Nemo in itinere contrarius sit ventis
nec a paupertate ferat vultum condolentis,
sed proponat sibi spem semper
confidentis,
nam post grande malum sors sequitur gaudentis.
("Cum in orbem
universum", poema goliardo CB 219)
La estación
de tren de El Burgo Ranero está un tanto alejada del pueblo y si uno no conoce
el camino, es muy posible que tenga ciertas dudas de cómo llegar a él.
Afortunadamente, aquella mañana bajó del tren que nos traía de León a la vez
que nosotros, un hombre que por la marcha decidida que llevaba parecía conocer
bien el lugar. Le preguntamos por el camino al pueblo y amablemente nos lo
indicó él mismo iba en esa misma dirección por lo que acomodamos nuestro paso
al suyo e iniciamos una amena conversación acerca de lo que nos había llevado a
cada uno de nosotros al pueblo:
-
Yo vivo en León con mi mujer, pero una vez a la semana vengo
a dar de comer a los animales que tenemos en una casa aquí a la entrada de El
Burgo –nos dijo señalando el pueblo.
-
Parece un lugar muy tranquilo.
-
Sí lo es. Algunos
fines de semana aprovechamos mi mujer y yo y venimos a pasarlo aquí, pero éste
no porque ella está algo enferma.
-
Pues esperemos que no sea nada.
-
No lo parece, cosa de un frío que se cogió, pero nada más
–nos respondió-. Y ustedes, ¿van a comenzar el camino desde El Burgo?.
-
Bueno, si. El año pasado llegamos hasta aquí desde Roncesvalles, pero tuvimos que dejarlo por falta de tiempo:
se nos acababan los días libres… -le respondimos mientras ya nos acercábamos a
las primeras casas del pueblo-, y hoy lo retomamos para terminar en Finisterre.
Al
llegar junto a una casa que estaba a las puertas de El Burgo a la izquierda del
camino, nuestro amigo detuvo su paso, dijo que aquella era la casa a la que iba
y tras despedirse de nosotros y desearnos un buen camino, entró en ella.
Entramos
en El Burgo Ranero por un camino que da cerca del albergue de Domenico Laffi, que es donde habíamos sellado por última vez el año
pasado, donde nos habíamos encontrado por última vez a aquél peregrino italiano
y donde abandonamos hasta hoy nuestro camino. Como es lógico, no pudimos evitar
estas evocaciones, sintiendo una buena porción de entusiasmo y alegría por
vernos de nuevo ahí.
- A
estas alturas del año, el paso de los peregrinos parece ya una procesión –nos
dijo un hombre que descansaba en un banco entretenido en el paso de los
concheros.
Efectivamente
a lo largo del pueblo vimos muchos peregrinos que parecían disponerse a empezar
o continuar su camino.
-
Parece que nos hemos puesto todos de acuerdo para venir aquí
–le respondimos.
-
Sí, llevan ya varios días así.
-
Es que hay que aprovechar las vacaciones para hacer el
camino.
-
Saben ustedes porqué le dicen El Burgo Ranero a este pueblo.
-
Pues porque en tiempos, según tengo entendido, debía haber
por aquí muchas charcas llenas de ranas.
-
Así es, pero no diga usted en tiempos porque aún nos queda
alguna charca: siguiendo el camino al salir del pueblo verán una –señaló hacia
delante-, seguramente oirán a las ranas, aunque si se compara con el escándalo
que montaban cuando yo era chico eso no es nada -asentimos con la cabeza,
dejando que continuara-, había noches que ni se podía dormir del ruido, había
miles de ellas –volvió a dirigir la mirada hacia salida del pueblo- ahora las
charcas se han desecado y apenas habrá unos cientos…
-
Que lástima
-
Pero si ustedes vienen por la primavera podrán disfrutar de
las manadas de cigueñas que vienen a alimentarse a
estas charcas de ellas y de las serpientes que hay también por ahí…
-
¿Y qué me dice usted de los lobos? –le dije- ¿sabe que el
albergue del pueblo tiene el nombre de un peregrino que encontró a las puertas
del pueblo un hombre siendo devorado por unos lobos?, de eso hace mucho tiempo…
-
¡Que no lo sé, y tanto que lo sé! –dijo seguro de sí
mismo-aquí había un paso de lobos por el que bajaban de las montañas en
invierno –ahora señalaba las montañas que en el lejano norte se adivinaban en
el horizonte-.
No era
la primera vez que oíamos hablar de ello a lo largo del camino. Que dijera que
aquél lugar era llamado “el paso de los lobos” me retrotrajo a mi más tierna
infancia, cuando en las temporadas de frío, y hasta durante la llegada de la
primavera, se adornaban las puertas de algunos caseríos con los restos de
aquellos animales, diezmados por la furia y la escopeta de los señores del
monte. Había lobos, zorros, jabalíes,…; cualquier cosa que pudiera moverse
libre por las inmediaciones de sus viviendas, acababa colgada y expuesta a la
vista de quienes pasábamos por ahí.
- Así
ganamos en paz y tranquilidad en el pueblo –era lo que se decía.
Recuerdo
ver sus heridas abiertas por obra y gracia de aquellos cartuchos cilíndricos
que poblaban, como si fueran setas, los lugares más recónditos del bosque.
Recuerdo también haberlos coleccionado sin saber por qué motivo, quizá atraído
por la variedad de sus colores; es posible que se debiera a que los niños
soñábamos entonces con tener una escopeta.
Las
moscas se arremolinaban en torno a las manchas ocres y pegajosas que sembraban
aquellos cuerpos colgados, y el calor, cuando lo había, espesaba tanto el
ambiente que parecíamos estar sumergidos en un denso potaje.
-
No, no se preocupen ustedes –nos dijo al adivinar en
nuestros pensamientos una sombra de desazón-, que ya no pasan por aquí. Hace
mucho que han dejado de hacerlo.
Era
difícil resistirse a lanzar, aunque fuera de manera fugaz, una mirada a
aquellas montañas que recortaban el horizonte al final del interminable llano.
Uno sólo imaginaba oír el sonido del viento enredado en sus cumbres; nada más.
La nieve permanecería impoluta, sin una sola huella.
Nos
despedimos de aquél hombre y continuamos nuestro camino. Al frente, hacia donde
nosotros íbamos, nacía la carretera que conducía al siguiente pueblo. Junto a
ella, en la pared de una casa estaba escrito en grandes letras con pintura:
“Hijos
de puta
Nos
paramos a hacer una fotografía: el paso de los lobos no había desaparecido;
sólo había cambiado de lugar…
Salimos
de El Burgo rodeando la pequeña laguna de la que nos había hablado antes aquél
hombre. Tuvimos la oportunidad de oir el croar de
unas ranas e iniciar así en ese mismo momento –eran alrededor de las 10 de la
mañana-, esa larga etapa que nos conduciría, tras cerca de
Al poco
se pasa junto al cementerio del pueblo, de nueva fábrica, y continúa el camino
en paralelo a la carretera junto a campos de labranza, donde tuvimos la
oportunidad de ver en diferentes ocasiones a cigüeñas picoteando el suelo en
busca, seguramente, de pequeños insectos o semillas…
La
marcha se realiza en casi todo momento por un trayecto recto y llano, bordeado
por la carretera y unos árboles. No hay una sola montaña que rompa el
horizonte.
En medio
de estas soledades nos acordamos del peregrino de Nájera
que encontramos a nuestro paso por el sur de Navarra, aquél que nos contó que
los árboles en el tramo de León están mal puestos, a la izquierda del camino,
por lo cual cuando se pasa por la mañana, que es lo habitual, la sombra da al
otro lado, sirviendo su sombra de bien poco. Afortunadamente para nosotros, en
aquél momento el día tenía más nubes que claros, y corría una fresca brisa que
suavizada el clima.
A
medida que avanzábamos se nos iba haciendo más pesado el camino, más largo, sin
ver en el horizonte infinito la torre de alguna iglesia que nos anunciara la
proximidad del siguiente pueblo. Sobre nosotros volaba un ultraligero que había
despegado de una pista próxima, las cigüeñas que seguían impasibles en su
picoteo, gente que nos saludaba dándonos ánimo cuando nos rebasaban con sus coches …
Llevábamos
ya cerca de dos horas de marcha cuando nos pusimos en paralelo a las vías del
tren: según el mapa éste era el momento en el que cruzaríamos al otro lado y
estaríamos en las proximidades del siguiente pueblo. Eso era lo que debía ser
en tiempos; una vez más encontramos que se había modificado el camino –en
lenguaje del sufrido peregrino “modificar” sólo significa una cosa: alargar-, y
en lugar de atravesar las vías, el camino continúa en paralelo a ellas, girando
a la izquierda y alejándose de nuestro punto de destino. No es difícil imaginar
cuál es la sensación que invade al caminante en ocasiones como éstas; por lo
menos no han tenido el cínico detalle de colocar un cartelito como el que nos
encontramos a la salida de Burgos.
Afortunadamente,
al poco de este giro se atraviesan las vías por un subterráneo, donde algunos
peregrinos han dejado testimonio de su disgusto por este tramo extra, en un
delicioso lenguaje mezcla de varios idiomas que refleja mejor que nada el
espíritu del camino:
“
“This road is a broma mal gusto… no?!!!”
Poco
después del túnel, el paisaje cambia favorablemente durante un rato: se llega a
una especie de vaguada, donde hay vegetación, un arroyo, pequeños bosques
dispersos de árboles en los que se oyen pájaros cantando. El frescor que
produce todo ello es de agradecer en un momento en que el día ha terminado por
despejar y comienza a sentirse algo de calor.
De ahí
ascendemos hacia una pequeña paramera, y al poco encontramos un descenso al pie
del cual, a muy corta distancia, está Reliegos y a lo lejos, como a hora y
media de marcha, se ve Mansilla.
Es un
pueblo pequeño, alargado y de casas de ladrillo de nueva fabrica. En la
entrada, a los lados del camino, todavía se pueden ver cantidad de bodegas,
algunas de las cuales parecen estar aún en uso. Nos contaron que hace ya tiempo
que dejaron de ser viviendas, para convertirse en depósitos o lugares en los
que los propietarios realizan meriendas y celebraciones.
En la
plaza de Reliegos nos encontramos con varios grupos de peregrinos que, por su
aspecto y por que no les volvimos a ver en el resto de los días, nos dio la
sensación de que no estaban haciendo el camino como querían dar a entender. De
esto seguramente tendré la oportunidad de hablar de manera más extensa en otras
etapas.
El caso es que, bastante cansados y
con mucha sed, entramos en el bar que había en esa
misma plaza para reposar un rato. Allá pasamos escuchando cómo la propietaria
contaba a uno de los parroquianos con todo lujo de detalles, cómo es en ese
pueblo donde cayó, allá por el año 1947, el último meteorito del que se tiene
constancia en España.
- Pero aquí se cae de todo –le dijo-,
hace seis años, cayó la torre medieval que hay a la entrada del pueblo.
La sensación de
abandono del patrimonio histórico y cultural por parte de las diferentes
administraciones es algo que invade de continuo al peregrino a medida que va
avanzando por el camino. Es la misma que se acentúa cuando se sale de éste país
y se viaja a otros lugares de Europa, donde se nos llenan los ojos con la
belleza y el perfecto cuidado que dedican en ellos a los conjuntos urbanos y
monumentales. Quizá sea que la desidia y el desinterés es parte de nuestra
identidad y de la quienes nos gobiernan.
- Si se la
hubieran llevado pieza por pieza a otro país, seguro que todavía permanecería
en pié y en perfecto estado –reflexionó alguien con cierto tono dramático desde
la mesa contigua.
Cuando ya salíamos del pueblo, junto a un campo de fútbol, dimos
con un cartel que nos trajo a la memoria ese famoso dicho del lugar:
“De Reliegos
a Mansilla, una legua de Castilla”
Una legua de Castilla son exactamente
El camino de Reliegos a Mansilla es muy parecido al que nos
llevamos caminado durante este día. Al salir del pueblo vimos como media docena
de palomares, distintos a los que en su momento encontramos por tierras
palentinas, ya que aquí son cuadrados con tejados a un agua.
Tardamos cerca de hora y media en cubrir esa milla castellana a lo
largo de un recto y monótono camino en el que la única novedad que se dio fue
la del creciente número de personas que nos saludaban y animaban desde sus
coches cuando pasaban a nuestro lado. Esto es algo que no se nos había dado de
esta manera en todo lo que llevamos andado desde Roncesvalles;
y además de ser de agradecer, dice mucho en favor de la amabilidad, el respeto
y el carácter hospitalario de las gentes de las tierras leonesas por las que
íbamos pasando.
A Mansilla de las Mulas se entra por medio de unos pabellones
industriales y poco antes de cruzar un puente hay a la izquierda la imagen de
una virgen peregrina. Allá nos detuvimos a descansar un rato, a beber un poco
de agua para reponernos del fuerte calor que hacía y a repasar el mapa.
Mansilla de las Mulas mantiene parte de su carácter de lugar
amurallado, de pueblo con cierto regusto medieval en el que se conservan aún
algunos ejemplos de la arquitectura urbana de tiempos pretéritos que dan al
lugar un aire bastante agradable.
Merece
la pena recordar la asociación de esta localidad con una de las figuras más pintorescas
de la literatura del Siglo de Oro español, la "pícara" Justina, que
como posadera que fue de Mansilla, es seguro que aprendió muchas de sus
artimañas de los peregrinos compostelanos que por ahí pasaban.
Nuestra llegada tuvo lugar rozando el mediodía y eso explica que
nos encontráramos sus principales calles abarrotadas de gente y los bares, en
alguno de los cuales queríamos entrar a comernos un bocadillo, llenos hasta las
puertas.
Vista la imposibilidad de entrar en ninguno de ellos, optamos por
acercarnos primero al albergue y sellar nuestra credencial. Afortunadamente, en
la parte trasera del mismo vimos un bar en el que
apenas había nadie, y a él entramos a reponer fuerzas durante un rato.
En
-
¿Así que no dependéis de Villaverde?-
les preguntó ella.
-
¿De Villaverde?, ¡De Villaverde! –exclamaron al unísono- ¡Bahh,
que dices!.
-
Yo creía que sí.
-
¡Los de Mansilla Mayor tenemos nuestro propio
municipio! ¡tú que te crés!
Al calor de estas conversaciones de taberna, con ese sabor
cotidiano y tan ajenas al forastero, le hacen sentir a uno la extraña y
agradable sensación de estar viviendo, aunque sea muy fragmentariamente, las
vidas de otros, las de aquellos que pueblan los lugares por los que se pasa y que
despiertan en lo más íntimo la sensación de formar parte de una gran representación, dentro de la cual
cada uno no es sino un insignificante grano de arena. Esta es en gran medida
una de las principales enseñanzas que se lleva consigo el peregrino para el
resto de su existencia.
Salimos
de Mansilla cruzando el puente sobre el Esla. Desde
aquí y durante un buen tiempo fuimos atacados y perseguidos por una una nube de mosquitos que se cebó con nuestros cansados y
ya acalorados cuerpos. De hecho, ya para entonces, la temperatura había subido
extremadamente dejando un día muy caluroso y soleado que ralentizó e hizo más
pesada nuestra marcha a partir de entonces.
Algo
achacados por todo esto seguimos nuestro camino en paralelo a la carretera, como
llevábamos haciéndolo casi todo el día, en dirección a Villamoros.
Pero lo
peor, lo que iba a hacer de parte de lo que nos quedaba de etapa ese día un
infierno, y de la del día siguiente la peor de todo lo que llevamos andado
desde Roncesvalles, estaba por llegar.
En algún punto que no recuerdo entre Mansilla y
Villamoros, el peregrino tiene que enfrentarse no sólo con la carencia de
señalizaciones que se ha ido dando a lo largo de casi toda ésta etapa sino que,
peor aún, tiene que caminar por el arcén de una carretera que es cada vez más
concurrida, arriesgándose a ser atropellado por un vehículo –como a nosotros
nos pasó casi con una moto-. Esto es el principio del vergonzoso recorrido que le
espera al peregrino durante esta etapa y la siguiente.
Así pasamos Villamoros y llegamos hasta la entrada
de Puente
de Villarente, lugar al que da nombre su magnífico
puente de veinte ojos y de factura irregular, al cual el peregrino no tiene
tiempo, ni después ganas, de apreciarlo, pues ha tenido que preocuparse de
pasarlo con vida por el arcén en medio de un tráfico intenso.
Dicen
que este puente medieval fue un hito importante en el Camino de Santiago,
siendo calificado como "ingente" por Aymeric
Picaud en el Codex Calistinus. De él versa una leyenda que narra una historia
de amor en la que un peregrino y la
hija de unos ricos labradores grabaron el contorno de sus manos en la base del
estribo de uno de los primeros ojos del puente en signo de amor eterno.
Los mismos que la cuentan dicen que quién quiera puede aún ver en ese lugar las
marcas de aquellas dos manos.
En el
“Horno de Eladia” paramos a tomar un refresco y un
poco de agua, y la simpática camarera nos regalo un par de pedazos de empanada
de atún que, no sé si por propios méritos o por los del hambre que ya
empezábamos a tener a esas alturas, nos pareció excepcional.
La
salida de Puente de Villarente es bastante incómoda,
seguimos pegados a la carretera y orientándonos a duras penas con la poca
señalización que hay. Pasamos junto a
una gasolinera y cruzamos a la derecha de la carretera, internándonos por un
camino que se aleja un tanto de ella. Allí nos encontramos con una peregrina
extranjera acompañada de dos perritos que volvía de Santiago. Paramos a charlar
con ella preguntándonos por el estado del camino por el que habíamos pasado
cada uno de nosotros; quiso saber cuánto había hasta Mansilla, lugar donde
quería terminar la etapa, y le dijimos que como dos horas y con mal camino;
ella nos contó que en León íbamos a encontrar mucha gente por eso de las
procesiones de Semana Santa.
Continuamos hasta Arcahueja, lugar al
que se llega tras subir una corta pero pronunciada cuesta. Para entonces
estábamos ya tan agotados, con los pies doloridos y asfixiados por el calor que
volvimos a parar en el bar del pueblo –llamado
De Arcahueja se sale por una pista de
tierra que pronto nos condujo a un camino de piedra. Bordeamos un pueblo y
terminamos en unos pabellones industriales, a la sombra de los cuales volvimos
a detenernos a descansar del calor y el cansancio y beber un poco de agua.
De aquí se va hacia el alto del Portillo atravesando de muy mala
manera, y con mucho riesgo, una transitada autovía que lleva a León. Tuvimos
que caminar después durante un rato por el arcén pegados casi a la carretera
por la que no dejaban de pasar toda suerte de vehículos.
Desde el alto se divisa por fin la ciudad de León, en este lugar
debió de haber hasta hace algunos años, un precioso crucero medieval que ha
sido trasladado frente al hospital de San Marcos.
Afortunadamente se ha construido para el descenso un camino por el
que el caminante puede bajar a la ciudad con toda tranquilidad. Allí nos
alcanzó un peregrino Belga que acompasó su marcha a la nuestra y nos acompañó
en agradable conversación hasta casi el final de esta etapa.
Por lo que nos contó, y eso lo pudimos comprobar, era una persona
muy aficionada y acostumbrada a andar, hacía diariamente etapas de alrededor de
Charlando
sobre nuestra tierra –que él decía conocer-, y la suya –que nosotros conocemos
algo-, cruzamos el puente sobre el río Torio, en el antiguo Puente Castro que
ahora no es sino un barrio periférico de León. De allí continuamos charlando
mientras nos internábamos en la ciudad.
Cerca
ya del centro de León, a nuestro improvisado amigo le llamó la atención la
cantidad de gente que marchaba por las calles en la misma dirección que
nosotros. Le explicamos que al ser Jueves Santo, aquél día se celebraba una
importante procesión. Le llamó mucho la atención el aspecto cuidado y elegante
con el que iban estas gentes.
-
Van, como se suele decir aquí, endomingados, porque la
procesión es una celebración religiosa muy importante, y esa es la costumbre.
-
¿engominglós?
-
Endomingados, quiere
decir elegantes, “de domingo”.
-
Ahh endimanches.
Nos separamos
a las puertas del albergue, él iba a continuar hasta el que había a las afueras
de la ciudad. Nos despedimos seguros de que no íbamos a volver a vernos.
En la
misma puerta, nos encontramos con un grupo de peregrinos de alrededor de
cincuenta años, que a la vista saltaba que era poco lo que habían andado,
aunque en un principio nos quisieron hacer creer lo contrario.
Al ir a
sellar nuestra credencial, la hospitalera al vernos hablar con estos últimos
debió de pensar que veníamos con ellos pues nos trató de muy mala manera y con
bastante brusquedad.
Parece
ser que habían querido alojarse en el albergue, reservado como es lógico a
quienes hacen las etapas completas andando, y éstos llegaron al lugar queriendo
hacernos creer a todos que venían andando ese día desde Sahagún: más de
Y es
que hay cosas que no soy capaz de creerme de ninguna manera; ni aunque
quisiera. Hay otras, en cambio, que por parecerme inocuas, y considerar que no
me empujan a ningún compromiso y sí me aportan a cambio una visión poética con
capacidad de conmoverme o emocionarme, me las creo como cree sus invenciones el
mentiroso: con casi total firmeza.
Ese día
de Jueves Santo llegamos a León –como queda dicho- con
los pies muy doloridos, tras unos
Recuerdo
sentir mucho calor, una fuerte molestia en el cuello producida por las
quemaduras del sol, y un agudo dolor en los pies que daba la sensación de que
iban a quebrarse en cualquier momento. Al sentarnos miré al cielo enmarcado por
aquél patio: apenas había nubes, sólo alguna hebra desperdigada por aquí o
allá. Ni una brizna de aire.
No sé
si fue el cansancio, las ganas de caer rendido en ese espacio de sombra del que
nos habíamos apropiado, o algún tipo de inspiración divina; el caso es que nos
sentamos en el suelo, apoyamos nuestras espaldas contra la pared, y cerrando
los ojos recité peor que mejor esos versos goliárdicos
de Hugo de Orleáns que dicen
Domus mea totus
mundus
quem pererro vagabundus…
- ¿Para
qué hago esto? – se pregunta uno cuando se encuentra en esa situación; y pronto
se acallan sus pensamientos, pues es a ellos a quienes realmente dedica este
peregrinaje.
Habíamos
recuperado algo el aliento, lo suficiente por lo menos para fijarnos con más
detenimiento en las personas que con nosotros compartían ese reparador descanso
a la sombra de los muros de aquél albergue.
Los
había de todos los sexos, edades, nacionalidad e incluso, estoy seguro, credos.
A uno esto le produce una sensación bastante agradable y, a pesar de ser un
tanto torpe con el manejo de los idiomas, se lanza con la ayuda de su compañera
a intercambiar algunas palabras con quién este dispuesto a ello en una
curiosísima mezcla de inglés, francés y español.
Había
un inglés que venía desde su país y llevaba dos meses en el camino; una chica
de Alemania que había salido Roncesvalles, y que
hacía muy pocos kilómetros al día pues le gustaba detenerse en albergues
solitarios a meditar y encontrarse a sí misma. Aquél día había hecho una
excepción para conocer León. Una pareja de cuarenta y tantos años de Teruel lo
hacía como nosotros “a cachos”, cuando sus vacaciones se lo permitían…
A
muchos los conocíamos de haberlos visto aquél mismo día en el camino, a otros
no hasta entonces, y a casi todos los volveríamos a ver a lo largo de las
jornadas siguientes andando, descansando en albergues, mesones o bajo un árbol
tomando la sombra y sintiendo el contacto maternal de la tierra.
Vimos a
uno de ellos, creo recordar que era de la provincia de Badajoz, sacar de su
mochila un rotulador negro grueso y dibujar en un lugar casi imperceptible de
la pared una especie de “U” invertida que más parecía una herradura. Al vernos
que seguíamos con la mirada lo que hacía, nos preguntó
-
¿sabéis que es esto?
- Pues
no, ¿qué es?
- El
testimonio de que he pasado por aquí
- ¿Y
por qué una herradura?
-
Porque lo que también hago es invocar a la buena suerte para mi viaje, para que
se desarrolle sin ningún percance. Si llego a mi destino, al volver por aquí de
regreso a mi casa, dibujaré una cruz dentro de ella en agradecimiento.
Asentimos
con la cabeza, dando a entender que comprendíamos lo que decía.
- Si os
fijáis en el templo de Puente
- Pero
podrían ser marcas de cantería…
- A
diferencia de ellas, éstas siempre están al alcance del cuerpo humano y pueden
verse varias en un mismo bloque.
Dejamos
al peregrino entretenido en sus pensamientos, mientras nosotros salíamos a la
calle a buscar un lugar donde comer un bocadillo.
- Victum quero verecundus
- ¿Qué?
-
“Busco con rubor el alimento”, esto también es de Hugo de Orleans,
del libro que estoy leyendo.
- Ya te
vale…
Mientras
caminábamos entre las multitudes de personas que abarrotaban las calles en
espera del inicio de las procesiones, di en pensar que, al fin y al cabo, creer
en aquello que nos había relatado aquél peregrino, era cosa parecida a la de
aceptar o rechazar el placer de degustar una buena vianda o un licor
perfectamente envejecido en una barrica de roble: no se trataba siquiera de
creer, sino de evocar, de extraer la esencia poética que contiene esa historia,
para disfrutar de ella cuando se presentara la ocasión.
-
¡Mira, ahí hay una herradura de esas, y sin cruz!
No era
ningún tipo de casualidad, habíamos ido bocadillo en mano hasta la catedral,
con el objeto de rastrear su fachada y ver si éramos capaces de dar con una de
esas marcas.
Sin
pensarlo dos veces nos acercamos a ella y recorrimos al tacto y en silencio
durante un buen rato aquella “U” invertida. Había llegado el momento de
disfrutar de la irracionalidad, de lo intuitivo, dejándose llevar por una idea:
¿y si todo aquello fuera verdad?.
Alguien,
quizá hace novecientos años, detuvo su paso en ese mismo punto donde nosotros
lo hacíamos ahora; sacó de su zurrón un punzón, y ayudándose de una piedra
marcó golpe a golpe esa forma de herradura que ahora recorrían con suavidad en
todo sus transcurso mis dedos. Al considerarla terminada, seguramente, sopló
sobre ella como insuflándole vida, apartando el polvo y las astillas que
pudieran quedar. Guardó todo, se quedó un rato mirándola con fijeza, y mientras
se despedía de ella recorriéndola con sus dedos, se deseó a sí mismo la fortuna
suficiente para volver a completarla. Después se marchó para no volver nunca
más…