"Era el Rachel,

vagando siempre en su pertinaz

búsqueda de sus hijos perdidos,

y que, a Dios gracias, encontró

otro huérfano. Yo."

(H. Melville; Moby Dick)

 

 

Después de lo del día anterior, éste parecía haber amanecido con más calma e incluso dando visos de clarear hasta dejarnos un cielo azul y despejado. En principio, podíamos comenzar la marcha sin temer una nueva sorpresa del cielo.

 

Salimos dirigiendo nuestros pasos hacia un vado que cruza el Río Sequillo,  a la salida del pueblo. Las lluvias del día anterior, habían llenado su cauce hasta el punto de desbordarlo y convertirlo en un curso de aguas rápidas que arrastraban todo lo que se encontraban a su paso. Desde luego que aquél día, el aspecto del río Sequillo hacía poca justicia a su nombre.

 

Hicimos por pasarlo, ya que ese es el trazado del camino, pero al lanzar unas pesadas piedras para pasar sobre ellas, comprobamos con estupor que se hundían casi en su totalidad, y las aguas bajaban con tal fuerza que las arrastraron sin ninguna dificultad río abajo como si se tratara de simples hojas de árbol.

 

Vista la situación en la que se encontraba el paso, decidimos dar un pequeño rodeo, acercarnos a la carretera, cruzar su puente y retomar entonces el camino. No había otra solución: o eso, o terminar siendo arrastrados río abajo.

 

Una vez en el otro lado del vado, continuamos paralelos a la carretera, y cerca del alto del Carrasco, poco antes de cruzar el Rio Valderabuey, tomamos una senda que se desviaba a la derecha. Cruzamos un antiguo puente construido sobre los restos de uno romano, y llegamos a Nuestra Señora de la Puente, una ermita del siglo XII construida a base de ladrillo; un sitio realmente mágico.

 

Ahí nos encontramos con un peregrino sentado tranquilamente en el suelo, apoyada su espalda contra uno de los muros de la ermita, mientras almorzaba una tajada de pan con queso y disfrutaba de ese momento de paz y soledad.

 

-        ¿Ustedes gustan? –nos dijo extendiendo hacia nosotros un poco de queso.

 

-        ¡Venga, gracias!, todavía no habíamos desayunado…

 

-        Y desde donde vienen hoy

 

-        Desde San Nicolás, aquí cerca

 

-        ¡Vaya cómo estaba el Sequillo!, ¿eh?

 

-        ¡Y  tanto!

 

-        Yo llegué ayer hasta Terradillo; esperemos tener hoy mejor día.

 

Después de un tiempo de charla sobre generalidades, terminamos por sentarnos frente a él a compartir unas galletas que llevábamos con nosotros. Nos contó que tenía 40 años, que procedía de Cantabria y que decidió hacer el camino para romper con lo que es su vida cotidiana: su familia, amigos, trabajo…; con todo.

 

-        Estoy rodeado de gente que sólo gusta de escucharse a sí misma. Apenas me molesto en participar de sus conversaciones: no vale la pena, no escuchan más que su voz…

 

-        Son los mismos que no soportan sentirse superados por los demás –le respondí.

 

-        Algo de eso hay, si señor.

 

-        Conozco muy bien ese paño.

 

-        Pues todo eso es lo que me traído hasta aquí, y en los días que llevo de camino siento como si hubiera dado con la medicina que va a curarme de todo esto…

 

Después de descansar un poco continuamos en compañía de nuestro nuevo amigo el camino hasta Sahagún, manteniendo en todo momento una interesante conversación sobre diferentes vicisitudes de nuestras vidas.

 

Para unos y otros quedaban a las puertas de Sahagún, convertidos en palabras pronunciadas, muchos de los silencios que habíamos conservado dentro durante quizá demasiado tiempo…

 

En La Trinidad, Iglesia reconvertida en sala de exposiciones, se encuentra el albergue de peregrinos. Cuando llegamos estaba cerrado, y allí nos despedimos de nuestro amigo, mientras nosotros salíamos en busca de una panadería donde comprar unas tortas de aceite que llevarnos con nosotros durante nuestra marcha que –presumíamos-, iba a ser en su gran parte por despoblado, por lo que valía la pena aprovisionarse de algo.

 

Estuvimos durante un buen rato buscando una panadería donde poder comprar lo que buscábamos hasta que al preguntar en una pastelería, una de sus clientas que estaba pagando en ese momento nos dijo:

 

-        Yo puedo llevarles a la mía siganme.

 

Comprada la torta, nos dirigimos al Bar Luis en la Plaza Mayor, conocido por la excelencia de las mollejas que en él sirven, sus puerros –aunque esto es bueno en casi cualquier lugar de Sahagún-, para tomarnos un caldo.

 

Pasamos junto a San Tirso y medio desorientados, pues dentro de la localidad la señalización del camino no está demasiado clara, pudimos llegar al Arco de San Benito, que no es otra cosa que la portada de la iglesia abacial, destruida allá por el año de 1835.

 

Son esta portada junto a la Capilla de San Mancio –antes de San Benito-, y una de las torres, los pocos restos que quedan del poderoso monasterio benedictino que allí hubo, residencia real de Alfonso VI y sede en el reino de la Orden de Cluny. Fue quizá una de las instituciones más poderosas e importantes de aquél periodo de la edad media leonesa. De todo ello, ahora apenas quedan unas ruinas…

 

Al poco cruzamos el río Cea, por su puente romano- medieval, allá el Camino corre en paralelo a la carretera bajo la protección, en su tramo inicial, de una agradable arboleda que franquea uno y otro lado de la senda.

 

Nos cruzamos con un pastor, y no se dieron más novedades por aquél camino casi recto, bastante agradable y que en suave pendiente avanzaba hacia Calzada del Coto.

 

A las puertas de esta localidad, el peregrino se enfrenta a una encrucijada mal señalizada y peor explicada; sobre todo para alguien que, como nosotros, había perdido el plano y avanzaba con la sola ayuda de las flechas amarillas.

 

Las alternativas eran dos, la primera de ellas seguía su trazado en paralelo a la carretera; la segunda cruzaba la autovía  por un puente, se internaba en el pueblo y después, vaya usted a saber… Pensando que era esta segunda la más atractiva y auténtica pues entraba en el pueblo, como hacían los viejos caminos, y te separa del fragor de la carretera junto a la que marcha el otro trazado, decidimos seguir esta opción.

 

Algunos días después, cuando repasamos nuestra andadura en esta etapa, descubrimos que la opción que rehusamos seguir era la del Camino Francés, que pasa por Bercianos del Real Camino, El Burgo Ranero,  y  Reliegos, siempre en paralelo a la autovía "Camino de Santiago".

 

Nosotros seguimos lo que se ha dado en llamar la antigua Calzada de los Peregrinos,  por Calzada del Coto, aunque se trata más bien de seguir un trazado más antiguo aún como es el de la antigua Via Trajana.   

 

Como llevamos dicho, nosotros seguimos esta segunda opción sin saber nada de ello, pensando que marchábamos hacia Bercianos y el Burgo Ranero, donde teníamos dispuesto finalizar la etapa.

 

Cruzamos el pueblo por su calle mayor, nos acercamos a visitar la Parroquia de San Esteban pero como estaba cerrada, continuamos nuestro camino

 

 Como ocurría a Calzadilla de la Cueza, este pueblo, debe su nombre a una antigua calzada romana llamada Vía Trajana que unía Astorga con Tarragona

 

Pasamos junto a unos aserraderos, nave agraria y allí nos salió al camino un perro ladrando que nos trajo a la memoria, además del inevitable sentimiento de miedo, la suerte que habíamos tenido hasta ese momento en él puesto que no nos había saltado ningún perro cuando es comúnmente sabido por todo jacobita que:

 

“tres enemigos tiene el peregrino:

Los perros,

El dolor en los pies,

Y los curas”

 

Sin tener que lamentar más que el susto continuamos nuestra marcha por unos extensos campos de labranza, que en otra época del año serán trigales, pero sobre todo llanos interminables.

 

Cerca de tres kilómetros después cruzamos por un puente sobre la via ferrea, a lo lejos, muy a lo lejos vemos la torre de una iglesia ¿no será eso Berceanos? –pensamos. Convencidos de que así era seguimos adentrándonos sin saberlo en la dehesa de Valdelocajos, lugar de singular belleza y que durante mucho tiempo perteneció al monasterio de Sahagún, en el que se camina a lo largo de cerca de 8 kilómetros entre matorral, coscoja y la aparición de alguna que otra perdiz que oíamos entre la espesura del encinar.

 

Eran tan pocas las referencias que nos encontrábamos en el camino, y tanto el sentimiento de habernos perdido que fijábamos nuestra atención en cualquier detalle que pudiera servirnos de referencia. Bien avanzado el camino cruzamos a nuestra derecha una quinta, donde un padre y su hijo jugaban entretenidos. Más adelante pasamos junto a un abrevadero abandonado que parecía una piscina ruinosa, y algún tiempo después llegamos a una especie de vaguada, donde dos mujeres parecían discutir sobre el lugar al que habían llegado las aguas con las lluvias del día anterior.

 

Nos llamó la atención el aspecto de una de ellas, la más mayor, pues estaba vestida según nos pareció a la antigua usanza, cubriendo su cabeza con un pañuelo…

 

-        ¿A qué distancia estamos de Bercianos? – les preguntamos

 

-        ¿Bercianos? –se llevó la más mayor la mano a la cabeza- ¡buuuuff!, a unos siete kilómetros.

 

-        Ustedes han ido por la de San Roque –nos dijo la otra mujer.

 

-        ¿La de San Roque?.

 

-        No saben ustedes lo que les cantan los de Calzada –se refería a Calzada del Coto-, a los de Bercianos.

 

-        Pues no ¿qué les cantan?.

 

-        Les dicen esta jota:

 

Qué contento está Bercianos

Porque tiene mucho monte;

Más contento está Calzada

Con la ermita de San Roque.

 

 

Siete kilómetros. Teníamos ya claro que aquel pueblo que habíamos creído Bercianos, no lo era, y que fuera cual fuese nos llegaríamos hasta él para descansar en algún sitio si lo había. Comentábamos recordar algo de una ruta alternativa cuando el día anterior preparamos la etapa pero poco más sabíamos.

 

Casi entrando en el pueblo vimos que se llamaba Calzadilla de los Hermanillos, lo cual no era demasiada ayuda para nosotros en ese momento, pues seguíamos algo desorientados, pero sí que lo fue ver a la entrada del pueblo, a mano derecha, una la Casa de Comidas, llamada Vía Trajana, donde había algún que otro símbolo jacobeo. En la puerta, charlaban animadamente un grupo de personas al que, con las pocas fuerzas que nos restaban, nos dirigimos preguntando si estaba abierto y si nos habíamos alejado mucho del Camino de Santiago:

 

-        ¡Estáis en él, chicos! – nos dijo una amable mujer – y pasad, pasad si queréis al albergue, a descansar y tomar algo.

 

Según nos explicó la señora el establecimiento funciona como albergue municipal de peregrinos, y además está especializado en comidas caseras, y tiene un Menú del Peregrino.

 

Nos habló del Camino que debería pasar por ahí, de la vía Romana que todavía se conserva entre este pueblo y Reniegos, y que hasta hace poco eran los 15 kms. mejores conservados de Vía Romana en España, pero que está siendo destruida actualmente por las concentraciones parcelarias que se están llevando a cabo en los diferentes municipios por los que pasa.

 

Según leímos más tarde esta era una de las principales vías romanas y servía para conducir el oro extraído de las Médulas; tal y como nos contaron uno de los tramos mejor conservados fue destruido recientemente por las obras de tendido de las tuberías de riego.

 

Tras esta charla con la dueña del albergue, pasamos al comedor para tomar un café. Allá estaba sentado un hombre de entre cincuenta y sesenta años que, sentado tranquilamente y con esa confianza que da el sentirse como en casa, disfrutaba de unos pedazos de cecina y un vaso de vino.

 

-        ¿De dónde vienen los peregrinos?.

 

-        Del País Vasco.

 

-        ¿Del País Vasco?; tengo yo algunos amigos por allá…

 

-        ¿Ah sí?.

 

-        Bueno, me presentaré: soy el párroco de este pueblo…

 

Durante cerca de media hora estuvimos charlando con el párroco y la dueña del albergue de diferentes cosas, casi todas ellas relacionadas con el Camino de Santiago y el modo de vida de los naturales de aquél lugar. Nosotros por nuestra parte, les contamos las vicisitudes que habíamos pasado aquellos días y el modo en que nos habíamos perdido poco antes, al pasar por Calzada del Coto.

 

-        No se preocupen ustedes, no es la primera vez que pasa. Precisamente hace un rato, he indicado a un peregrino italiano el modo de ir al Burgo Ranero porque él también se había perdido. –nos dijo.

 

Nosotros, no pudimos evitar el mirarnos, y acordarnos del peregrino italiano que llevábamos viendo varias veces aquellos días.

 

Acompañados por el párroco, recorrimos Calzadilla hasta llegar a su parroquial, -es un típico pueblo construido en tapial de adobe-, y llegamos hasta  la Iglesia de San Bartolomé

 

El mismo párroco nos explico que el nombre del pueblo tiene mucho que ver con la tradición jacobea, pues aquello de “hermanillos” hace referencia a los frailes menores, pertenecientes a la abadía de Sahagún, que vinieron a este lugar para asistir a los peregrinos.

 

Siguió hablándonos de la naturaleza salvaje de aquella tierra, de la austeridad de los naturales del lugar, que les hace llevar una vida sobria y trabajosa, en la que no cabe otra cosa que el ahorro y la vida modesta.

 

Llegamos ante la parroquia, una enorme balsa de agua la rodea casi en su totalidad. Al otro lado del edificio, dos caminos se internan al páramo:

 

-        es el de la izquierda –nos dijo- sigan ustedes rectos ese camino y llegarán hasta las proximidades de la estación del Burgo. Desde allá no tendrán problema.

 

-        Muchas gracias

 

-        Antes de marchar –dijo mientras apoyaba la bicicleta a una pared y rebuscaba en un bolsillo interior- les voy a dar esto –sacó unas estampas de la Dolorosa y escribió en ellas “Calzadilla (León) 31-10-05 Feliz peregrinación” entregándonoslas después.

 

-        Muchas gracias

 

-        Ahora voy a bendecirles para que tengan un buen camino –dijo- y juntando los dedos índice y anular trazó la señal de la cruz ante nosotros mientras decía –que el apóstol Santiago os acompañe en el camino.

 

Impresionados, continuamos nuestra marcha por donde nos lo había indicado el párroco. Los cerca de 4 kilómetros que nos separaban de El Burgo los recorrimos todos en medio de una paramera, algún tramo estaba en obras, pero siempre en medio de la más profunda soledad, de esa que sólo produce el marchar en medio de estos paisaje amplios, solitarios y desolados.

 

Recordamos que Laffi cuenta que llegando al Burgo Ranero encontró el cadáver de un romero que estaba siendo comido por unos lobos, a los que dieron caza, llegándose al pueblo con el cadáver para que en él se diera sepultura al cuerpo y alojarse ellos, se encontraron que el Burgo era un pueblo de “pastores de ovejas, que viven en esta villa, hecha toda de cabañas cubiertas de paja”. Algo muy parecido a lo que contaba de Hontanas.

 

Llegando casi a El Burgo, cruzamos unas vías y de ahí al albergue, apenas quedaban 15 minutos de marcha. Curiosamente, aquél había sido bautizado con el nombre del peregrino que muchas veces ha guiado nuestro paso: Domenico Laffi.

 

Entramos para sellar nuestra credencial, y allá encontramos al peregrino italiano que tantas veces habíamos visto los días anteriores. Seguramente, como ya habíamos imaginado, el mismo que fue guiado por el párroco para tomar el camino de El Burgo desde Calzadilla.

 

Se lo preguntamos y así era, reímos un rato por el despiste que habíamos sufrido en ambos casos, y nos contó también que llevaba unos cuantos días de mala suerte, pues el anterior había salido de Carrión, como nosotros, con la intención de alojarse en San Nicolás, y al llegar allá agotado, y en medio de aquél aguacero, se encontró el albergue cerrado: casi se le cae el mundo encima pensando que todavía debería seguir en medio de la tormenta hasta Sahagún, y sin saber si encontraría sitio allá.

 

Según dijo, al día siguiente llegaría hasta León para terminar su peregrinación, pues el año anterior la había hecho hasta Compostela desde aquella ciudad, y esta vez la había comenzado desde Roncesvalles para completar el camino francés llegando a León.

 

Nosotros también terminábamos nuestra peregrinación por aquél año, y lo hacíamos ese mismo día, allá, en El Burgo Ranero, pensando en el tiempo que nos faltaba para volver a empezar, en el 2006, desde aquél lugar que ahora íbamos a dejar muy a nuestro pesar, con la mirada fija en aquello que nos esperaba para otra ocasión tras el horizonte: Santiago y Finisterre.