Nemo in itinere contrarius sit ventis

nec a paupertate ferat vultum condolentis,

sed proponat sibi spem semper confidentis,

nam post grande malum sors sequitur gaudentis.

 

("Cum in orbem universum", poema goliardo CB 219)

 

 

La estación de tren de El Burgo Ranero está un tanto alejada del pueblo y si uno no conoce el camino, es muy posible que tenga ciertas dudas de cómo llegar a él. Afortunadamente, aquella mañana bajó del tren que nos traía de León a la vez que nosotros, un hombre que por la marcha decidida que llevaba parecía conocer bien el lugar. Le preguntamos por el camino al pueblo y amablemente nos lo indicó él mismo iba en esa misma dirección por lo que acomodamos nuestro paso al suyo e iniciamos una amena conversación acerca de lo que nos había llevado a cada uno de nosotros al pueblo:

 

-         Yo vivo en León con mi mujer, pero una vez a la semana vengo a dar de comer a los animales que tenemos en una casa aquí a la entrada de El Burgo –nos dijo señalando el pueblo.

 

-         Parece un lugar muy tranquilo.

 

-          Sí lo es. Algunos fines de semana aprovechamos mi mujer y yo y venimos a pasarlo aquí, pero éste no porque ella está algo enferma.

 

-         Pues esperemos que no sea nada.

 

-         No lo parece, cosa de un frío que se cogió, pero nada más –nos respondió-. Y ustedes, ¿van a comenzar el camino desde El Burgo?.

 

-         Bueno, si. El año pasado llegamos hasta aquí desde Roncesvalles, pero tuvimos que dejarlo por falta de tiempo: se nos acababan los días libres… -le respondimos mientras ya nos acercábamos a las primeras casas del pueblo-, y hoy lo retomamos para terminar en Finisterre.

 

Al llegar junto a una casa que estaba a las puertas de El Burgo a la izquierda del camino, nuestro amigo detuvo su paso, dijo que aquella era la casa a la que iba y tras despedirse de nosotros y desearnos un buen camino, entró en ella.

 

Entramos en El Burgo Ranero por un camino que da cerca del albergue de Domenico Laffi, que es donde habíamos sellado por última vez el año pasado, donde nos habíamos encontrado por última vez a aquél peregrino italiano y donde abandonamos hasta hoy nuestro camino. Como es lógico, no pudimos evitar estas evocaciones, sintiendo una buena porción de entusiasmo y alegría por vernos de nuevo ahí.

 

- A estas alturas del año, el paso de los peregrinos parece ya una procesión –nos dijo un hombre que descansaba en un banco entretenido en el paso de los concheros.

 

Efectivamente a lo largo del pueblo vimos muchos peregrinos que parecían disponerse a empezar o continuar su camino.

 

-         Parece que nos hemos puesto todos de acuerdo para venir aquí –le respondimos.

 

-         Sí, llevan ya varios días así.

 

-         Es que hay que aprovechar las vacaciones para hacer el camino.

 

-         Saben ustedes porqué le dicen El Burgo Ranero a este pueblo.

 

-         Pues porque en tiempos, según tengo entendido, debía haber por aquí muchas charcas llenas de ranas.

 

-         Así es, pero no diga usted en tiempos porque aún nos queda alguna charca: siguiendo el camino al salir del pueblo verán una –señaló hacia delante-, seguramente oirán a las ranas, aunque si se compara con el escándalo que montaban cuando yo era chico eso no es nada -asentimos con la cabeza, dejando que continuara-, había noches que ni se podía dormir del ruido, había miles de ellas –volvió a dirigir la mirada hacia salida del pueblo- ahora las charcas se han desecado y apenas habrá unos cientos…

 

-         Que lástima

 

-         Pero si ustedes vienen por la primavera podrán disfrutar de las manadas de cigueñas que vienen a alimentarse a estas charcas de ellas y de las serpientes que hay también por ahí…

 

-         ¿Y qué me dice usted de los lobos? –le dije- ¿sabe que el albergue del pueblo tiene el nombre de un peregrino que encontró a las puertas del pueblo un hombre siendo devorado por unos lobos?, de eso hace mucho tiempo…

 

-         ¡Que no lo sé, y tanto que lo sé! –dijo seguro de sí mismo-aquí había un paso de lobos por el que bajaban de las montañas en invierno –ahora señalaba las montañas que en el lejano norte se adivinaban en el horizonte-.

 

No era la primera vez que oíamos hablar de ello a lo largo del camino. Que dijera que aquél lugar era llamado “el paso de los lobos” me retrotrajo a mi más tierna infancia, cuando en las temporadas de frío, y hasta durante la llegada de la primavera, se adornaban las puertas de algunos caseríos con los restos de aquellos animales, diezmados por la furia y la escopeta de los señores del monte. Había lobos, zorros, jabalíes,…; cualquier cosa que pudiera moverse libre por las inmediaciones de sus viviendas, acababa colgada y expuesta a la vista de quienes pasábamos por ahí.

 

- Así ganamos en paz y tranquilidad en el pueblo –era lo que se decía.

 

Recuerdo ver sus heridas abiertas por obra y gracia de aquellos cartuchos cilíndricos que poblaban, como si fueran setas, los lugares más recónditos del bosque. Recuerdo también haberlos coleccionado sin saber por qué motivo, quizá atraído por la variedad de sus colores; es posible que se debiera a que los niños soñábamos entonces con tener una escopeta.

 

Las moscas se arremolinaban en torno a las manchas ocres y pegajosas que sembraban aquellos cuerpos colgados, y el calor, cuando lo había, espesaba tanto el ambiente que parecíamos estar sumergidos en un denso potaje.

 

-         No, no se preocupen ustedes –nos dijo al adivinar en nuestros pensamientos una sombra de desazón-, que ya no pasan por aquí. Hace mucho que han dejado de hacerlo.

 

Era difícil resistirse a lanzar, aunque fuera de manera fugaz, una mirada a aquellas montañas que recortaban el horizonte al final del interminable llano. Uno sólo imaginaba oír el sonido del viento enredado en sus cumbres; nada más. La nieve permanecería impoluta, sin una sola huella.

 

Nos despedimos de aquél hombre y continuamos nuestro camino. Al frente, hacia donde nosotros íbamos, nacía la carretera que conducía al siguiente pueblo. Junto a ella, en la pared de una casa estaba escrito en grandes letras con pintura:

 

“Hijos de puta 7 km

 

Nos paramos a hacer una fotografía: el paso de los lobos no había desaparecido; sólo había cambiado de lugar…

 

Salimos de El Burgo rodeando la pequeña laguna de la que nos había hablado antes aquél hombre. Tuvimos la oportunidad de oir el croar de unas ranas e iniciar así en ese mismo momento –eran alrededor de las 10 de la mañana-, esa larga etapa que nos conduciría, tras cerca de 40 kilómetros de marcha, hasta la ciudad de León.

 

Al poco se pasa junto al cementerio del pueblo, de nueva fábrica, y continúa el camino en paralelo a la carretera junto a campos de labranza, donde tuvimos la oportunidad de ver en diferentes ocasiones a cigüeñas picoteando el suelo en busca, seguramente, de pequeños insectos o semillas…

 

La marcha se realiza en casi todo momento por un trayecto recto y llano, bordeado por la carretera y unos árboles. No hay una sola montaña que rompa el horizonte.

 

En medio de estas soledades nos acordamos del peregrino de Nájera que encontramos a nuestro paso por el sur de Navarra, aquél que nos contó que los árboles en el tramo de León están mal puestos, a la izquierda del camino, por lo cual cuando se pasa por la mañana, que es lo habitual, la sombra da al otro lado, sirviendo su sombra de bien poco. Afortunadamente para nosotros, en aquél momento el día tenía más nubes que claros, y corría una fresca brisa que suavizada el clima.

 

A medida que avanzábamos se nos iba haciendo más pesado el camino, más largo, sin ver en el horizonte infinito la torre de alguna iglesia que nos anunciara la proximidad del siguiente pueblo. Sobre nosotros volaba un ultraligero que había despegado de una pista próxima, las cigüeñas que seguían impasibles en su picoteo, gente que nos saludaba dándonos ánimo cuando nos rebasaban con sus coches …

 

Llevábamos ya cerca de dos horas de marcha cuando nos pusimos en paralelo a las vías del tren: según el mapa éste era el momento en el que cruzaríamos al otro lado y estaríamos en las proximidades del siguiente pueblo. Eso era lo que debía ser en tiempos; una vez más encontramos que se había modificado el camino –en lenguaje del sufrido peregrino “modificar” sólo significa una cosa: alargar-, y en lugar de atravesar las vías, el camino continúa en paralelo a ellas, girando a la izquierda y alejándose de nuestro punto de destino. No es difícil imaginar cuál es la sensación que invade al caminante en ocasiones como éstas; por lo menos no han tenido el cínico detalle de colocar un cartelito como el que nos encontramos a la salida de Burgos.

 

Afortunadamente, al poco de este giro se atraviesan las vías por un subterráneo, donde algunos peregrinos han dejado testimonio de su disgusto por este tramo extra, en un delicioso lenguaje mezcla de varios idiomas que refleja mejor que nada el espíritu del camino:

 

2 km. Nearly there Bocadillo”

This road is a broma mal gusto… no?!!!”

 

Poco después del túnel, el paisaje cambia favorablemente durante un rato: se llega a una especie de vaguada, donde hay vegetación, un arroyo, pequeños bosques dispersos de árboles en los que se oyen pájaros cantando. El frescor que produce todo ello es de agradecer en un momento en que el día ha terminado por despejar y comienza a sentirse algo de calor.

 

De ahí ascendemos hacia una pequeña paramera, y al poco encontramos un descenso al pie del cual, a muy corta distancia, está Reliegos y a lo lejos, como a hora y media de marcha, se ve Mansilla.

 

Es un pueblo pequeño, alargado y de casas de ladrillo de nueva fabrica. En la entrada, a los lados del camino, todavía se pueden ver cantidad de bodegas, algunas de las cuales parecen estar aún en uso. Nos contaron que hace ya tiempo que dejaron de ser viviendas, para convertirse en depósitos o lugares en los que los propietarios realizan meriendas y celebraciones.

 

En la plaza de Reliegos nos encontramos con varios grupos de peregrinos que, por su aspecto y por que no les volvimos a ver en el resto de los días, nos dio la sensación de que no estaban haciendo el camino como querían dar a entender. De esto seguramente tendré la oportunidad de hablar de manera más extensa en otras etapas.

 

El caso es que, bastante cansados y con mucha sed, entramos en el bar que había en esa misma plaza para reposar un rato. Allá pasamos escuchando cómo la propietaria contaba a uno de los parroquianos con todo lujo de detalles, cómo es en ese pueblo donde cayó, allá por el año 1947, el último meteorito del que se tiene constancia en España.

 

- Pero aquí se cae de todo –le dijo-, hace seis años, cayó la torre medieval que hay a la entrada del pueblo.

 

La sensación de abandono del patrimonio histórico y cultural por parte de las diferentes administraciones es algo que invade de continuo al peregrino a medida que va avanzando por el camino. Es la misma que se acentúa cuando se sale de éste país y se viaja a otros lugares de Europa, donde se nos llenan los ojos con la belleza y el perfecto cuidado que dedican en ellos a los conjuntos urbanos y monumentales. Quizá sea que la desidia y el desinterés es parte de nuestra identidad y de la quienes nos gobiernan.

 

- Si se la hubieran llevado pieza por pieza a otro país, seguro que todavía permanecería en pié y en perfecto estado –reflexionó alguien con cierto tono dramático desde la mesa contigua.

 

Cuando ya salíamos del pueblo, junto a un campo de fútbol, dimos con un cartel que nos trajo a la memoria ese famoso dicho del lugar:

 

“De Reliegos a Mansilla, una legua de Castilla”

 

Una legua de Castilla son exactamente 5,5 Km., y esa es la distancia que nos disponíamos a cubrir en ese momento hasta llegar al siguiente pueblo de esta etapa.

 

El camino de Reliegos a Mansilla es muy parecido al que nos llevamos caminado durante este día. Al salir del pueblo vimos como media docena de palomares, distintos a los que en su momento encontramos por tierras palentinas, ya que aquí son cuadrados con tejados a un agua.

 

Tardamos cerca de hora y media en cubrir esa milla castellana a lo largo de un recto y monótono camino en el que la única novedad que se dio fue la del creciente número de personas que nos saludaban y animaban desde sus coches cuando pasaban a nuestro lado. Esto es algo que no se nos había dado de esta manera en todo lo que llevamos andado desde Roncesvalles; y además de ser de agradecer, dice mucho en favor de la amabilidad, el respeto y el carácter hospitalario de las gentes de las tierras leonesas por las que íbamos pasando.

 

A Mansilla de las Mulas se entra por medio de unos pabellones industriales y poco antes de cruzar un puente hay a la izquierda la imagen de una virgen peregrina. Allá nos detuvimos a descansar un rato, a beber un poco de agua para reponernos del fuerte calor que hacía y a repasar el mapa.

 

Mansilla de las Mulas mantiene parte de su carácter de lugar amurallado, de pueblo con cierto regusto medieval en el que se conservan aún algunos ejemplos de la arquitectura urbana de tiempos pretéritos que dan al lugar un aire bastante agradable.

 

Merece la pena recordar la asociación de esta localidad con una de las figuras más pintorescas de la literatura del Siglo de Oro español, la "pícara" Justina, que como posadera que fue de Mansilla, es seguro que aprendió muchas de sus artimañas de los peregrinos compostelanos que por ahí pasaban.

 

Nuestra llegada tuvo lugar rozando el mediodía y eso explica que nos encontráramos sus principales calles abarrotadas de gente y los bares, en alguno de los cuales queríamos entrar a comernos un bocadillo, llenos hasta las puertas.

 

Vista la imposibilidad de entrar en ninguno de ellos, optamos por acercarnos primero al albergue y sellar nuestra credencial. Afortunadamente, en la parte trasera del mismo vimos un bar en el que apenas había nadie, y a él entramos a reponer fuerzas durante un rato.

 

En la Taberna del José –que es como se llamaba el bar-, nos tomamos unos bocadillos de Cecina, agua y café, mientras oíamos escuchando a ratos a un grupo de gentes del lugar que alternaban su charla con la camarera con miradas fugaces a un episodio de “Los Simpson” que ponían en ese momento por la televisión:

 

-         ¿Así que no dependéis de Villaverde?- les preguntó ella.

 

-         ¿De Villaverde?, ¡De Villaverde! –exclamaron al unísono- ¡Bahh, que dices!.

 

-         Yo creía que sí.

 

-         ¡Los de Mansilla Mayor tenemos nuestro propio municipio! ¡tú que te crés!

 

Al calor de estas conversaciones de taberna, con ese sabor cotidiano y tan ajenas al forastero, le hacen sentir a uno la extraña y agradable sensación de estar viviendo, aunque sea muy fragmentariamente, las vidas de otros, las de aquellos que pueblan los lugares por los que se pasa y que despiertan en lo más íntimo la sensación de formar parte de  una gran representación, dentro de la cual cada uno no es sino un insignificante grano de arena. Esta es en gran medida una de las principales enseñanzas que se lleva consigo el peregrino para el resto de su existencia.

 

Salimos de Mansilla cruzando el puente sobre el Esla. Desde aquí y durante un buen tiempo fuimos atacados y perseguidos por una una nube de mosquitos que se cebó con nuestros cansados y ya acalorados cuerpos. De hecho, ya para entonces, la temperatura había subido extremadamente dejando un día muy caluroso y soleado que ralentizó e hizo más pesada nuestra marcha a partir de entonces.

 

Algo achacados por todo esto seguimos nuestro camino en paralelo a la carretera, como llevábamos haciéndolo casi todo el día, en dirección a Villamoros.

 

Pero lo peor, lo que iba a hacer de parte de lo que nos quedaba de etapa ese día un infierno, y de la del día siguiente la peor de todo lo que llevamos andado desde Roncesvalles, estaba por llegar.

 

En algún punto que no recuerdo entre Mansilla y Villamoros, el peregrino tiene que enfrentarse no sólo con la carencia de señalizaciones que se ha ido dando a lo largo de casi toda ésta etapa sino que, peor aún, tiene que caminar por el arcén de una carretera que es cada vez más concurrida, arriesgándose a ser atropellado por un vehículo –como a nosotros nos pasó casi con una moto-. Esto es el principio del vergonzoso recorrido que le espera al peregrino durante esta etapa y la siguiente.

 

Así pasamos Villamoros y llegamos hasta la entrada de Puente de Villarente, lugar al que da nombre su magnífico puente de veinte ojos y de factura irregular, al cual el peregrino no tiene tiempo, ni después ganas, de apreciarlo, pues ha tenido que preocuparse de pasarlo con vida por el arcén en medio de un tráfico intenso.

 

Dicen que este puente medieval fue un hito importante en el Camino de Santiago, siendo calificado como "ingente" por Aymeric Picaud en el Codex Calistinus. De él versa una leyenda que narra una historia de amor en la que un peregrino y la hija de unos ricos labradores grabaron el contorno de sus manos en la base del estribo de uno de los primeros ojos del puente en signo de amor eterno. Los mismos que la cuentan dicen que quién quiera puede aún ver en ese lugar las marcas de aquellas dos manos.

 

En el “Horno de Eladia” paramos a tomar un refresco y un poco de agua, y la simpática camarera nos regalo un par de pedazos de empanada de atún que, no sé si por propios méritos o por los del hambre que ya empezábamos a tener a esas alturas, nos pareció excepcional.

 

La salida de Puente de Villarente es bastante incómoda, seguimos pegados a la carretera y orientándonos a duras penas con la poca señalización que hay.  Pasamos junto a una gasolinera y cruzamos a la derecha de la carretera, internándonos por un camino que se aleja un tanto de ella. Allí nos encontramos con una peregrina extranjera acompañada de dos perritos que volvía de Santiago. Paramos a charlar con ella preguntándonos por el estado del camino por el que habíamos pasado cada uno de nosotros; quiso saber cuánto había hasta Mansilla, lugar donde quería terminar la etapa, y le dijimos que como dos horas y con mal camino; ella nos contó que en León íbamos a encontrar mucha gente por eso de las procesiones de Semana Santa.

 

Continuamos hasta Arcahueja, lugar al que se llega tras subir una corta pero pronunciada cuesta. Para entonces estábamos ya tan agotados, con los pies doloridos y asfixiados por el calor que volvimos a parar  en el bar del pueblo –llamado La Torre-, donde nos sentamos a descansar a la sombra de su terraza. La amable dueña nos dio unos calendarios de propaganda de su establecimiento, diciéndonos que pronto abrirían un albergue en ese lugar.

 

De Arcahueja se sale por una pista de tierra que pronto nos condujo a un camino de piedra. Bordeamos un pueblo y terminamos en unos pabellones industriales, a la sombra de los cuales volvimos a detenernos a descansar del calor y el cansancio y beber un poco de agua.

 

De aquí se va hacia el alto del Portillo atravesando de muy mala manera, y con mucho riesgo, una transitada autovía que lleva a León. Tuvimos que caminar después durante un rato por el arcén pegados casi a la carretera por la que no dejaban de pasar toda suerte de vehículos.

 

Desde el alto se divisa por fin la ciudad de León, en este lugar debió de haber hasta hace algunos años, un precioso crucero medieval que ha sido trasladado frente al hospital de San Marcos.

 

Afortunadamente se ha construido para el descenso un camino por el que el caminante puede bajar a la ciudad con toda tranquilidad. Allí nos alcanzó un peregrino Belga que acompasó su marcha a la nuestra y nos acompañó en agradable conversación hasta casi el final de esta etapa.

 

 

Por lo que nos contó, y eso lo pudimos comprobar, era una persona muy aficionada y acostumbrada a andar, hacía diariamente etapas de alrededor de 40 kilómetros por lo que aquello que estábamos haciendo nosotros aquél día de manera excepcional, era para él lo normal. Nos contó que aquella era la tercera vez que hacía el camino, y que lo había hecho desde su ciudad natal, Bruselas. Su intención era hacerlo por lo menos una vez más pero, en ese caso, por la costa.

 

Charlando sobre nuestra tierra –que él decía conocer-, y la suya –que nosotros conocemos algo-, cruzamos el puente sobre el río Torio, en el antiguo Puente Castro que ahora no es sino un barrio periférico de León. De allí continuamos charlando mientras nos internábamos en la ciudad.

 

Cerca ya del centro de León, a nuestro improvisado amigo le llamó la atención la cantidad de gente que marchaba por las calles en la misma dirección que nosotros. Le explicamos que al ser Jueves Santo, aquél día se celebraba una importante procesión. Le llamó mucho la atención el aspecto cuidado y elegante con el que iban estas gentes.

 

-         Van, como se suele decir aquí, endomingados, porque la procesión es una celebración religiosa muy importante, y esa es la costumbre.

 

-         ¿engominglós?

 

-         Endomingados, quiere  decir elegantes, “de domingo”.

 

-         Ahh endimanches.

 

Nos separamos a las puertas del albergue, él iba a continuar hasta el que había a las afueras de la ciudad. Nos despedimos seguros de que no íbamos a volver a vernos.

 

En la misma puerta, nos encontramos con un grupo de peregrinos de alrededor de cincuenta años, que a la vista saltaba que era poco lo que habían andado, aunque en un principio nos quisieron hacer creer lo contrario.

 

Al ir a sellar nuestra credencial, la hospitalera al vernos hablar con estos últimos debió de pensar que veníamos con ellos pues nos trató de muy mala manera y con bastante brusquedad.

 

Parece ser que habían querido alojarse en el albergue, reservado como es lógico a quienes hacen las etapas completas andando, y éstos llegaron al lugar queriendo hacernos creer a todos que venían andando ese día desde Sahagún: más de 50 kilómetros y ni rastro de sudor, ni una muestra de cansancio, ni una mancha en su vestidos. A medida que nos vamos acercando a Santiago, son más los individuos de esta especie que nos encontramos, pero de ello hablaré más extenso en otra ocasión.

 

Y es que hay cosas que no soy capaz de creerme de ninguna manera; ni aunque quisiera. Hay otras, en cambio, que por parecerme inocuas, y considerar que no me empujan a ningún compromiso y sí me aportan a cambio una visión poética con capacidad de conmoverme o emocionarme, me las creo como cree sus invenciones el mentiroso: con casi total firmeza.

 

Ese día de Jueves Santo llegamos a León –como queda dicho- con los pies muy doloridos, tras unos 40 kilómetros de marcha. Descansaban en aquél albergue un grupo de peregrinos de las más diversas nacionalidades, desparramados por el patio, guarecidos a la sombra de la balconada que rodeaba al lugar en toda su extensión.

 

Recuerdo sentir mucho calor, una fuerte molestia en el cuello producida por las quemaduras del sol, y un agudo dolor en los pies que daba la sensación de que iban a quebrarse en cualquier momento. Al sentarnos miré al cielo enmarcado por aquél patio: apenas había nubes, sólo alguna hebra desperdigada por aquí o allá. Ni una brizna de aire.

 

No sé si fue el cansancio, las ganas de caer rendido en ese espacio de sombra del que nos habíamos apropiado, o algún tipo de inspiración divina; el caso es que nos sentamos en el suelo, apoyamos nuestras espaldas contra la pared, y cerrando los ojos recité peor que mejor esos versos goliárdicos de Hugo de Orleáns que dicen

 

Domus mea totus mundus

quem pererro vagabundus

 

- ¿Para qué hago esto? – se pregunta uno cuando se encuentra en esa situación; y pronto se acallan sus pensamientos, pues es a ellos a quienes realmente dedica este peregrinaje.

 

Habíamos recuperado algo el aliento, lo suficiente por lo menos para fijarnos con más detenimiento en las personas que con nosotros compartían ese reparador descanso a la sombra de los muros de aquél albergue.

 

Los había de todos los sexos, edades, nacionalidad e incluso, estoy seguro, credos. A uno esto le produce una sensación bastante agradable y, a pesar de ser un tanto torpe con el manejo de los idiomas, se lanza con la ayuda de su compañera a intercambiar algunas palabras con quién este dispuesto a ello en una curiosísima mezcla de inglés, francés y español.

 

Había un inglés que venía desde su país y llevaba dos meses en el camino; una chica de Alemania que había salido Roncesvalles, y que hacía muy pocos kilómetros al día pues le gustaba detenerse en albergues solitarios a meditar y encontrarse a sí misma. Aquél día había hecho una excepción para conocer León. Una pareja de cuarenta y tantos años de Teruel lo hacía como nosotros “a cachos”, cuando sus vacaciones se lo permitían…

 

A muchos los conocíamos de haberlos visto aquél mismo día en el camino, a otros no hasta entonces, y a casi todos los volveríamos a ver a lo largo de las jornadas siguientes andando, descansando en albergues, mesones o bajo un árbol tomando la sombra y sintiendo el contacto maternal de la tierra.

 

Vimos a uno de ellos, creo recordar que era de la provincia de Badajoz, sacar de su mochila un rotulador negro grueso y dibujar en un lugar casi imperceptible de la pared una especie de “U” invertida que más parecía una herradura. Al vernos que seguíamos con la mirada lo que hacía, nos preguntó

 

- ¿sabéis que es esto?

 

- Pues no, ¿qué es?

 

- El testimonio de que he pasado por aquí

 

- ¿Y por qué una herradura?

 

- Porque lo que también hago es invocar a la buena suerte para mi viaje, para que se desarrolle sin ningún percance. Si llego a mi destino, al volver por aquí de regreso a mi casa, dibujaré una cruz dentro de ella en agradecimiento.

 

Asentimos con la cabeza, dando a entender que comprendíamos lo que decía.

 

- Si os fijáis en el templo de Puente la Reina, en San Juan de Ortega y otros muchos veréis que están llenas de símbolos de estos realizados por peregrinos medievales, algunas con la cruz y otras sin ellas.

 

- Pero podrían ser marcas de cantería…

 

- A diferencia de ellas, éstas siempre están al alcance del cuerpo humano y pueden verse varias en un mismo bloque.

 

Dejamos al peregrino entretenido en sus pensamientos, mientras nosotros salíamos a la calle a buscar un lugar donde comer un bocadillo.

 

- Victum quero verecundus

 

- ¿Qué?

 

- “Busco con rubor el alimento”, esto también es de Hugo de Orleans, del libro que estoy leyendo.

 

- Ya te vale…

 

Mientras caminábamos entre las multitudes de personas que abarrotaban las calles en espera del inicio de las procesiones, di en pensar que, al fin y al cabo, creer en aquello que nos había relatado aquél peregrino, era cosa parecida a la de aceptar o rechazar el placer de degustar una buena vianda o un licor perfectamente envejecido en una barrica de roble: no se trataba siquiera de creer, sino de evocar, de extraer la esencia poética que contiene esa historia, para disfrutar de ella cuando se presentara la ocasión.

 

- ¡Mira, ahí hay una herradura de esas, y sin cruz!

 

No era ningún tipo de casualidad, habíamos ido bocadillo en mano hasta la catedral, con el objeto de rastrear su fachada y ver si éramos capaces de dar con una de esas marcas.

 

Sin pensarlo dos veces nos acercamos a ella y recorrimos al tacto y en silencio durante un buen rato aquella “U” invertida. Había llegado el momento de disfrutar de la irracionalidad, de lo intuitivo, dejándose llevar por una idea: ¿y si todo aquello fuera verdad?.

 

Alguien, quizá hace novecientos años, detuvo su paso en ese mismo punto donde nosotros lo hacíamos ahora; sacó de su zurrón un punzón, y ayudándose de una piedra marcó golpe a golpe esa forma de herradura que ahora recorrían con suavidad en todo sus transcurso mis dedos. Al considerarla terminada, seguramente, sopló sobre ella como insuflándole vida, apartando el polvo y las astillas que pudieran quedar. Guardó todo, se quedó un rato mirándola con fijeza, y mientras se despedía de ella recorriéndola con sus dedos, se deseó a sí mismo la fortuna suficiente para volver a completarla. Después se marchó para no volver nunca más…