“On frémit quand on songe à ce qu’il
Faut de recherches pour arriver à la
Vérité sur le
détail le plus futile.”
(Stendhal)
Piensa el caminante, cuando lleva ya a sus
espaldas una larga porción de jornadas de marcha, que son pocas las cosas que
le pueden sorprender, que esperándole a
la vuelta del camino detengan con la sorpresa su paso lento y agotado. Sin
embargo, es la esperanza de ver más allá de donde alcanza el horizonte lo que
le anima a continuar esa interminable senda que alarga cada vez más el tiempo
transcurrido desde que se inició la marcha.
Dos son los caminos a los que se enfrenta el que
esto escribe: el que por su paso le lleva hasta la ciudad santa; y aquél que
por sus manos desgrana en palabras todo aquello que va quedando a su espalda.
Son igual de agotadores, pero el segundo de ellos requiere el esfuerzo del
recuerdo, construido a partes iguales por el dolor de evocar aquello que no
volverá a ser, y el engaño que enmascara la memoria.
San Martín del Camino tiene una iglesia, como no
podía ser de otra manera llamándose así, dedicada al obispo de Tours, santo
fuertemente vinculado a los peregrinos. Es un pueblo silencioso, caminero, y en
el que apenas quedaron a hacer noche unos pocos peregrinos.
Cuando salimos habían pasado ya las nueve de la
mañana, acababa de caer una suave llovizna y el cielo iba aclarando; sólo
alguna grande y pesada nube ensombrecía el paisaje dando lugar a espectaculares
contraluces que llenaba de volúmenes aquellas extensas planicies.
El camino era muy parecido al del día anterior:
un sendero cómodo a un lado de la carretera, a su derecha en este caso. En
ocasiones cruzaba sobre un canal de regadío que daba servicio a los campos de
labranza que había junto a nosotros.
El fresco de la mañana y aquél silencio,
adornado por el fragante susurro del aire que llegaba desde las montañas
nevadas que veíamos a lo lejos, en la misma dirección en que marchábamos, nos
transmitía una sensación de plenitud que sólo se veía interrumpida por el
ocasional paso de algún coche que tocaba la bocina saludándonos y dándonos
ánimos en nuestro peregrinaje.
Sabe el que a estos menesteres se ha dedicado en
algún momento de su vida, que es afición del caminante entretener sus
aburrimientos, o retrasar el empleo de aquellos pensamientos que tiene
reservados para momentos como éste, en todo aquello que rompe de alguna manera
con la rutina de lo que pasa ante sus ojos o suena en sus oídos.
Así, al poco de salir, el camino pasa por una
pequeña arboleda en la que abundaban los cuervos, que a esa hora de la mañana
parecían despertarse y desperezar de su sueño con el paso de los primeros
peregrinos.
Detuvimos la marcha para verlos con más
tranquilidad, a algunos los veíamos entrar y salir de entre las ramas, a otros
pasar fugazmente ante nosotros como dibujando en nuestra mirada la sombra
rápida del espíritu de Lug, señor de aquellas tierras
a las que nos dirigíamos.
Continuamos nuestro camino, siempre en paralelo
a la carretera, y sacamos unos barquillos que habíamos comprado en Leon dos días antes, para comerlos mientras marchábamos.
Cuando llevábamos ya andado algo más de una hora
el camino gira a la derecha, separándose de la carretera y llegando al poco a
Puente de Orbigo. Mientras íbamos entrando al pueblo
nos dimos cuenta de que el cielo se estaba llenando de voluminosas nubes, más
grandes y pesadas a cada momento. Se acercaba de nuevo la lluvia.
Parece ya obligado para todo el que pasa por
Puente y Hospital de Orbigo –pues así se llamaban las
dos localidades que se encuentran a uno y otro lado del rio-,
recordar la famosa y tan contada historia del “paso honrosso
de Don Suero de Quiñónez” ocurrido allá por el 1434, que fue año Compostelano.
Cuenta esta historia que el caballero leonés de dicho nombre provocó justas
durante un mes, del 10 de julio al 10 de agosto, venciendo en todos los
combates que tuvo, dejando 166 lanzas rotas, muchos heridos y hasta un muerto.
Al terminar, Don Suero soltó “su empresa
de oro que llevaba en el brazo derecho cerca de los morcillos, ricamente
obrada, tan ancha como dos dedos, con letras azules alrededor, que decían
Si a
vous ne plait de avoyr mesure,
Certes ie dis
Que ie suis
Sans venture”
Después peregrinó a Santiago, donde dejó como
ofrenda un grillete de plata sobredorada que se conserva aún entre las
reliquias de la catedral compostelana.
Lo que no es tan sabido es que en algún lugar de
estas interminables llanuras –“a doce millas de Asturica,
sobre el río Urbicus (Órbigo)”-, el rey visigodo Teoderico con el
apoyo de un amplio contingente de tropas de burgundios
y francos al mando de sus reyes Goudioc e Hilperico, se enfrentó a los suevos encabezados por su rey Rechiario. Aquél 5 de octubre de 456, los suevos fueron
masacrados y su propio rey moriría poco después en su capital Bracara a manos de los godos. Debió ser tan sonada la
derrota que el cronista Hydacio, contemporáneo de
aquellos hechos, llego a decir que “de este modo el reino de los suevos fue
aniquilado y definitivamente suprimido”.
Cruzamos pues la localidad de Puente de Orbigo hasta llegarnos a la gran obra de ingeniería que le
dio nombre: aquél era sin duda el mayor puente que habíamos cruzado hasta
entonces desde Roncesvalles. Nos paramos en medio de
él para leer en un panel y recordar la hazaña antes dicha. Abajo, en el río, un
hombre pescaba plácidamente con su caña en medio de las aguas que brillaban
doradas.
En el otro extremo del puente está Hospital de Orbigo, localidad algo posterior a Puente. Su origen está
en la Orden de San Juan de Jerusalén, que junto a la Iglesia de San Juan
Bautista levantó un hospital de peregrinos que es el que dio nombre al pueblo.
A la derecha del puente había un hostal llamado,
como no, Don Suero de Quiñones. Entramos a descansar un poco y a tomarnos un
café. Dentro la mujer que nos atendió hablaba animadamente con un cliente.
Continuamos por la calle principal sellando en
el albergue que tenía un aspecto muy agradable, y al que se entra llegando a
una especie de patio, alrededor del cual se distribuye el edificio. Poco más
adelante casi al final de la calle, a la izquierda, la dueña de un albergue
privado de San Miguel nos regaló una hoja en la que se representaba un corte
sección de lo que quedaba de camino.
Según salimos de Hospital de Orbigo
y como si estuviera esperando a sorprendernos marchando a despoblado, comenzó a
llover, por lo que nos pusimos los chubasqueros y continuamos la marcha.
En la misma salida del pueblo se propone al
peregrino dos opciones. La primera marca Astorga a 15 kilómetros y la segunda a
17. Si se opta por el más corto, se va por una camino paralelo a la nacional
120. En la segunda opción se pasa por Villares Órbigo y Santibáñez de Valdeiglesias,
es un tramo por caminos y pistas, de paramera entre charcos y algo de barro,
pero que promete al caminante más de esa soledad y recogimiento interior que
anda buscando.
A poco más de media hora de camino llegamos a Villares de Orbigo, de la que pudimos ver poco más que su iglesia
parroquial dedicada a Santiago, y tras callejear por el interior del pueblo
siguiendo las flechas que indicaban el camino, pasamos junto a un lavadero
desde el que poco a poco fuimos internándonos por un camino pedregoso y
desdibujado por medio de un bosque bajo.
Estábamos en este camino, cuando vimos algo más
adelante a un individuo que miraba como al infinito y que al vernos se alejó un
tanto del camino, comenzando a seguirnos en cuanto le rebasamos. Cuando nos parábamos
para mirar hacia atrás, detenía su paso, paseándose de un lado a otro con mal
disimulo.
Al poco, el camino desembocaba en una carretera,
donde nos detuvimos para volver una vez más la vista atrás y viendo que
continuaba siguiéndonos, decidimos llamar a la policía y dar parte de lo que
nos ocurría. Así lo hicimos y en el ínterin aparecieron por el camino un grupo
de peregrinos a quienes les contamos lo que ocurría y les preguntamos si
podíamos marchar con ellos, por lo menos hasta el siguiente pueblo. Ellos
aceptaron amablemente.
A estos peregrinos los habíamos visto ya varias
veces a lo largo de aquella jornada. Eran dos matrimonios que, a lo que
parecía, estaban unidos por una estrecha amistad. Procedían de una localidad de
Badajoz, que ahora no recuerdo como se llamaba, y según nos contaron hacían el
camino al igual que nosotros en sus periodos vacacionales y esperaban hacer los
últimos cien kilómetros en compañía de sus hijos.
Hablando con ellos descendimos por la carretera
del alto en el que nos habíamos encontrado hasta llegar a Santibáñez de Valdeiglesias. A la entrada del pueblo, un coche de la
Guardia Civil, se llegó hasta nosotros y nos preguntó si éramos quienes les
habíamos llamado. Contestamos que sí y les señalamos el individuo que a lo
lejos continuaba siguiéndonos. Los agentes se despidieron y marcharon en
dirección al lugar que les habíamos indicado.
Continuamos camino con nuestros amables
acompañantes pasando por el albergue parroquial donde sellamos nuestras
credenciales y continuamos rumbo a la salida del pueblo. Fue allá donde
volvieron a alcanzarnos los Guardias Civiles para decirnos que ya habían
alcanzado a aquél individuo, que era un disminuido psíquico y que lo llevaron
de vuelta a casa. Según nos dijeron no había nada de que preocuparse.
Durante un rato más seguimos con los peregrinos;
nos alejamos de Santibáñez y en una especie de merendero nos hicimos unas
fotos. A medida que continuamos el camino, ya en medio de un monte de bosque
bajo fuimos separándonos debido a que llevaban una marcha más rápida que
nosotros. En algún momento de aquél tramo que corre entre Santibáñez y San
Justo, aparecieron frente a nosotros un padre en moto seguido por sus dos hijos
en quaks que casi nos arrollan. Empleaban aquél
camino como si fuera exclusivamente suyo y ni siquiera hicieron un gesto
pidiendo disculpas. No era ni la primera ni la última vez que nos encontrábamos
con alguien que casi nos atropella con esos vehículos tan de moda hoy en día
entre determinadas personas y que tan agresivas son con el medioambiente.
Para entonces habíamos perdido ya de vista a
aquellos extremeños que tan amablemente nos habían
acogido. La última vez les vimos detenerse en un repecho del camino, bajo un árbol sentados y en disposición de almorzar algo.
Al fondo de una meseta, dimos con la Cruz de
Santo Toribio desde donde se ve San Justo de la Vega y Astorga, una maravillosa
panorámica, con la Maragatería y las montañas del Bierzo de fondo. En aquél
lugar se unían los dos caminos que salían de Hospital de Orbigo.
Deslucía mucho el lugar la ingente cantidad de basura que hay en su entorno,
donde se ha habilitado una especie de merendero.
Cuenta la tradición que en este lugar donde se encuentra el
crucero Santo Toribio, obispo de Astorga, que había huido de la ciudad, sacudió
sus zapatillas mientras miraba a lo que dejaba detrás y dijo: "de esta
tierra no quiero guardar ni el polvo".
Llegamos tan hambrientos a San Justo de la Vega
que lo primero que hicimos fue buscar un lugar donde reponer fuerzas. A la
entrada del pueblo vimos dos carteles que nos las prometían muy felices: el Bar Julia donde anunciaban bocadillos, raciones, tapas, etc… y el Bar El Paraíso, donde
el agotado peregrino podía descansar saboreando bocadillos y raciones frente a
una playa fluvial. Pero al llegar al Bar Julia, nos
encontramos con una mujer con aspecto descuidado que charlaba distraídamente
con dos hombre en la barra. Le preguntamos si podíamos
tomar algún bocadillo y después de mirarnos un buen rato, preguntó a uno de los
de la barra si había pan y al decir éste que no, con esa desgana que deja pocas
dudas sobre la veracidad de la respuesta nos miró sin decir nada pero dejando
poco lugar a las dudas sobre lo que nos quería decir.
De ahí marchamos a El Paraíso, pensando en que
no sería mala nuestra suerte si en aquél lugar podíamos comer algo disfrutando
de la vista de la playa fluvial. Pero lo encontramos cerrado, por lo que
decidimos sentarnos a la sombra del edificio y comernos unas galletas que
llevábamos frente al río, reponiendo fuerzas antes de entrar en Astorga, ya a
poco más de cuatro kilómetros.
A la salida de San Justo de la Vega pasamos el
río Tuerto por una pasarela peatonal ancha, siguiendo después la carretera
N-120.
El último tramo del camino es un tanto
descuidado: está lleno de barro y piedras redondas que resienten los pies, a la
izquierda hay unas naves industriales un tanto siniestras, que parecen
abandonadas.
Después se pasa un puente de piedra rústica, una
especie de antiguo molino, y al poco se toma la pendiente que asciende
accediendo a Astorga.
Cuando llegamos era ya casi la media tarde, el lugar estaba lleno de
paseantes a la espera de la procesión que se iba a celebrar al poco. Nos
acercamos a un bar a tomarnos un bocadillo y después
pasamos a acomodarnos en nuestro alojamiento.
La llegada a Astorga tiene para el peregrino un significado especial:
termina uno de los tramos más largos del camino, aquél que ha seguido desde más
allá de las tierras de Burgos, y que durante muchísimas jornadas le ha hecho
caminar por amplias extensiones mesetarias, por
llanuras y páramos en los que la tierra y el cielo parecían confundirse a la
vista del peregrino. Todo quedaba atrás; frente al caminante comenzaba otra
etapa, la última, que llevaría nuestros pasos por sendas cada vez más elevadas,
por montañas y bosques espesos que desembocarían, al final ya de nuestro
camino, en la Ciudad de Santiago.
Pero para aquello quedaban todavía muchas jornadas de marcha…