"cuando el cereal ondula con el viento,

Körnmutter (diosa madre de los granos)
pasa por el campo dejando a sus hijos,

los lobos del centeno"
(Extraído del folklore alemán)

 

 

 

Serían cosa de las 8.15 cuando salimos, apretando un poco el paso, de Hornillos del Camino. Aquél día teníamos una larga etapa por delante y debíamos llegar a nuestro destino, Itero de la Vega, con el tiempo suficiente para poder coger el único autobús que, según leímos en una web de la Junta de Castilla y León, nos llevaría de vuelta a Castrojeriz que es donde teníamos previsto hacer noche.

 

Junto al camino todavía se pueden ver cavas semi-abandonadas penetrando en la montaña baja. A poco se sube un repecho traicionero por parecer menos de lo que es, y de ahí se llega ya a lo alto de una meseta, un lugar de apariencia triste que en otras épocas del año adivinamos son campos de trigo.

 

Mientras continuamos nuestra marcha, vamos viendo a los lados del camino algún que otro montón de piedras sueltas, majanos les llaman por estas tierras, algún tractor removiendo los campos y al fondo unas pesadas nubes sobre las que se refleja la luz del sol creando unas impresionantes mezclas de color y volumen. Nos acompaña el crujir de nuestros pies pisando las piedras del camino, el viento esparciéndose con fuerza a nuestro alrededor, y un amplio y gris horizonte ante nosotros.

 

Llevábamos caminando cerca de 6 kilómetros cuando llegamos a San Bol; el lugar está en una especie de hendidura marcada sobre el llano, como si se tratara de una falla. Nos desviamos unos pasos del camino para llegar al albergue del mismo nombre, construido seguramente sobre las ruinas de lo que fueron los últimos vestigios del Antiguo Convento de San Baudilio, dependiente  de la orden de los Antonianos de Castrojeriz.

 

Perdido en aquellas profundas soledades, allá en medio de aquella fría y ventosa meseta, el lugar resulta un tanto extraño y los que conocen su historia, lo acentuan recordando que allá había una población que sufrió un inesperado abandono por parte de sus habitantes en el año 1503. Aunque se dice que fue cosa de una epidemia, no faltará quien piense en razones de tipo más sobrenatural. Como no puede ser de otra manera, los amantes del esoterismo, enigmas y todas esas devociones pret-a-porter que tanto gustan terminaron por sentar sus reales en este lugar.

 

De hecho, el actual albergue para peregrinos de San Bol es una buena muestra de ello: es una construcción de piedra bastante curiosa, -de lejos parece algo así como un antiguo horno de cal o panadero-, está rodeado de símbolos pseudocélticos, deseos de paz y armonía y formas profusamente coloridas. Su interior, también está lleno de testimonios dejados por algunos de los hospitaleros, por lo general de nacionalidad extranjera, que coincide en que suelen ser gentes, y esto es fama entre quienes frecuentan el camino, desenfadada y pintoresca.

 

Al llegar nos encontramos con una joven, que luego dedujimos era la hospitalera, colgando ropa en el porche del edificio. Por él mismo se accede al interior del albergue, al que nos invitó a pasar cuando, tras saludarle, le preguntamos si podíamos sellar nuestra credencial. Dentro encontramos lo que parecía un pequeño comedor en el que se encontraban cerca de ocho personas de las más variadas nacionalidades extranjeras.

 

Uno de ellos, el único que parecía dominar un poco nuestro idioma, se levantó y tras saludarnos, contó que era ruso y que hacía el camino por segunda vez; había estado también en Galicia recogiendo el chapapote y tenía pensado hacer la ruta de la costa una vez que finalizara esta. El resto de los presentes, excepto la hospitalera, permanecía en silencio, eran todos ellos jóvenes, y se limitaban a mirarse entre ellos.

 

Tras sellar la credencial, y no queriendo demorarnos más tiempo en aquél lugar, continuamos nuestra marcha en dirección a Hontanas, nuestra siguiente etapa. El camino continua igual que antes, por una gran llanura de camino pedregoso, y peinado de continuo y con fuerza  por el viento.

 

Por estos mismos lugares Domenico Laffi, el clérigo boloñés del Siglo XVII se topó con una nube de langostas "de tal guisa que apenas se podía ver el cielo”. Según cuenta en su relato, el y sus compañeros “encontramos a un pobre peregrino francés que, en el camino, todo cubierto de langostas, se moría. Dios nos envió en ayuda de aquella pobre alma, porque apenas le confesamos murió. Ya habían empezado a devorarle aquellas crueles bestezuelas, y pasamos gran fatiga mientras permanecimos allí para liberarnos de su rabiosa hambre. Una vez que murió, le cubrimos la cara y las manos de tierra y arena para que las langostas no se lo comieran y seguimos a Castel Soriz(Castrojeriz)”.

 

Pero aquél dia sólo pudieron llegar hasta Hontanas, de la que vale la pena transcribir la descripción que hizo en su relato del viaje “es pequeña, desafortunada y pobre. Sólo tiene diez o doce casas, quiero decir cabañas cubiertas de paja, para protegerlas de la nieve, en donde no habitan más que pastores. Tiene una gran empalizada alrededor de las cabañas, para resguardarse de los lobos cuando vienen en la noche a asaltarlos, tan hambrientos que se devoran unos a otros, y llegan en tal cantidad, que si no ven fuego comen las ovejas, sea día o noche”.

 

Allí pasaron la noche, acostados en el suelo, pues no había lecho alguno. Antes fueron advertidos de que no salieran de viaje hasta que no se marcharan los pastores con sus perros; de otra manera podrían ser devorados por los lobos.  Es fácil de imaginar, y así parece traducirse del texto, el miedo que pasaron los pobres peregrinos que, seguramente, recibieron estas explicaciones con el adorno de alguna que otra historia que ilustrara la voracidad y peligro de dichos animales.

 

Lógicamente, y no esta de más decir que por fortuna, nuestra llegada a Hontanas fue mucho más tranquila que la del clérigo boloñés. Aparte del ya mencionado viento y la soledad del camino, no tuvimos otra novedad hasta llegar a aquél pueblo. Uno se lo encuentra de repente, asomando el campanario de su parroquial por el fondo de un descenso de la meseta, cuando ya casi se está entrando en él.

 

El nombre de Hontanas proviene de fuente –fontana-, y a fe mía que hace honor a él, pues según entramos en el pueblo, y descendimos por el camino hacia su parroquia de la Inmaculada Concepción, dimos con una generosa fuente que sació la sed de estos caminantes.

 

No contentos con ello, y viendo cerca un albergue que hacía las veces de bar, nos acercamos a él. A su alrededor pululaban algunos peregrinos, y al entrar a su interior nos llamó la atención la limpieza y el buen orden con el que se parecía llevar todo; de hecho, y de hacernos saber esto se ocupaban los propios dueños del establecimiento: son varias las publicaciones dedicadas al camino en las que se cantan las excelencias higiénicas y de trato que ofrece este lugar al peregrino.

 

No somos nosotros quienes desmentirán eso, pues en todo lo que vimos y fuimos tratados parecía darse muestra de ello. El albergue recibe el nombre de “El Puntido”, que según supe después es como se llama al descansillo o meseta de las escaleras, y en él nos desayunamos un café con un buen pincho de tortilla, ¡que más puede pedirse!.

 

Saliendo del pueblo, tomamos un camino que discurre a media ladera, paralelo a la carretera que conduce a Castrojeriz y a un arroyo que por aquí le dicen el Garbanzuelo. Vimos a la derecha un derruido lienzo pétreo que evoca las pasadas construcciones defensivas de la zona.

 

Después abandonar el camino y marchar durante un rato por un lado de la carretera, nos encontramos con uno de los más fascinantes lugares de la ruta jacobea: las ruinas del convento de San Antón.

 

Este convento fue fundado por Alfonso VIII en 1146 con la encomienda de curar a los enfermos del "fuego de San Antón", causado por comer pan de centeno con cornezuelo. Llamado también “ignis sacer”, "fuego sagrado" y “Fuego de San Antonio”, el cornezuelo provocó terribles epidemias en épocas pasadas, especialmente los años con inviernos fríos seguidos de veranos húmedos. Según nos contaron, sus efectos comenzaba con un escalofrío en brazos y piernas, seguido de una angustiosa sensación de quemazón. Parecía que las extremidades iban consumiéndose por un fuego interno, se tornaban negras, arrugadas y terminaban por desprenderse, "como si se hubiesen cortado con una hacha". La inmensa mayoría de sus víctimas sobrevivía, quedando mutilados y deformados enormemente, por la pérdida incluso de los cuatro miembros.

Fueron tales los efectos de esta plaga en la Edad Media que en 1093 en Viena (Delfinado) un tal Gastón al ser curado su hijo por intercesión de San Antonio Abad, del ignis sacer o fuego de San Antonio, decidió fundar la orden de los Antoninos, adoptando la regla de San Agustín y una Tau como símbolo, por el que a partir de entonces serán reconocidos en todo el mundo cristiano y que dará pie a más una interpretación.

Entramos dentro del recinto del monasterio y vimos como, a pesar de estar prácticamente en ruinas, éste había sido acondicionado para recibir el paso de peregrinos, ofreciendo un poco de agua y pan y algún que otro recuerdo –sobre todo “taus” de todo tipo- si hay alguno que lo desea.

 

Es un lugar lleno de paz, en el que a uno le da la sensación de estar totalmente apartado del mundo. Así lo sentimos nosotros, y queriendo alargar esa placentera sensación, nos sentamos unos instantes a una mesa para beber un poco de agua y descansar en silencio.

 

Al levantarnos para seguir nuestro camino, vimos un libro de visitas para que, quien quisiera, dejara unas palabras. Si alguien revisa el libro, y todavía está el que contiene la fecha de 17 de septiembre de 2005, verá escrita en ese día una nota que dice:

 

“Que la fortuna nos lleve con gracia y honor a nuestro destino”

 

Son las palabras que escribimos en él antes de continuar en dirección a Castrojeriz, cuya silueta se ve ya a lo lejos, desde el camino, mientras uno va alejándose del monasterio de San Antón, dejando atrás ese espectacular rosetón plagado de “Taus”.

 

Después de una breve marcha, llegamos a las puertas de Castrojeriz, ante la colegiata de Nuestra Señora del Manzano, llamada así por albergar en una de sus capillas laterales una imagen de dicha Virgen, escoltada por San José con el Niño y Santiago peregrino, que es la patrona del lugar. Tan popular debió de ser ya en aquellos tiempos pretéritos que a sus “miraclos” se refiere Alfonso X de Castilla en cinco de sus Cantigas.

 

En esta colegiata se inicia la calle-camino que según dicen los del lugar, es la más larga desde Roncesvalles a Santiago. Pasamos junto a la iglesia y museo de Santo Domingo, los restos de lo que fue iglesia de San Esteban y el albergue de peregrinos, donde aprovechamos para sellar nuestra credencial. Vale la pena recordar que para cuando entramos en Castrojeriz, lo hicimos rodeados de cada vez más peregrinos, de manera que cuando llegamos al albergue quienes pensaban alojarse en él tuvieron que pensar en otra alternativa pues ya estaba completo.

 

Como recuerdo de nuestro paso por Castrojeriz, decidimos entrar en una quincallería que vimos en la plaza mayor a comprar una chapita de esas que ahora llaman pin. Nos atendió un hombre muy amable, ya de cierta edad, delgado, de estatura media y con unas gafas que, aparentemente, le servían más bien de poco pues miraba siempre por encima de ellas.

 

En lo que tardamos en pedirle lo que buscábamos, el quincallero había entablado ya una amena conversación con nosotros en torno a lo que habíamos visto aquél día en el camino, y especialmente en el Monasterio de San Antón. Nos preguntó si sabíamos algo sobre la famosa Tau, y al manifestarle que más bien poco, sonrió levemente y nos preguntó:

 

-          ¿Tienen ustedes unos minutos?.

 

-          Por supuesto que sí –respondimos entendiendo que íbamos a disfrutar de una charla que, por el momento, parecía iba a ser interesante.

 

Nos contó que la la Tau es la letra “T”, pero es también la decimonovena letra del alfabeto griego y la última del hebreo. Que es un símbolo que podemos encontrar en multitud de construcciones góticas, y en la mayoría de las capillas templarias: es la cruz primitiva, la cruz fenicia, la del antiguo testamento, e incluso la egipcia.

 

Parece ser, nos dijo, que la cruz de los romanos tenía esa forma y así la representaban, a veces, los primeros cristianos en las catacumbas. Los Valdenses, -añadió ya en medio de nuestra sorpresa por la erudición de nuestro contertulio-, contemporáneos de San Francisco, llegaron a declarar como dogma de fe que la cruz de Cristo tenía forma de T.

 

Viendo que le escuchábamos con bastante interés, nos dio una pequeña hoja referida al monasterio de San Antón encabezada por el siguiente texto:

 

“Y Pude oír lo que dijo a los otros: - Recorred la ciudad detrás de él, matando sin compasión y sin piedad. Matad a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, hasta exterminarlos. Pero no os acerquéis a los que tenga la señal -TAU- en la frente.”

(Ezequiel 9, 5-6)

 

En la hoja que hace un breve recorrido por la historia de San Antón, hay alguna que otra referencia a la Tau. Nuestro anfitrión nos señaló una en la que se mencionaba la "señal de Caín":

 

“El Señor le dijo: - El que mate a Caín será castigado siete veces. Y el Señor puso una marca a Caín, para que no lo matara quien lo encontrase.” (Gen 4,15).

 

- Hay quien se manifiesta no creyente por considerar la religión algo parecido a una superstición, pero sin embargo lleva con gran devoción la Tau – concluyó mirándonos por encima de las gafas con una sonrisa un tanto burlona.

 

De ahí pasó a hablarnos de la excelencia del lugar, del hermoso patrimonio que alberga Castrojeriz y del desgraciado saqueo que llevó a cabo, hace ya más de 20 años, el famoso Erick el Belga:

 

- Por aquél entonces -nos dijo-, yo era el alcalde de Castrojeriz y no olvidaré nunca el disgusto que nos llevamos todos en el pueblo al descubrir que había robado en la Iglesia de Santo Domingo, llevándose algunos tapices flamencos de incalculable valor, casullas y otras obras de arte…

 

Le contamos que no era el primer caso que nos encontrábamos relativo a robo del patrimonio eclesiástico. Lamentablemente, era esta una situación que íbamos viéndose repetir con muchísima frecuencia a lo largo del camino. Nuestro anfitrión nos mostró en un libro, las fotografías de los objetos robados:

 

- La mayor parte de ellos los recuperamos en el 82, pero todavía hay algunos que no han vuelto a aparecer y seguramente nunca más los volveremos a ver –nos dijo a la vez que nos mostraba la fotografía de un hermoso tapiz al que le faltaban un fragmento-, estos son algunos de ellos…

 

Salimos del pueblo cruzando una carretera y al poco el camino nos lleva a la vega del Odra. Allá el peregrino ve ya a lo que va a enfrentarse a continuación: la célebre cuesta de "Mostelares", nombre que alude a los haces o mostelas que se hacían con las plantas que cría el reseco y calizo terreno y que luego servían para hacer fuego en los hogares del lugar.  La ascensión, si se inicia el día en Castrojeriz puede ser poco más que un fuerte desayuno, pero si, como fue nuestro caso, ya se tienen algunos kilómetros a la espalda, la cuesta puede impresionar al peregrino cuando se ve frente a ella.

 

De cualquier manera, subimos mejor que peor en medio de una fuerte ventolera, que nos empujaba de un lado a otro del camino como si hubiéramos detenido nuestro paso en Castrojeriz para visitar alguna de sus bodegas.  Al coronarla, merece la pena echar una ojeada desde este mirador a lo que se ha dejado atrás; el pueblo y la vega del Odra. Hay un monumento al Camino con unos bancos en el que se puede parar uno a descansar. Por el oeste, más allá del páramo que se extiende ante nosotros, puede divisarse la vega del Pisuerga y la llanada de los Campos Góticos.

 

En aquellas alturas nos encontramos con un grupo de caminantes que, como nosotros, descansaban de su ascenso, disfrutando de las hermosas vistas que ofrece el lugar. Ellos nos contaron que  existe un itinerario alternativo para los ciclistas o quienes se ven incapaces de subir la cuesta, bordeando la meseta por Castrillo Matajudíos. Este pueblo, además de poseer un nombre más que curioso –su origen parece que ha dado pie a mil y una fábulas-, es conocido –o, mejor dicho, debería ser conocido-, por ser el lugar de nacimiento del más ilustre ciego español, el músico del Renacimiento Don Antonio de Cabezón, organista de la corte de Felipe II, a quien acompañó por toda Europa. En la iglesia de dicho pueblo se conserva la reliquia de la cabeza de Santa Úrsula, que un elector palatino regaló a nuestro músico en Heidelberg en 1549.

 

Tras esta interesante conversación nos despedimos de nuestros nuevos amigos y continuamos la marcha por un camino que transcurría a lo largo de aquella meseta. Después hay un descenso y se pasa junto a la Fuente del Piojo, lugar que, como su nombre indica, empleaban peregrinos, bestias y ganaderos para su despioje.

 

Más adelante llegamos a lo que fue, según dicen, la aldea de Puente Fitero. Allí se encuentra el albergue de San Nicolás en una ermita gótica restaurada gracias a los desvelos de la Confraternitá de San Jacobo de Perugia, que ha encontrado en este lugar de Castilla La Vieja, un refugio de silencio y recogimiento donde encomendarse al servicio del peregrino.

 

De hecho, el espíritu protector de San Nicolás de Bari, titular de la ermita y hospital, para con los caminantes sigue evidenciándose. Es fama lo bien que acogen a los peregrinos los Caballeros de La Orden de Malta, que se encargan de su cuidado y de quienes se cuenta que, siguiendo costumbres tan piadosas como antiguas, continúan lavando con sus propias manos los cansados pies de los peregrinos que se alojan allí.

 

No tuvimos oportunidad de comprobarlo, pues cuando pasamos por allá estaba cerrado. Unas peregrinas que esperaban a la puerta nos dijeron que no abrían hasta una hora después; demasiado tiempo para nosotros que contábamos con coger el autobús de regreso a Castrojeriz dos horas más tarde en Itero de la Vega.

 

Continuamos nuestro camino y nos encaminamos hacia el río, el Pisuerga, que en aquél lugar es atravesado por un imponente puente que marca la frontera entre las tierra de Burgos y Palencia. En tiempos fue el límite entre el Reino de Castilla y el de León. De ahí que sea llamado el puente de la Mula (por motivo de ser muga o mojón de la primitiva Castilla). No hace falta recordar que esto haría del lugar punto de continuas disputas entre las gentes de ambos reinos.

 

Al llegar al medio del puente, detuvimos por unos instantes nuestro paso para disfrutar de las vistas que desde allá se nos ofrecían: las aguas bajaban claras y cristalinas, reflejando con su brillo la luz del sol, como si en su fondo descansaran miles de estrellas. Acompañados por el suave rumor del río, perdimos la noción del tiempo, la vegetación que crecía a un lado y otro de él se movía suavemente al son de la corriente y el aire.

 

Continuamos la marcha y lo primero que encontramos tras pasar el puente fue una enorme señal que nos daba la bienvenida a la Provincia de Palencia, de ahí a mano izquierda, seguimos por un camino muy agradable que bordea el Pisuerga hasta llegar a Itero de la Vega.

 

Nos detuvimos en un albergue que había en el pueblo. Era una casa privada bastante grande que la regentaba una familia que, por su acento, parecía de origen gallego. Desde el principio fuimos acogidos con gran amabilidad; al preguntarle si podíamos comer algo, la dueña nos condujo al comedor, que era una habitación convencional que daba a la calle con sillas y mesas como las de la terraza de un bar. Comimos unos bocadillos de tortilla de jamón y charlamos animadamente con la amable señora que lo regentaba. Al irnos nos regaló unos higos y unas manzanas por si, según nos dijo, nos habíamos quedado con hambre. Según nos contó la dueña, acababan de abrir este año y nos puso el sello que, por cierto, era muy bonito.

 

Al salir, todavía tuvimos tiempo de detenernos en un bar para tomar un café y preguntar por la parada del bus. Al hacerlo, el camarero y los que con él hablaban nos miraron con extrañeza.

 

-          ¡Pero si hoy no hay autobús!.

 

Como vieron que nos resistíamos a creer lo que nos decían, no por desconfianza sino por pura necesidad de que fuera cierto, se limitaron a indicarnos que debíamos salir del pueblo hasta una especie de caseta que se encuentra en un cruce en la carretera de Frómista.

 

 Allá, a pie de carretera, en medio del llano y expuestos a un terrible frío pasamos cerca de una hora sin que hubiera señal alguna del autobús que se anunciaba para hoy en la página de información de transportes de las Juntas de Castilla y León.

 

Hacía ya bastante tiempo que tenía que haber pasado y ni rastro, nos hubiéramos quedado de muy buena gana a hacer noche en Itero, pero habíamos dejado nuestras cosas, y teníamos una habitación reservada en Castrojeriz, por lo que el regreso era obligado… No nos quedó más remedio que llamar a un taxi y esperar su llegada en medio de aquél gélido viento.

 

Media hora después, nosotros ya llevábamos allá casi dos, llegó el taxi a recogernos. Afortunadamente, el conductor era un hombre amable, acostumbrado a tratar con peregrinos, y con un buen repertorio de anécdotas con las que deleitarnos en nuestro camino de regreso a Castrojeriz.

 

Hablamos del auge que está experimentando el Camino en los últimos años, de cómo son cada vez más los grupos que hacen su peregrinación con un autobús de apoyo y acompañados de un guía que les va explicando las cosas de los principales lugares por los que pasan y, si son extranjeros, hace las veces además de traductor. Le contamos el caso de los alemanes que nos encontramos a nuestro paso por Lorca y Estella. El nos habló de una señora alemana que se extravió de su grupo en el camino y la acompañó en su búsqueda hasta que dieron con ellos en Frómista.

 

-          Desde entonces, todos los años me manda de su país una bonita postal el día de navidades y otra el día que se perdió –nos dijo.

 

Llegando ya a Castrojeriz nos contó también la historia de un ex drogodependiente que encontró una vez haciendo el camino en cumplimiento de una promesa que hizo cuando se decidió a dejar la droga.

 

Coincidimos en pensar que, hasta cierto punto, esa historia nos trae al recuerdo las que se cuentan en algunas Cantigas o en crónicas y leyendas medievales, donde se narra los trabajos de aquellos peregrinos que marchaban a Santiago en agradecimiento por su milagrosa curación tras una grave enfermedad.

 

Mientras veíamos ya el pueblo a lo lejos, bañado por la tenue luz del atardecer, que daba a todo el conjunto de casas, iglesias y castillo una tonalidad anaranjada, dimos en pensar que al fin y al cabo en las cosas que importan –en las del espíritu-, habíamos cambiado más bien poco desde aquellas antiguas peregrinaciones: necesitamos vivir en movimiento, manifestar físicamente cualquier mudanza en nuestra vida, y sentir además que lo hacemos para ganar algo que nos permita aportar nuestro pequeño grano de arena a la gran montaña de la trascendencia.