“J'aime les nuages...
les nuages qui passent...
là-bas... là-bas...
les merveilleux nuages!”
(L’Étranger,
Charles Baudelaire)
Es una
verdadera lástima que la etapa que comienza en una de las ciudades más hermosas
y llena de atractivo del Camino, se encuentre en tan pésimas condiciones: mal
señalada, entre arcenes de alto riesgo para el caminante, por avenidas o entre
escombros y restos de obra. Es con diferencia la peor etapa que nos hemos
encontrado a lo largo del camino y prueba de ello es que incluso aquella que
discurría por las inmediaciones de Burgos, y que es conocida por los peregrinos
como “la peor”, resulte sin lugar a dudas mejor que ésta.
El
enojo y las continuas incomodidades que sufre el peregrino a lo largo de todo
éste camino, hacen que no se vea en él nada de especial atractivo, sino más
bien todo lo contrario, y que a la hora de describir nuestro paso hacia San Martín
del Camino me muestre breve y conciso.
Al poco
de partir pasamos junto al Hospital de San Marcos, una de las más
impresionantes joyas de la arquitectura Leonesa. Frente a él se encuentra el
crucero que antes estaba en el alto del Portillo, y que ya mencioné en la etapa
del día anterior.
Entramos
al ahora parador para sellar nuestra credencial en la recepción y continuamos
nuestro camino por un un puente peatonal. De allí
llegamos a una larga avenida que, a través de otro puente sobre unas vías, nos
condujo a Trobajo, antes pueblo y hoy en día barrio
periférico de León.
Aquí
nos perdimos, pues no vimos ninguna señalización, pero las amables indicaciones
de una vecina del lugar –no me cansaré de subrayar la excepcional amabilidad
con la que se nos trató en el tramo leonés del Camino-, nos condujeron hacía
una cuesta que discurría entre bodegas.
A la
puerta de una de ellas, nos detuvo una señora de muy avanzada edad que barría
la entrada:
-
¿Son ustedes peregrinos?.
-
Sí señora.
-
Pues van hacia la Virgen del Camino, aquí la tenemos
nosotros mucha devoción y todos los años hacemos una romería allá.
-
Si todo va bien llegaremos en una hora.
-
Si, eso es lo que hay más menos hasta allá. Que tengan
Ustedes buen camino.
En lo alto de la cuesta hay un pedestal en el que en su día debió haber un
crucero. Recordando al de El Portillo echamos la vista atrás y vimos una
completa panorámica de la ciudad de León.
Pronto
entramos en un polígono industrial y, tras un largo periplo entre naves, dimos
con el arcén de la carretera que nos introducía en la localidad de Virgen del
Camino. Marchamos, como lo indicaban las señales, por el borde de la carretera
con los vehículos que venían por nuestra espalda casi rozándonos.
A
continuación se sigue una amplia avenida que termina en el Santuario de la
Virgen del Camino, de estilo modernista y con unas enormes estatuas de bronce.
Frente
a ella cruzamos la carretera y comenzamos a descender una cuesta para llegar a una zona de descampado desde donde
el camino se dispone a sortear el nudo de carreteras y autovías que tiene ante
sí.
Allí
nos encontramos con una peregrina extranjera que intentaba dar con el desvío
del Camino que pasa por Mazarife y que, según dicen,
a pesar de ser más largo es más agradable. Cuando nos preguntó por él, creíamos
que se refería a Madrid, pues pronunciaba el nombre con su acento como “Mazrif”, lo cual produjo en nosotros no poca extrañeza
hasta que dimos en entenderla, pues veíamos extraño que quisiera desviarse
andando hasta la capital de España.
El caso
es que consultando nuestro mapa y siguiendo una señal que vimos al poco pudimos
avisarla para indicarle que era ahí, al poco de bajar la cuesta que sigue al
santuario de la Virgen del Camino, donde se encuentra el desvío. Se despidió de
nosotros dándonos las gracias, y continuó por aquél camino que, la verdad,
tampoco tenía muy buen aspecto.
Después
de sortear el nudo viario, continuamos nuestra marcha entre pabellones, hoteles
de carretera y gasolineras, hasta llegar a Valverde de la Virgen: más arcén y
después una larga calle que atraviesa el pueblo.
En San
Miguel del Camino, que es el siguiente pueblo, paramos a tomar
un café en el “Yantar del Peregrino”, donde la amable dependienta nos explicó
cómo hacen la famosa limonada del lugar y nos dio a probar una estupenda
cecina.
El resto del Camino va paralelo a la carretera hasta alcanzar Villadangos. Cuando
creíamos haber llegado a este lugar, descubrimos que aquél amasijo de
gasolineras, naves industriales y hoteles de carretera estaban aún a dos
kilómetros del pueblo, que en principio era nuestro final de etapa, y que gran
parte de lo que nos restaba –como guinda final- transcurría entre caminos de piedra
que se inca en las plantas de los doloridos pies por mucha zapatilla que se
lleve, escombros de restos de obra, pedregales, tierra batida, basura, montes
de gravilla y cruces de carretera. Queda el consuelo de que todo esto está aquí
porque, es un suponer, están
acondicionando el Camino.
A la
entrada de Villadangos, a un lado de la carretera, se encuentra el albergue.
Allá fuimos y aunque no estaba el hospitalero, se podía acceder a él y en su
jardín equipado con unas mesas paramos a descansar y descalzarnos un rato –éste
es uno de los mayores placeres que experimenta el caminante al terminar su
jornada- mientras charlábamos con otros peregrinos.
Allá
nos encontramos con la peregrina que nos había preguntado por el desvío a
Matarife. Según parece, no le gusto demasiado el aspecto de aquél, y
volviéndose por donde había marchado, retomó la misma ruta que nosotros hasta
Villadangos. Allá se quedó meditando a un lado del jardín del albergue,
separada del resto de los peregrinos.
Unos
catalanes, que como nosotros tenían que regresar a León, nos dijeron que pasaba
por aquél pueblo un autobús en cosa de hora y media. Fuimos a enterarnos al bar que hacía las veces de parada y al decirnos que también
pasaba por el pueblo siguiente, a unos cinco kilómetros, emprendimos la marcha,
un tanto apretada, hasta San Martín del Camino.
Afortunadamente,
este último tramo se volvía más agradable, el camino, como lo hacía al comienzo
de nuestra etapa anterior corría tranquilo junto a la carretera, por una cómoda
y recta senda hasta nuestro mismo destino. El aire era fresco y agradable y, a
lo lejos se distinguían ya las nevadas montañas del Bierzo y, más allá,
Galicia…