Singula de nobis anni praedantur euntes.
(Horacio, epist. 2,2,55)
No cuesta mucho volver a imaginar aquel escenario. Recordar, como si abriera de nuevo los ojos en aquél lugar, esa oscuridad nocturna en la que poco a poco, a medida que acostumbramos la vista, empezamos a adivinar las primeras formas: la imponente silueta de la iglesia parroquial, las fachadas de los edificios que nos rodean y una diagonal ascendente frente a nosotros, que marca el camino que debemos seguir.
Eran las 7 menos 5 de la mañana. Iniciamos la marcha y pasamos al poco junto a un cementerio, después adivinamos lo que parecía ser la silueta de un gran árbol. Seguimos ascendiendo por el camino casi a tientas. Frente a nosotros todo estaba cada vez más oscuro.
Pronto abandonamos el trazado de asfalto y tomamos un camino forestal, embarrado y cubierto de vegetación, penetrando de lleno en la espesura, por entre las sombras de la noche. A nuestras espaldas, cada vez más lejanas, las luces tenues de Villafranca de Montes de Oca.
La verdad es que después de tantos kilómetros a la espalda caminando al descubierto, bajo un calor sofocante que nos hacía confundir las extensiones de trigo con arena, sentimos una enorme satisfacción al percibir que el clima se ha vuelto por fin más fresco.
Lo peor era quizá que a esas horas caminábamos entre las sombras, -la novedad es también que tarda algo más en amanecer-, con miedo a tropezar al mínimo descuido.
Afortunadamente para nosotros, los actuales no son ya momentos de temer un encontronazo con aquellos famosos bandidos y las temibles alimañas que infestaban los montes de Oca, de los que sembraron el terror entre los peregrinos e hicieron famosa en toda la comarca, y en la mismísima capital, esa frase que dice
“Si quieres robar, vete a los Montes de Oca”
sin especificar claro está, si se refería en ella a los temibles salteadores, o más bien a los inmisericordes mesoneros que jalonaban los bordes del camino a uno y otro lado de estos montes, facilitando al viajero no sólo el modo de encontrar alivio al peso de sus bolsas, sino también penitencia en su peregrinaje sin moverse de entre las paredes de la posada.
En estos tiempos que corren, tampoco es muy posible que nos perdiéramos por el camino, como le pasó a un viajero tan experimentado como Domenico Laffi, que sobrevivió gracias al alimento que le proporcionaron las setas que encontró por aquellos montes.
Pero, como no puede ser de otra manera, algo queda y lo sobrenatural parece seguir siendo patrimonio de estas tierras, y en ellas todavía uno puede recordar con cierta credulidad bonachona, la tan repetida historia del peregrino que murió por estos lugares, siendo resucitado después por el Apóstol en respuesta a las súplicas de sus padres.
Así que mientras subíamos el puerto de la Pedraja estábamos preparados emocionalmente para cualquier aparición, cuando para anunciar la amanecida asomó de entre el azul tenue del cielo la forma de un pez dorado, de fuego se nos ocurrió pensar, que navegando sobre las aguas celestes acompañó nuestro camino durante un buen trecho.
Continuamos nuestro ascenso por los Montes de Oca, en un entorno lleno de encantos y gratas sorpresas por sus irrepetibles panorámicas. Vimos cantidad de robles y helechos, después en el paisaje pasó a predominar el pino. Mientras amanecía y hablábamos de las excelencias de caminar en un entorno de estas características nos prometimos plantar un árbol antes de llegar a Santiago.
Al pasar junto a la fuente de Mojapán un peregrino se desperezaba rápidamente, recogía sus bártulos y se puso a caminar por delante de nosotros, tras saludarnos.
Aunque con el tiempo el camino puede terminar por hacerse aburrido, entretuvimos gran parte de nuestro paso charlando sobre esto y aquello, disfrutando del paisaje, tan diferente a lo que llevábamos visto desde hacía tiempo, y entretenidos siguiendo las numerosas flechas que hay hechas en el camino con piedras alineadas. Como si se tratara de un rito de paso más del camino añadimos en cada una de ellas una piedra cogida por nosotros mismos.
Al poco, y después de haber llaneado durante un rato, nos encontramos a un lado el monumento a los fusilados en la guerra civil de 1936. De ahí seguimos paralelos a la carretera, bajamos una pequeña y empinada cuesta, cruzamos un puente de madera y luego otra cuesta igual pero para subir.
Estando aquí, ya resuena a lo lejos la leyenda del Santo Juan de Ortega, llegan los ecos de una senda que cada vez se ve más abrumada por la presencia a veces histórica y otras legendaria de multitud de Santos, cuyos nombres muchas veces desconocíamos o creíamos ya extintos, pero que sobreviven en los habitantes de algunos de estos lugares.
En estas proximidades queda aún fresco el culto a la leyenda de San Indalecio, uno de los compañeros de Santiago en su apostolado por la Península, que murió martirizado en una fuente no lejos de aquí.
De San Felices de Bilibio, maestro y mentor de San Millán, aunque riojano, quedan aquí las ruinas de un importante cenobio, que vimos en la jornada anterior, e imágenes suyas en algunas de las parroquias que vamos encontrando por el camino. Gonzalo de Berceo cuenta que el de la Cogolla marchó a buscar para decirle eso de:
merçet te clamo, de voluntat la pido,
Por partirme del mundo voto e prometido,
Quierote por maestro, por esso so venido.
Entre claros y sendas, entre historias antiguas, saludos a peregrinos que encontramos al paso y el fresco rumor del aire enredándose entre las ramas de los árboles, terminamos por avistar a lo lejos la silueta de nuestra primera y más importante parada.
Aquí estamos…
Para nosotros, llegar a San Juan de Ortega tenía un significado especial, pues fue en este lugar donde hace algunos meses –el 1 de mayo concretamente-, se nos ocurrió y acordamos hacer el camino de Santiago. En el proyecto participamos 4 personas: nosotros dos y una pareja de amigos de Zaragoza, con quienes nos llevamos una etapa de diferencia desde que empezamos la peregrinación por culpa de la lesión que sufrió uno de ellos.
La decisión de hacerla fue algo inmediata. Podría decirse que una hora antes no se nos hubiera ocurrido; de hecho llegamos a San Juan de Ortega casi de casualidad, para alargar con otra visita el último día de un puente que pasamos en Palencia.
La fuerza que imprime al espíritu aquél lugar, el ambiente tan propicio a la vocación peregrina y ese “algún día lo haré”, que siempre rondaba en nuestra voluntad, fue suficiente para que unos a otros fuéramos animándonos y bosquejando el modo en que lo haríamos.
No pudimos evitar el pensar que quizá algún día no muy lejano, pasaríamos por aquél mismo lugar como peregrinos.
Aquí estamos…
Eran las 10 menos 20 de la mañana.
Mientras entrábamos en San Juan, la emoción, el fresco de la mañana, y esa confortable y acogedora quietud nos trajo el recuerdo de aquél niño nacido hace cerca de un milenio en Quintanaortuño, en el seno de una familia hidalga y devota, que le puso el nombre de Juan por nacer tras largos años sin sucesión, como ocurrió con el hijo de Zacarias y Santa Isabel.
Con el tiempo este niño fue discípulo de Domingo de la Calzada, de quién aprendió su devoción, la ciencia de la ingeniería y la dedicación al cuidado de los peregrinos.
Al poco de morir su maestro, decide peregrinar a Tierra Santa donde según cuentan pasó cerca de un año. Aprovechó su estancia para hacerse con una buena colección de reliquias de San Esteban, San Nicolas, San Donato, San Ambrosio, Santa Bárbara, Santiago, incluso una lengua de los Santos Inocentes, un Lignum Crucis y un cráneo de una de las once mil vírgenes…
Pero tal bagaje no debió ser suficiente para proteger el regreso a casa del peregrino: a mitad de camino, una tormenta sorprendió a su barco, llegando al caso de que estuvo a punto de naufragar. El futuro santo pidió por su vida a Dios por intercesión de San Nicolás de Bari, prometiendo dedicarle una ermita si salía entero de aquella.
Y fue así como en pleno camino jacobeo, en una zona de espesa maleza -urtica, de ahí tomó su sobrenombre de Ortega-, refugio hasta entonces de bandidos, edificó el templo en honor a San Nicolás.
Cuentan que, durante la construcción de la capilla, los ladrones y salteadores salían de noche y derribaban lo que el santo había hecho de día. Pero él no se desanimaba y con paciencia llegó a convertir a algunos malhechores. De hecho, años más tarde el propio santo contará en su testamento que levanto aquél refugio para peregrinos por que el lugar “hasta aquí ha sido guarida de ladrones que de noche y de día robaban y mataban a muchos peregrinos que se dirigían a Santiago”.
Al mismo tiempo levantó un hospital o albergue para acoger a los concheros que por allí pasaban. A este efecto fundó una orden de los Canónigos Regulares de San Agustín.
Los peregrinos de toda Europa le tenían por un Santo milagrero pues por su intercesión los mudos recobraban el habla, los ciegos veían y los tullidos echaban a andar. Se le solía invocar especialmente para curar la esterilidad, quizá porque él mismo nació cuando sus padres habían perdido ya toda esperanza de tener hijos.
La mismísima Isabel la Católica recurrió al Santo, y de resultas de sus oraciones tuvo a su hijo Juan. En acción de gracias, la reina levantó una capilla y el baldaquino de piedra donde se encuentra el sepulcro.
A este santo ingeniero y pontífice debemos el trazado románico de su iglesia y el llamado “milagro de la luz” por el cual la luz que penetra en el interior del templo a las 5 de la tarde de los días de equinoccio -21 de marzo y 22 de septiembre-, ilumina un triple capitel en el que se representa el ciclo de la natividad.
Al entrar al templo de San Juan nos cruzamos con un padre y su hija, de unos 10 años, que salían, los dos con su mochila y aspecto de peregrinos. Nos admiramos del ánimo e interés con el que la niña parecía seguir las explicaciones de su padre. Cosa rara en los tiempos que corren.
Volvimos a coincidir con ellos en el bar Marcela donde, además de la peculiar amabilidad del joven que atendía la barra, nos percatamos de que ambos eran de nuestra tierra pues oímos cómo el padre explicaba a la hija lo que habían visto en euskera.
Lo de la peculiar amabilidad del joven del bar viene a que según entramos en él, y al estar casi desierto el lugar, se me ocurrió saludarle y, para iniciar una conversación, decir
- Parece que empieza tranquilo el día…
- Si, hasta ahora –me respondió señalándonos-.
A uno, que a veces puede pecar de ser bastante inocente, le pareció que era más la brusquedad en las formas que las malas maneras, y que no debía tenerse en ninguna cuenta. Como en la vida, a lo largo del camino uno se encuentra con gentes de los más variados caracteres y es a uno a quien le corresponde ofrecer la respuesta más adecuada en cada momento.
Salimos del Marcela y nos dirigimos a un pretil que hay frente al albergue. Ahí estuvimos un rato sentados, disfrutando de las vistas, del frescor mañanero, mientras veíamos llegar a algún que otro peregrino. Pasó el que vimos despertar junto a la fuente de Mojapán, a un grupo de unos cuatro alemanes y alguno que otro que marchaba en solitario sumido no sé bien si en el agotamiento o en sus pensamientos. Seguramente serían las dos cosas.
Después de un rato de descanso reiniciamos la marcha. A la salida de San Juan nos cruzamos con el padre y su hija que se disponían también a continuar.
- Agur, que tengáis buen camino.
- ¡Gracias! ¿de dónde sois? –nos preguntó mientras seguía ayudando a su hija a atarse la mochila.
- De Donosti.
- ¡No jodas! ¡Pues nosotros somos de la capital de Gipuzkoa! –nos dijo en tono que no dejaba lugar a dudas de que quería bromear.
- ¿Y cual es esa?
- Cuál va a ser… ¡Irún!
Reímos y continuamos un rato con la broma. Después le preguntamos sobre el modo en que estaban haciendo el camino. Nos contaron que aprovechan los puentes y vacaciones para, poco a poco, ir haciéndolo
- ¡Vaya, pues igual estamos haciéndolo nosotros!, ¿y hasta donde tenéis pensado llegar esta vez?
- Hasta Burgos, le vamos a dedicar dos días y tampoco estamos haciendo muchos kilómetros en cada etapa para que la niña no se canse.
- Nosotros también le vamos a dedicar dos días aunque nuestra intención es llegar mañana hasta Hornillos del Camino, a unos 15 o 20 kilómetros pasado Burgos.
- Pues tenéis buen tiempo para hacerlo, si sigue éste aire fresco será casi como un paseo.
- Desde luego, porque estas últimas etapas atravesar el sur de Navarra y toda La Rioja ha sido un tanto jodido por el calor; en cuanto llegaba el mediodía te asabas.
- ¡Qué quieres, es lo que toca en verano!. Por eso nosotros no habíamos hecho ninguna etapa desde marzo, total… ¡no tenemos ninguna prisa!.
- Nuestra intención es llegar el verano que viene, ya veremos lo que pasa…
Nos despedimos de ellos, deseándonos de nuevo buen camino, y seguimos nuestra marcha.
En nuestro paso por San Juan quedó pendiente algo que nuestra curiosidad de peregrino hubiera querido conocer: el famoso Calixto, un perro de pelo tirando a amarillo, propiedad de un vecino del lugar, y que acompaña a los peregrinos durante un tramo de su marcha.
Como si de otro San Ganelón se tratara, que hasta donde yo sé es el único perro que ha sido hecho santo, cuentan que en su deseo de cuidar de los peregrinos ha llegado hasta Villafría, Burgos, e incluso se le ha visto pasar por Hontanas, y Carrión de los Condes, teniendo que volver luego por su cuenta a San Juan.
Quedan también sin probar las famosas sopas de ajo que se sirven a los peregrinos que se hospedan en el albergue a pasar la noche, pero estas como acabo de decir son únicamente para quienes en su peregrinar hacen noche en aquél lugar. Es justo que así sea pues con ello se evitan los abusos y excesos de cualquier curioso que pasara por allá.
La salida de San Juan se hace por un bosque muy agradable y umbroso, desde el que se pasa a una zona como mesetaria, muy despejada, y adornada con la silueta de algún que otro viejo árbol al que el tiempo, la soledad y el viento, ha dado formas muy particulares.
Durante esta parte del trayecto, y hasta llegar a Agés, se disfruta de muy buenas vistas. El paisaje está compuesto por suaves ondulaciones adornadas por algún que otro bosquecillo, media docena de pueblos o aldeas y un color amarillento, que uno imagina que será un verde suave en otras estaciones del año.
En Ages nos dirigimos al albergue municipal con la intención de tomarnos un café. Al entrar, lo primero que nos encontramos fue, después dedujimos, a los diferentes miembros de la familia que regentaba el albergue, discutiendo por un albarán, no se qué envío, y un queso, que maldita sea la hora en que lo curaron.
Sin apenas hacernos caso, continuaron durante un buen rato a lo suyo, que era algo de lo que nosotros, sin saber de qué iba, éramos testigos mudos e invisibles.
Cuando por fin parecieron considerar que era nuestro turno, se limitaron a mirarnos y decir
- Y ahora donde está éste…
Éste estaba a sus espaldas y era un chico joven, algo regordete, con barba, melena y aspecto apacible. Por lo que nos contó, cuando la familia se retiró a una estancia contigua, él era uno de tanto voluntarios que dedican algunas semanas todos los años al servicio desinteresado del peregrino:
- Y a mi que me decían que venía aquí a pasar frio, -nos dijo con mucha gracia-, desde que he llegado no hago más que de sudá y pasar mas caló que en mi tierra..
- ¿A si?, ¿de donde eres?.
- Hombre eso ya lo habréis notado ustedes por el acento.
- Hombre, pues de Málaga, de Cádiz…
- Si, de Cádiz, de Tarifa.
Hablamos de Cádiz, lugar que conocemos y por el que sentimos un especial afecto, de algunos de sus pueblos y, sin recordar muy bien cómo, en algún momento acabamos mencionando Algeciras.
- ¿Sabéis cómo le llamamos allá a Algeciras?
- Pues no, ¿cómo?
- La nueva Mancha.
- ¿Y eso?
- Porque todos sus alrededores los están llenando de esos ventiladores que hay también por aquí en algunos montes.
Reímos muy a gusto con la gracia y la conversación de éste joven de Tarifa. Coincidimos con él en que esos molinos que tanto están afeando el paisaje de toda nuestra geografía bajo la dudosa excusa de no ser contaminantes, dan un aire siniestro al paisaje.
- Cualquier día de mucho aire arrancan una montaña y se la llevan volando –nos dijo-
Salimos del pueblo tras un grupo de vacas que se dirigían a darse un banquete en un prado de las afueras. Vimos a dos de ellas, abandonar a sus compañeras, que se detuvieron al poco de salir de Ages, y cruzar un pequeño puente de piedra que ahora está al margen del camino, a su izquierda, y cuya construcción se atribuye a San Juan de Ortega. ¡Las cosas que hace el tiempo!.
Atapuerca. ¿Qué se puede decir de Atapuerca, que no sepamos ya todos? Por un lado está el recuerdo de la derrota y muerte que sufrió en estos campos el rey de Navarra, García el de Nájera, a manos de las tropas de su hermano, Fernando I de Castilla. Aquél fue el principio del fin de la más importante de las dinastías que reinó en Navarra.
Por otro lado, y más conocidos aún, están los impresionantes yacimientos prehistóricos que se encuentran en sus alrededores, y de los cuales no me cabe sino recomendar a todo aquél que pueda hacer un hueco, que les dedique una visita.
Al poco de entrar en el pueblo, nos encontramos a la derecha del camino con un albergue que, por lo que nos dijo la dueña había abierto 5 días antes. Cuando terminó de hablar con una extraña peregrina, de aspecto vagabundo, le pedimos sellar nuestras credenciales y continuamos nuestro camino.
Al salir de Atapuerca nos llevamos una sorpresa, pues nos encontramos con un ascenso pedregoso y algo empinado con el que no contábamos. Aunque el día era fresco y siendo mediodía el calor no nos las estaba haciendo pasar como en otras ocasiones, estábamos empezando a sentir el cansancio del camino, cierto agotamiento en las piernas y unos tirones un poco incómodos en la espalda.
Así que emprendimos el ascenso con poco entusiasmo. Además, al poco de empezar el aire pareció detenerse por lo que nos temimos que volvíamos a las andadas; afortunadamente pronto volvió, y con más fuerza.
A mitad del ascenso, nos cruzamos con la peregrina que habíamos visto en el albergue de Atapuerca.
Ascendía penosamente la cuesta, vestida como con un pijama, y arrastrando contra las piedras del camino lo que parecía un carrito de la compra.
Al terminar el ascenso, el peregrino se encuentra con una extensísima llanura como arrasada por el viento y en la que lo único que sobresale, no recuerdo que hubiera ninguna indicación, es una enorme cruz allá, al fondo, erguida sobre una montaña de piedras que imaginamos eran las que han ido dejando los peregrinos a su paso.
Entre ellas, y como hemos ido viendo que es costrumbre a lo largo del camino, hay quien deja escrito un mensaje dirigido a quien viene detrás de él o una petición de tipo espiritual o religiosa.
Una, que aquí vimos, cuyo contenido leímos y después devolvimos a su lugar con todo el respeto que merecen estas cosas, decía:
Proteggi la mia famiglia
Donali salute e serenita`
Elena
Continuamos la marcha en linea recta por la meseta, hasta llegar a una cuesta que descendía junto a una especie de cantera. A lo lejos, desde lo alto, se ve Villafría, y más cerca, recogido entre lomas y árboles un pueblo que se llama Villalval y al que el camino da un inexplicable y largo rodeo para evitar su paso por él.
De Cardeñuela y Orbaneja de Rio Pico es poco lo que puedo decir. Quizá fuera el cansancio que llevaba ya haciendo un rato mella en nuestro ánimo, pero el caso es que nos parecieron unos pueblos simplemente de paso, un tanto destartalados, hechos de fábrica nueva en su mayor parte y construidos en torno a una calle larga.
En el primero de ellos nos detuvimos en un bar llamado La Parada, donde pedimos un refresco y nos detuvimos a observar el interior. Las paredes estaba llenas de carteles dirigidos a los peregrinos, algunos, y otros colocados por el ayuntamiento dando a sus vecinos razón de diferentes cosas.
Junto a la barra, una columna lucía diferentes fotos de algunas personas: en una vestidos de mejicanos, en otra delante del bar en grupo, alguna dedicada, etc… En cierto modo, esto también es historia y más viva que muchas de las que llenan algunos libros.
Mientras miraba absorto la televisión, el hombre que atendía la barra revisaba distraídamente unas tazas. En una de ellas pareció detectar una mancha y, sin pensarlo dos veces, pasó su dedo rozando repetidas veces el lugar hasta que consideró dejarlo limpio.
En el siguiente pueblo, Orbaneja de Rio Pico, vimos al final de la calle algunas casas con unos blasones que parecían muy interesantes.
El tramo que resta hasta Villafría desde Orbaneja no tiene nada de particular, son como las afueras de ningún sitio y, en cierto modo, preparan al peregrino para lo que va a ser una porción importante de la etapa siguiente.
Llegamos a la parroquia donde nos esperaban los amigos de Zaragoza. Nos acercamos a un bar que había allá mismo y pedimos unos bocadillos.
- ¿Y vamos a hacer unos bocadillos ahora? –oímos que lo dijo la camarera al dueño del bar.
- Déjate, que si lo que quieren es un bocadillo y lo van a pagar, ¡pues se les da!
Estábamos llegando a una gran ciudad.