugar, volvimos a encontrarnos con los extremeños del día anterior, que por lo que contaron hacían aquél día su última etapa hasta las próximas vacaciones.

 

Rabanal del Camino es un típico pueblo serrano, con merecida fama por su tradición gastronómica, que ha hecho de este pueblo uno de los lugares preferidos por los peregrinos para hacer alto en su etapa. Pero no se es justo si se limita a este circunstancia el motivo de ello, pues es también conocida la belleza del lugar, de la que tuvimos la oportunidad de disfrutar a nuestra llegada, así como de tratarse de un punto de descanso muy apropiado antes de emprender el ascenso al monte Tineo.

 

Según se llega y subiendo por sus calles enlosadas se accede al centro del pueblo, donde sobresale la pequeña y vieja Iglesia  Parroquial de Sta. María, y frente a ella, el famoso Refugio “Gaucelmoco-regentado por la Confraternity of Saint James y la Asociación de Amigos del Camino de El Bierzo.

 

Esta localidad de casonas macizas de piedra ha jugado un importante papel en la historia de los contornos: sirvió de avanzadilla a los Templarios de Ponferrada que protegían a los peregrinos que marchaban hacia el Bierzo; en la Casa de las Cuatro Esquinas hizo noche Felipe II en su peregrinación a Santiago; y desde esta villa, según la leyenda, Carlomagno y su fiel caballero bretón Anseïs contemplaron Astorga y Sahagún. Además, durante la Edad Media existieron varios hospitales e iglesias en este lugar en los que los peregrinos paraban a recobrar fuerzas y agruparse para pasar las cumbres del peligroso monte Irago donde acechaban los bandidos.

 

Mientras descansábamos sentados en un petril en la calle, satisfechos por haber llegado al final de aquella etapa, volvimos a encontrarnos con el matrimonio de bilbaínos, con quienes charlamos durante un rato, para luego dirigirnos a comer un pedazo de empanada en uno de los numerosos mesones que hay en aquél lugar.

 

Allá nos contaron la conocida historia de José Castro, un arriero maragato que fue encargado de transportar desde la costa de Galicia un arca que debería ser recogida por un desconocido en su propia casa. Según cuentan, pasó el tiempo y nadie reclamó aquello, por lo que el arriero se decidió a abrir el arca para ver si había alguna información que permitiera localizar al propietario, encontrándola repleta de oro y objetos preciosos, pero sin señal sobre la identidad del dueño. Los años siguieron pasando y el arriero, no queriéndose aprovechar de un tesoro que no consideraba suyo, decidió destinarlo a la construcción de la capilla de San José que aún está en pie en aquél mismo pueblo.

 

También nos contaron que cuando se acerca tormenta, la iglesia parroquial del pueblo toca las campanas solicitando auxilio a Santa Bárbara para invocar su protección.

 

Quedamos satisfechos por el camino realizado, y descansados gracias en gran parte al breve pero delicioso bocado que dimos a aquella empanada. La historia del arriero y la invocación a Santa Bárbara fue el complemento ideal para invitarnos a soñar tras aquella marcha; quién sabe –pensamos- si allá, en aquellas alturas del monte sagrado de Irago, que nos aguarda para nuestra próxima etapa, suena todavía el sonido metálico y solitario de aquellas campanas.