"Si deseas que tus sueños

se hagan realidad...

¡despierta!",

Ambrose Bierce

 

 

 

 

Aunque algo cansados por la jornada anterior, comenzamos aquél día con bastante ánimo: esta iba a ser una de las etapas más cortas de todas las que habíamos hecho -apenas 14 kilómetros-, y sobre un terreno que, en apariencia, no nos iba a suponer demasiados esfuerzos. Efectivamente, nada que ver con nuestra kilometrada del día anterior…

 

Salimos de la parada de autobuses de Itero de La Vega una mañana clara e igual de ventosa que la anterior. Eran las 7.45 y, a pesar de haber amanecido ya, frente a nosotros había una enorme luna –que parecía casi llena-, dando la impresión de no querer desaparecer de ese cielo que ahora que había llegado el día, era azul y limpio.

 

Nuestro primer camino discurría entre campos verdes y de labranza. En ellos se evidencian los primeros rocíos y lluvias del otoño que lo llenan todo de verdor, brillo y pequeñas balsas de agua. Es tierra de grano que antes era, según cuentan los del lugar de vid, hasta que la famosa filoxera acabó con ella.

 

No tardamos en pasar junto a la aldea de Fompedraza que permanecían a nuestra izquierda  silenciosa, casi en ruinas y abandonada, como sumida en el recuerdo de su pasado. No se puede evitar pensar en que todo aquello, en algún momento, estuvo lleno de vida y generaciones enteras tuvieron su inicio y su fin dentro de los modestos recintos que ahora son ruinas. En ellas quedaron para siempre disueltas en el paso del tiempo sueños, anhelos, tristezas, alegrías, etc…

 

Al poco, continuando la senda que atraviesa la llanura, se llega a un pequeño alto; desde él, la vista es inigualable y la sensación que le procura al caminante más aún: a su espalda deja mesetas y peñascos, horizontes limitados por la presencia solemne de montañas y riscos. Aquí no hay nada de eso, estamos a las puertas de la tierra de campos, los legendarios campos góticos, cuya extensión interminable es difícil de traducir en palabras; no se trata de un fenómeno físico sino de una profunda sensación de quietud lo que llama la atención del caminante.

 

Desde ese alto, se ve a lo lejos Boadilla del Camino como si fuera un algo diminuto y silencioso, perdido apaciblemente en aquellas inmensidades. Un camino serpenteaba suavemente hasta él, y de allí se dividía en otros más que se perdían cada uno en su propia lejanía, buscando pueblos o aldeas en las que detener su marcha.

 

Al poco de continuar nuestra marcha, y sin haberlo visto casi hasta encontrárnoslo delante, se acercó a nosotros con la mano extendida en ademán de estrecharla con la nuestra un hombre enjuto, mayor, vestido con un chubasquero verde, de pelo blanco y llevando un sombrero lleno de chapas y un cartelito que decía “Alejandro Sandoval Ortega el amigo del peregrino”.

 

- Buenos días tengan ustedes amigos –nos dijo.

 

- Buenos días

 

- Soy Alejandro Sandoval, el amigo del peregrino.

 

- Encantados –le dimos nuestros nombres-.

 

Tras este curioso saludo inicial, Jandro –que es así como le gusta que le digan-, comenzó a explicarnos su vida y el porqué de estar ahí saliendo al paso de los peregrinos, que no era cosa de locura ni aburrimiento, sino de algo más profundo.

 

Si llegan a decírselo hace algunos años, Jandro ni se lo hubiera creído. Hasta entonces, había pasado casi toda su vida plácidamente, viviendo de su trabajo en una capital castellana, sin que nada le sobrara, ni nada le faltara; es más, él siempre se enorgullecía de lo que tenía, y decía no necesitar nada más.

 

Eran su mayor riqueza su esposa, con la que llevaba ya muchos años casado, una hija y un pequeño nieto, que había sido el colofón a sus humildes aspiraciones. Era su alegría, su vida misma.

Pero llegó el día en que descubrió que, a pesar todo, podía quedarse sólo: su amada mujer murió, y la casa en la que había compartido tantos años de amor y complicidad, se le llenó de sombras cargadas de recuerdos... Tenía que marchar, huir, pero no junto a su hija como un viejo molesto que termina por ser una carga. No.

 El iría a otro sitio, más lejano en el tiempo: a sus orígenes...

Jandro había nacido en un pueblo de Tierra de Campos. Allá conservaba la casa de sus padres, en la que podría vivir con toda comodidad haciendo unas pocas reformas. Aunque su hija pareció resistirse al principio, terminó por acceder, es más: le mandó acompañado del pequeño nieto, sin que quedara claro ahí quien era el que iba a hacerse cargo de quién.

El caso es que los primeros meses pasaron sin pena ni gloria. Mientras Jandro entretenía su tiempo entre paseos, alguna que otra reparación de la casa y charlas con los vecinos, su nieto se iba haciendo poco a poco a la vida en aquél pueblo.

Cuando no tenían nada mejor que hacer, se juntaban los dos en la recocina de la casa, y mientras uno se entretenía mirando la televisión, el otro gustaba de asomarse a la ventana de la casa a ver quién pasaba delante de ella. Se hacian compañía el uno al otro sin interferirse, con total independencia.

Estaban en esto una tarde, cuando el nieto le dijo señalando al exterior:

     - !Jo, cuantos peregrinos pasan todos los días por el camino, abuelo!

Al oirlo, sin saber explicar muy bien porqué, Jandro sintió la necesidad de abandonar aquella vida de encierro. Quizá fuera porque estaba acostumbrado a comunicarse con los demás, a tratar con gentes de todos los tipos y eso, ahora más que nunca, era lo que necesitaba...

- Seguro que a ella -pensó-, no le hubiera gustado que me quedara el resto de mi vida sin hacer nada, esperando la muerte.

Jandro se decidió a abandonar su soledad, a recorrer los caminos que rodean el pueblo -y los que están más allá del horizonte-, para conocer a todos esos forasteros que pasaban un día tras otro por delante de su casa.

Apagó el televisor, tomó una pequeña agenda que le habían regalado en una caja de ahorros, y salió con ella al camino a pedir a todo el peregrino que se encontraba que le escribiera una dedicatoria. ¿Qué mejor manera de romper el hielo y entablar una conversación?, ¿no era sino una forma de acabar con su soledad?.

Han pasado cuatro años desde entonces, y son ya más de un millar las personas que han ido dejando su estela en los cuadernos de ese curioso y amable personaje. Cuando aborda al peregrino lleva siempre una sonrisa y la mano extendida, lo detiene unos minutos para contarle alguna anécdota de quienes pasaron antes que él, y después lo despide pidiendo que nunca se le olvide...

Nosotros, claro está, no fuimos menos, y cuando nos llegó el momento apuntamos nuestro nombre en su libreta y prometimos además escribirle una postal desde San Sebastián una vez que regresáramos. Todavía tuvo tiempo de contarnos un par de divertidas anécdotas más sobre los que pasaron por ahí antes que nosotros, hasta que vio en la lejanía que se acercaba otro peregrino, y tras despedirse de nosotros marchó hacia él.

Continuamos hacia Boadilla y poco antes de llegar, se paró una furgoneta de la Junta de Castilla y León dedicada a atender a los peregrinos. Por la ventanilla asomó una chica joven que tras preguntarnos amablemente si todo iba bien, nos saludo y se marchó a continuar con su trabajo.

La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción preside el caserío de Boadilla del Camino, pueblo de unos 200 habitantes que resulta ser una pequeña sorpresa para el caminante: es un lugar muy agradable, con frescos arbolados, tranquilo, rodeado pequeños canales y riachuelos, y cuenta además con un rollo de justicia que es sin duda alguna uno de los más bonitos de Castilla.

La picota, que también así le llamaban a esas columnas, da testimonio de la independencia jurídica de la que gozó este lugar desde tiempos de Enrique IV, a finales del siglo XV. Con sus más siete metros de altura, uno intenta imaginar cómo se impartía justicia a los reos, o cómo estos eran encadenados a ella mientras esperaban su traslado a alguna prisión; cabe imaginar que en muchas ocasiones eran apedreados o agredidos por los mismos vecinos del pueblo…

Estas columnas no era sino la representación física de la justicia del rey, y en agradecimiento por la merced otorgada, estos pueblos dedicaron muchos esfuerzos y dineros en hacer de la suya la picota más bella y lujosamente adornada.

 

La de Boadilla es de forma octogonal, descansa sobre cinco escalones y está profusamente engalanada con molduras, rosetas y conchas de claras referencias jacobeas. Sobre el fuste descansa un gran capitel formado por dos bandas decoradas con cuatro cabezas de leones, junto a otros motivos vegetales, figurillas humanas y algunos animalillos de carácter fantástico.

 

Boadilla, como hace presumir su nombre, fue también un importante punto de acogida de peregrinos, y parece ser que hubo en este lugar un hospital fundado por Antonio de Rojas, Obispo de Palencia y Arzobispo de Granada.

 

Frente al rollo y a la hermosa parroquia de La Asunción vimos un albergue al que entramos, sin pensárnoslo dos veces, con la intención de tomarnos un café y alguna magdalena si nos la ofrecían; empezábamos a tener hambre y el aire de la mañana nos había destemplado un poco.

 

 Al pasar a su interior quedamos maravillados por su espléndida calidad: el albergue contaba con piscina, hierba bien cortada y un aspecto general muy agradable. Allá nos atendieron dos jóvenes que, por su acento, parecían argentinos y que además de ofrecernos un delicioso desayuno, charlaron con nosotros amigablemente durante un buen rato.

 

De Boadilla salimos atravesando un tramo de camino a cuya izquierda se erigía una hilera de árboles que regala al peregrino con una agradable y fresca sombra. Después del descanso en el pueblo y aprovechando el aire, nos movemos lentamente, con la gozosa pereza de quien no tiene prisa ni un largo camino por delante.

 

A poco, nuestro recorrido se une en paralelo al Canal de Castilla, dándonos la oportunidad de caminar junto a una de las obras de ingeniería más importantes de Castilla. Hay quien dice que en este punto del ramal norte del Canal, donde coincide con el Camino de Santiago, se cruzan la fe y la razón: es sin duda una curiosa mezcla…

 

Esta obra fue idea de aquellos ilustrados idealistas, que soñaron con comunicar la meseta Castellana con los puertos de Cantabria, por medio de una serie de canales, que facilitase las exportaciones del grano y lana. Pero los retrasos, paros en su ejecución –las obras se prolongaron durante cerca de un siglo-, los continuos problemas económicos, y la aparición final del ferrocarril, dejó a la a la soñada empresa a medio hacer y sin su principal razón de ser.


Del proyecto inicial quedan ahora 3 de los cinco ramales, algunos molinos, esclusas y otras dependencias del canal. A pesar de no ser terminado, sí que fue empleado durante mucho tiempo por barcazas que eran acarreadas por parejas de mulas que las arrastraban por los llamados "caminos de sirga", justo en los bordes del canal.

 

Estas barcazas podían transportar la misma cantidad de grano que treinta carretas de bueyes, lo que hizo que hacia 1.860, época de mayor esplendor, llegara a haber cerca de 400 de ellas recorriendo los tres ramales del Canal de Castilla. Se continuó utilizando como medio de transporte hasta 1.956, año en que quedó simplemente como canal de regadío.

 

Caminamos en paralelo al canal, disfrutando de ese gran regalo que es para los sentidos sentir el aire fresco en la cara mientras se camina, escuchar el sonido de los juncos de la orilla moviéndose al son del viento y contrastar el verdor exuberante de la vegetación ribereña con el amarillo profundo de la tierra que se extiende tras ella.

 

Así continuamos hasta llegar a las puertas de Frómista. Allá nos encontramos con el mayor salto de agua del Canal de Castilla, compuesto de 4 esclusas -las números 17, 18, 19 y 20-, que ofrecen un precioso espectáculo al peregrino. Cruzamos por el pequeño puente de una de las dichas esclusas al otro lado del canal, y nos detuvimos a disfrutar durante un rato del maravilloso espectáculo que nos ofrecía el lugar.

 

De Fromista hay poco que decir que no se sepa: villa legendaria en el universo Jacobeo, fue antiguamente conocida como Fromista del Camino y, según dicen, procede su nombre del latín Frumentum que quiere decir trigo, algo que abunda por estas tierras que, según parece, ya le dio fama en tiempos de la romanización.

 

Poco a poco fuimos acercándonos hasta la Iglesia de San Martín, nuestro destino en esta etapa del camino, pasando por las calles de los Franceses –en clara alusión a su origen jacobeo-, y la del Milagro –referida en este caso al que tuvo lugar en aquella iglesia, según dicen, allá por el siglo XV-. Parece ser, según cuenta la tradición, que el pecado de un penitente que deseaba comulgar impidió al clérigo desprender de la patena la Sagrada Forma que iba a suministrarle. Tras reconocer su indisposición para recibir el sacramento, el pecador confesó sus faltas y, tras ser absuelto, pudo entonces comulgar.

 

Cuando uno llega hasta el templo de San Martín no puede sino sentir una doble sensación: por un lado la admira por su belleza románica casi tan perfecta; por otro, no puede si no recordar que dicha “perfección” no es debida sino a la polémica restauración a la que se le sometió para recuperarla del estado ruinoso en que se encontraba cuando fue declarada Monumento Histórico Artístico en 1894. Se llegó en ella a tales extremos de pretendido purismo que se eliminaron todos aquellos elementos que no correspondían a la construcción inicial y se “perdieron” algunas de sus piezas originales.

 

De cualquier manera, sigue siendo un deleite visitarla, y aún más cuando se trata de finalizar una etapa de nuestro camino; entramos al interior y el encargado de su custodia no sólo selló nuestras credenciales, sino que nos invitó a pasar al interior a visitar el templo:

 

- Pasad dentro –nos dijo-, descansad y reponed vuestro espíritu: vosotros que venís desde Roncesvalles, sabréis que aquí habéis llegado a la mitad de vuestro camino.