Le Poête est semblable
au prince des nuées
Qui hante la tempête et se rit de l'archer;
Exilé sur le sol au milieu des huées,
Ses ailes de géant l'empêchent de marcher.
Charles Baudelaire (L'Albatros)
Eran las 8 menos cuarto de la mañana cuando salimos de Villafría con dirección a Burgos capital, que se encuentra a unos 8 km. de distancia.
El inicio de la marcha se nos hizo un tanto duro, ya que todavía teníamos agujetas del día anterior. Además, Villafría no es un lugar que tenga algún atractivo, ni siquiera cuenta con un albergue ni nada que merezca ser visitado. Nada más salir se presiente ya el rumor de la N1, con el bronco y continuo zumbido de los vehículos; ¿dónde quedó aquella paz de la que disfrutamos en los Montes de Oca?.
Es una pena que siendo esta una etapa en la que se pasa por una de las ciudades más emblemáticas e interesantes del camino, vea ensombrecida su belleza por la mala experiencia de pasar, antes y después de la capital castellana, por dos de los tramos más feos de lo que llevamos recorrido de camino.
Cuentan algunas de las gentes que nos hemos ido encontrando, que es aquí donde muchos hacen “la trampa” de usar el transporte público para llegarse hasta el centro de la capital, con la excusa de lo horrible e incómodo del lugar. Lógicamente, nosotros no lo hicimos así.
Durante esta primera parte de la etapa el peregrino recorre una larga travesía entre polígonos, restaurantes y hoteles con aspecto destartalado, tiendas de muebles, centrales de logística, descampados con casas arruinadas…; el camino no vale nada, y la molestia de marchar acompañado del ruido, una mala señalización y la polución de los vehículos que continuamente pasan resulta muy desagradable.
En Gamonal, el caminante encuentra un hermoso templo gótico del siglo XIII: Santa María La Real y Antigua, y un maravilloso crucero con las imágenes de un cristo crucificado, la Virgen y un Santiago Peregrino. Vale la pena entrar al interior del templo y disfrutar de su recogimiento.
Es aquí donde el paisaje cambia, sí, y ahora nos enfrentamos a largas e interminables avenidas de altos y fríos edificios de los que cuelgan innumerables letreros de neón, carteles y balcones destartalados.
Cerca de una hora de marcha después, con tiempo medio fresco y amenaza de lluvia, llegamos a la plaza de San Juan, donde nos detuvimos a disfrutar del conjunto que ahí se ofrece al peregrino. Por fín estamos en el Burgos histórico.
En medio de la plaza se yergue una estatua dedicada a Diego Porcelos, fundador de la ciudad. Su silueta, recortada en un fondo tormentoso, tenía un cierto carácter épico. Nos sentimos ya preparados para entrar al centro histórico.
Pero antes, fijamos nuestra atención en un edificio situado a la izquierda de la estatua: es lo que queda del hospital de San Juan; frente a él, a nuestra derecha, está la iglesia de San Lesmes, patrón de Burgos.
Como no podía de ser de otra manera en una ciudad que creció en torno al camino, San Lesmes es un claro ejemplo de los Santos que son conocidos por su dedicación a los peregrinos. Nacido en Francia a principios del Siglo XI, fue llamado por el rey de Castilla Alfonso VI, atraído por su fama de Santidad, quien le dio el Hospital y la Capilla de San Juan para que fundara una comunidad benedictina. En ellos estableció un lugar de retiro y atención para todos los peregrinos que por ahí pasaban.
De la plaza de San Juan pasamos a un puentecillo que hay sobre un arroyo, y que en su tiempo haría de foso del recinto amurallado. Después, atravesamos la puerta de San Juan, y ya entramos en lo que era la ciudad antigua.
Siguiendo el trazado del Camino, llegamos a la que se llama Puerta de los Apóstoles de la Catedral, situada en la parte norte de la misma, y llamada así por el grupo de apóstoles que están representados en sus jambas.
En ella también se representan imágenes de ángeles, portando los signos de la Pasión, y a San Miguel pesando las almas ante las puertas del paraíso antes de dejarlas pasar. En su maravilloso tímpano, se representa una escena de la intercesión de la Virgen y San Juan ante Cristo.
De ahí descendimos a la Plaza de Santa María por la calle del Azogue. Si se fija el caminante, en esta calle podrá ver todavía la casa en la que, a finales del siglo XV, estuvo instalada la primera imprenta burgalesa, de la que salieron obras tan fundamentales como la primera edición de La Celestina, el Lazarillo de Tormes, la Biblia de Maguncia, y un largo sin fin de joyas de nuestra cultura. Hoy en día es un restaurante.
Dicen que la fuente más antigua de la ciudad es ésta que vemos con esa planta tan serena y hermosa en la Plaza de Santa María.
Colocados junto a ella, nos enfrentamos a la fachada principal de la Catedral, con sus tres puertas correspondientes a cada una de sus naves, el magnífico rosetón con su cruz davídica, sus torres y esas maravillosas agujas góticas…
Si teníamos alguna duda de visitar la Catedral, al llegar frente a la puerta del Sarmental se disiparon todas: un nutrido grupo de turistas andaluces jubilados, campaban a sus anchas por el acceso al templo y sus aledaños, llenando todo de griterío y empujones. Nos limitamos a sellar nuestra credencial en la taquilla y continuamos nuestro camino. Al fin y al cabo, teníamos mucho que andar por delante y ya habíamos visitado la Catedral en ocasiones anteriores.
Antes de continuar la marcha, desviamos nuestros pasos para detenernos en el “Café España”, quizá el más encantador de la ciudad, y famoso por su carta en la que se ofrece una amplia variedad de modos de degustar esta bebida estimulante.
Después de un agradable descanso, salimos de la zona antigua cruzando la Puerta de Santa María un tanto despistados, pues no encontrábamos ninguna señalización del camino.
Bordeamos el río en dirección al puente de Malatos donde sabíamos que se podría retomar la ruta. Hasta llegar a él atravesamos el Parque de La Isla, de aspecto un tanto lúgubre y abandonado, que parecía más el escenario de cualquier obra romántico-decimonónica, que un lugar de paseo y esparcimiento.
Pasamos el Puente de Malatos, llamado así por encontrarse junto a una leprosería, y continuamos por el parque del Parral, donde nos detuvimos a sellar nuestras credenciales en el albergue.
Al salir del parque nos encontramos frente a nosotros la ermita de San Amaro –otro santo francés y peregrino- y, a nuestra izquierda, lo que fue el Hospital del Rey, conocido por ser, allá en la Edad Media, el que mejores prestaciones asistenciales ofrecía al conchero en todo el Camino.
Muy cerca de aquí se encuentra el Monasterio de Las Huelgas Reales, otra de las joyas que ofrece esta ciudad al visitante, donde se conserva una estatua de madera del apóstol Santiago al que llaman del Espaldarazo porque lo empleaban para armar caballero a los reyes. Era tal la consideración en la que se debían de tener los monarcas de aquél entonces, que consideraban que ni un obispo, ni el mismísimo Papa eran suficiente para ellos: tenía que ser el Apóstol como mínimo.
Seguimos paralelos a una carretera pasando junto a la universidad. Al poco rebasamos un barrio residencial, y, después, el camino abandona el asfalto y continua por una chopera, donde sin saber exactamente por qué nos inundó un olor nauseabundo parecido al de una alcantarilla.
Entre edificios semiabandonados, naves en construcción y la imagen de un centro penitenciario al fondo, llegamos a las proximidades de Villalvilla, que bordeamos por un lado de la vía del tren.
Seguimos nuestro camino dando un enorme giro, que a todas luces parecía ser un desvío sobre el trazado original del camino. No nos confundíamos: a medida que íbamos avanzando nos aproximábamos a las obras de la “Autovía del Camino de Santiago” –ironías de la vida-, que tuvimos que bordear, hasta pasar bajo un puente de dicha vía, en uno de cuyos pilares rezaba un cartel:
"Peregrino: perdónanos este pequeño rodeo.
Que tus querencias de andares infinitos se hagan realidad.
El río Arlanzón y nosotros te decimos ¡Ultreia!"
Omito aquí los comentarios que inspiró a los peregrinos tan solidario y simpático mensaje, que en román paladino podía venir a decir:
“Peregrino: ¿no querías andar?
¡Pues toma kilómetros de más!”
Desde ahí ascendimos al arcén de la N-120, y al poco pasamos el puente que llaman del Arzobispo. Lejos de perpetuar su memoria, como le ocurre a su casi homónimo francés, por haber dado nombre a un delicioso queso –el “Pont l’eveque” (Puente del Obispo)-, éste paso es conocido y llamado así en la comarca por que el susodicho, que era buen pescador de caña, se había reservado para sí el privilegio de la captura acuática en la zona.
Y es que los mitrados burgaleses de aquellos tiempos debían de ser de armas tomar. Un claro y muy conocido ejemplo de ello es el caso de Pablo de Cartagena, aquél Obispo de Burgos que por su ascendencia conversa afirmaba ser de la tribu de San Joaquín, padre de la Virgen, y concedía indulgencias a todos los feligreses que contestaran al Ave María con las siguientes palabras:
“Santa María, Madre de Dios y prima de nuestro excelentísimo señor obispo, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra…”.
En poco tiempo más llegamos a Tardajos, antiguo enclave romano por el que pasaba la Vía Aquitana, primer gran camino de peregrinos, que unía Burdeos y Astorga; la Vía 34 del Itinerario Antonino de la que hablo en la crónica de la primera etapa.
El cansancio nos hizo necesitar de un bar según llegamos al pueblo. Así que, sin buscar más, cruzamos la carretera que bordeaba el camino y entramos en uno que, de no ser por causa de la urgencia que lo motivaba, hubiéramos abandonado al poco de haber entrado en él.
Al llegar encontramos el baño ocupado, pero el estar acodados en la zona de la barra próxima a la puerta del mismo, nos permitió comprender que tan prolongada ocupación, era debida a que su ocupante devolvía por la boca a la naturaleza aquello que había tomado para comer y beber. Espectáculo sonoro agradable donde los haya para disfrutarlo a media mañana…
Habiendo terminado con nuestras urgencias, abandonamos el bar y nos adentramos en el pueblo.
Algo se cocía en Tardajos aquél día: nos cruzamos en la calle principal con un nutrido grupo de jóvenes majorettes que marchaban charlando en grupo; al llegar a una plaza nos encontramos con la mirada vigilante de varios guardias civiles, la presencia ruidosa, y ávida de darse a conocer, de unos endomingados político-ejecutivos, y algún que otro lugareño que no parecían tener mucho que ver con todo eso.
Después nos enteramos que aquello había sido una reunión de los representantes de los ayuntamientos de la comarca que tienen a bien celebrar con cierta periodicidad.
Sin darle demasiada importancia, continuamos nuestro camino. Cuando llegamos a las casas que se encuentran ya a la salida del pueblo, nos detuvimos ante la fachada de una que nos llamó la atención por representar claramente en uno de sus cuarteles símbolos jacobeos.
- Pues si éste les gusta, fíjense en aquél de la casa de enfrente que también es muy bonito.
Una señora ya de edad avanzada, delgada y de pequeña estatura, que barría la entrada de la casa ante la que nos habíamos detenido, dejó su faena para darse a la charla con nosotros.
- Esa que ustedes ven es la casa de mi cuñada y ésta de aquí –dijo señalando la primera ante la que nos habíamos detenido-, era la de mi padre.
- Pues las dos tienen unos bonitos escudos.
- Si, y deben llevar muchísimos años, porque yo los conozco desde siempre, de toda la vida…
- Sabrá que ese de ahí tiene símbolos relacionados con el Camino.
- Claro, lo han fotografiado muchas veces y alguna vez han venido también de alguna revista… o de algún periódico ¡no lo se!, pero vinieron diciendo que iban publicar algo sobre esto…
- ¿Y ha vivido usted siempre aquí?.
- Si así es. Aunque esto no era como lo es ahora hasta hace bien poco…
- ¿Ah no?
- Van Ustedes hacía Rabé… ¿no es así?
- Si, claro
- Pues antes solía desbordarse con mucha frecuencia el Urbel y todo el camino que tienen hasta allá solía estar inundado, lleno de barrizales, mosquitos y alimañas. Todavía aún cuando la crecida es fuerte, suele llegar el agua hasta esta parte del pueblo…
Todo lo que nos contaba esta simpática y habladora señora, nos trajo a la memoria una coplilla que leímos al preparar esta ruta y que dice:
De Rabé a Tardajos
No te faltarán trabajos.
De Tardajos a Rabé
Libéranos Dómine.
Afortunadamente para nosotros, el tránsito entre ambos pueblos fue cómodo y sencillo. Recorrimos los 2 o 3 km. que hay hasta Rabé de las calzadas por el arcén de una carretera en la que no había apenas tráfico.
A un lado del camino en un campo de trigo, vimos cómo un grupo de cazadores se retiraba hacia Tardajos, un labrador seguía también esa dirección cruzándose con nosotros al volante de su tractor.
- Buenos días –saludó sonriente con la mano-.
- Buenos días.
La sensación en este tramo era de calma y quietud. Después de todo lo que llevábamos recorrido aquél día, por fin podíamos marchar con cierta tranquilidad.
Sin embargo, esto duró poco: se acercaba el mediodía, y con él llegaban aquellos calores que tanto teme el peregrino. Para cuando entrábamos en Rabé de las Calzadas, empezábamos a notar cierto sofoco.
Dicen que el nombre de este pueblo está en plural por referirse a dos vías de gran importancia que se cruzaban antiguamente en aquél lugar: la calzada romana Clunia-Julióbriga y el Camino francés.
Rabé es una población que nos pareció muy bonita. Recorrer sus calles, siguiendo el trazado del camino, se convirtió en un agradable paseo a lo largo del cual pudimos disfrutar del perfecto cuidado con el que han sido restauradas sus casa de piedra y su iglesia parroquial.
Entre los coleccionistas de sellos de albergue, este pueblo es conocido porque en el de Santa Marina y Santiago, en pleno centro del pueblo, tienen uno de los más preciados y bonitos del camino. También es de los más difíciles de conseguir, pues únicamente pueden tenerlo quienes pasan la noche en él y no vale, como ocurre en casi el resto del camino, con pasar por ahí para obtenerlo.
Esto ha procurado a los responsables del albergue algún que otro disgusto pues, según cuentan ellos mismos en una carta enviada a una publicación periódica dedicada al camino, se ha dado el caso de un grupo de ciclistas que al detenerse para sellar su credencial y no obtenerla, les amenazaron e insultaron. El camino, aún en el siglo XXI, sigue lleno de galloferos.
Resulta curioso que la Parroquia del pueblo esté dedicada al culto a Santa Marina, de origen gallego. Cabe pensar que del mismo modo que hubo cultos que se difundieron en el sentido de ida, traídos por los peregrinos que venían de más allá de los Pirineos; también pudo haberlos de vuelta, difundidos por aquellos que regresaban de Santiago, o por los propios gallegos que emigraban a instalarse en localidades del camino.
En Rabé volvimos a encontrarnos de nuevo con aquella mujer de extraño aspecto, que el día anterior encontramos arrastrando un carro como los de la compra, a la salida de Atapuerca. En esta ocasión, iba cantando y bailando sola por la calle, como si estuviera ida…
Al salir del pueblo, nos cruzamos a la izquierda con la ermita de Nuestra Señora, también restaurada con cierto gusto; junto a ella está el cementerio.
Después se continúa durante más de 7 kilómetros por un camino carretero que sube a un cerro y surca unos extensos y áridos campos, que en otras épocas son trigales.
Tras casi dos horas de marcha por aquél solitario páramo, el camino, y con él también el paisaje, se corta en un tajo que lo convierte en un alto desde el que se divisa abajo, a lo lejos, el alargado caserío de Hornillos del Camino.
Para llegar al pueblo, no queda más que bajar la cuesta de Matamulos. El nombre le da al peregrino motivos más que suficientes para compadecer a los antiguos arrieros que intentaban descender por él con sus recuas. Imagina que si le dieron tal nombre, es porque más de uno se las vio y se las deseó para bajar por ahí.
El mismo peregrino, experimenta que en más de una ocasión ha de frenar su paso, pegando el pie con firmeza al pedregoso suelo de la de Matamulos, si no quiere acabar su descenso rodando como un ovillo.
Una vez superado el descenso, el caminante rebasa los restos de lo que fue el albergue y malatería de San Lázaro, con destino a peregrinos gravemente enfermos.
Se entra al pueblo por su Calle Mayor, y pronto nos llaman la atención las fachadas de algunas de sus casas: interesantes obras de cantería adornadas con antiguos escudos y característicos portales de medio punto.
Pero lo que realmente caracteriza a este pueblo es, sin lugar a dudas, el gallo que está presente tanto en su escudo, como en el monolito de su plaza principal que, además, se llama Plaza del Gallo.
- Pues no lo sé…, será porque está en el escudo del pueblo.
A la completa y detallada respuesta que nos dio el dueño del bar Manolo al interpelarle por el origen del gallo, pueden añadirse otras, más o menos razonadas, que pretenden explicar el porqué.
De entrada podría relacionarse con el pasado de la localidad, en el que consta que Alfonso VII donó la villa al monasterio parisino de San Dionisio y que además hubo un monasterio benedictino que dependía de Rocamador y era gobernado por un prior francés. Tanta vinculación con Francia podría hacer pensar a más de uno que es de aquí de donde procede el origen del gallo, ya que es el símbolo de la nación francesa. Sin embargo este argumento se viene abajo, si se tiene en cuenta que tal simbología tuvo su origen en el renacimiento.
Es más posible que, aún a pesar de no dar una respuesta completa y satisfactoria, esto tuviera que ver con otras varias localidades del camino en las que el gallo tiene cierta presencia, bien física o bien legendaria, que con el tiempo ha ido escapando a nuestro entendimiento.
De hecho, el gallo ya ha sido relacionado con el camino por otros motivos que tienen que ver con el juego de la Oca, tan vinculado a todo ésto para algunos, y con la Alectriomancia, un método adivinatorio que se practicaba en la Grecia clásica y, que se extendió posteriormente por todo mediterráneo.
Consistía en trazar en el suelo una figura con veinticuatro casillas, correspondientes a las veinticuatro letras del alfabeto griego. En cada casilla, se depositaba un grano de trigo o cebada, soltándose a continuación un gallo, el cual recorría el encasillado a fin de comerse los granos. El orden de las casillas recorridas, era anotado cuidadosamente para componer hipotéticas frases que sirviesen posteriormente como respuesta a unas preguntas previas.
La evolución de estas prácticas fue variando hasta convertirse en mero pasatiempo conocido como el "Juego de la Oca", tras la sustitución que la cultura latina hizo del gallo por la oca.
El gallo simboliza la renovación, como heraldo que es del nuevo día; es por ello mismo mensajero y símbolo solar, tanto para la tradición judeo-cristiana como la pagana. Este motivo hace difícil ubicar su origen, aunque podría tratarse en todos estos casos, de la pervivencia de un animal totémico, que ha sobrevivido gracias a su asimilación a las tradiciones cristianas. Esto fue algo habitual en tiempos pretéritos.
De cualquier manera, existe una “versión oficial” que explica el por qué, y viene a decir lo siguiente: tras la Guerra de la Independencia, apareció en Hornillos un grupo de franceses hambrientos, que aprovechando que los vecinos se encontraban en Misa, mataron todas las gallinas y para no delatarse las escondieron en sus tambores
Cuando los vecinos se dieron cuenta, los franceses, que seguían en el pueblo, negaron cualquier implicación en el caso. Las mujeres del pueblo rogaron a San Antón, y entonces uno de los gallos muertos comenzó a cantar desde el interior de un tambor.
Desde entonces el gallo fue el símbolo del pueblo de Hornillos y la fuente junto a la que ocurrieron estos hechos pasó a llamarse la Fuente del Gallo.
A mi, no se por qué, me cuesta creer que la presencia del gallo en Hornillos tenga alguna relación con esta historia que, por cierto recuerda mucho a la leyenda del ahorcado de Santo Domingo. Tanto como para no creer que hubiera ocurrido.
En lo de la proximidad temporal del hecho, no veo sino una trampa más para revestir de veracidad a la historia. No sería la primera vez…
No recuerdo en cuál de sus obras, el erudito Mircea Eliade da un claro ejemplo en el que demuestra que bastan sólo cuarenta años para llevar a cabo un proceso de mitificación.
Cuenta que llegó a conocer una balada recogida en Rumania en la que se narraba que un novio, unos pocos días antes de su boda, fue empujado de un peñasco a su muerte por un hada montañesa celosamente enamorada de él. Al averiguar que esto había ocurrido unos cuarenta años antes, y que la novia vivía todavía, el investigador fue a entrevistarse con ella.
Según le contó, se había tratado de una caída accidental en las montañas que ella misma había presenciado; no hubo intervención sobrenatural de ningún tipo.
Confrontada la gente del pueblo –muchos no habían siquiera nacido cuando ocurrió-, con la versión dada por ésta, ellos la negaron por completo:
- Está muy vieja y no sabe lo que dice — afirmaron los vecinos del pueblo—, la verdad es la que siempre se ha contado: lo mató un hada celosa.